Cuevas

En la cueva blanca de Emilia Bolós

En pleno centro de la ciudad, fue de las primeras que se construyeron

La Voz | Jueves, 11 de Octubre del 2018

Nuestras visitas a cuevas de Tomelloso habrán superado ya la treintena y, curiosamente, aunque todas guardan muchos rasgos comunes, siempre encontramos un rasgo diferenciador en cada una de ellas. El cuarteto que formamos los dos periodistas de La Voz, Ana Palacios y José María Díaz andamos por el centro de la ciudad y llegamos a la plazoleta de San Francisco. Allí está la casa de Emilia Bolós, que amablemente nos abre las puertas de su casa para enseñarnos su cueva. Nos recibe como si nos conociera de toda la vida, con una desbordante hospitalidad y confianza.

Antes de adentrarnos en las profundidades, tenemos la oportunidad de admirar una casa que muy bien podrían ser un museo por el elegante mobiliario, recuerdos y los curiosos objetos que contiene; un vetusto piano, fotografías, cuadros que ha pintado su hija, preciosas manualidades entre las que sobresalen un centro de flores o un abanico de plata, un dibujo de José Luis Cabañas, puzles como el que reproduce el Palacio de Versalles, una imponente lámpara por la que un anticuario está dispuesto a pagar unos buenos euros, la orla  de la promoción de licenciados en Farmacia entre los que estaba Ramón Bolós Bascuñana, el padre de Emilia, diplomas, títulos y premios de buenas estudiantes, libros de antes y de ahora, cultura por todos lados.

Muchos están relacionados con la historia de una familia muy amante de la cultura. La casa, que el padre de Emilia adquirió a unos agricultores alrededor de 1.925, albergó durante años un hito de la vereda, que muchos años atrás pasaba justo al lado de la casa. El poyete de piedra de la puerta de entrada ofrece vestigios del origen de la casa, pues todavía son visibles las marcas de las ruedas de los carros. La fachada, pintada en tonos ocre, con balcones y ventajas de forja negra, sorprende por su elegante toque tradicional y sencillez. Ya no son muchas las fachadas que quedan así en Tomelloso.

Bajamos a la cueva. Los peldaños del primer tramo de la escalera están pintados en granate. Pero una vez que alcanzamos el descansillo donde hay dos pequeñas fresqueras, la escalera gira a la derecha y ya todo será absolutamente blanco; las paredes, el techo, las tinajas, los pilares que se hicieron pare reforzar una cueva que se mete unos cuantos metros en una de las calzadas más transitadas de la ciudad.  El último tramo de escalera, es de tierra, reforzada con cemento y es de gran belleza, pues está conservada tal y como se construyó. José María Díaz asegura que esta cueva se encuentra entre las primeras cincuenta o sesenta que se construyeron. 

No tiene una forma definida porque, probablemente, se hizo una primera cueva que años después de ampliaría con una segunda. Contiene 17 tinajas de barro,  unas de 250 arrobas de capacidad y otras de 180, además de una tinaja mucho más pequeña que se destinaba al consumo de la familia. Ver las tinajas encaladas provoca un  curioso efecto a la luz que entra por las dos lumbreras. Son tinajas anchotas, de mucho diámetro que  criaron ese vino, que primero fue mosto y que a través de la canaleta, era conducido a cada una de las bocas. Al pie de cada tinaja vemos unas pozatas que permitían apurar las tinajas, un elemento que no hemos visto en otras cuevas que hemos visitado. Entre las tinajas aparecen unos pequeños empotres. Mirando arriba vemos el techo en la tosca pura, también encalado.

La cueva ha sido reforzada con cinco pilares, que tal y como explica la propietaria, no todos se construyeron al mismo tiempo, de hecho los hay de hormigón, de unos 70 centímetros de grosor y también de piedra. Los pilares impiden una mejor perspectiva de la cueva en su conjunto, pero muchos tomelloseros anteponen la seguridad a cualquier otro criterio, y seguramente, han hecho muy bien.

Toca subir y nos ayudamos en un pasamanos de forja que ayuda a evitar contratiempos, aunque la escalera, como toda la cueva, está muy bien conservada. Ha sido una delicia poder ver una cueva y una casa con tanta historia, la de la familia Bolós, en pleno corazón de Tomelloso.


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