Opinión

Noviembre el triste

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 10 de Noviembre del 2018

Tenía la apariencia lejana a lo que podría ser una iglesia. Ladrillo visto en las paredes, grandes ventanales transparentaban una especie de jardín que se había reducido a un arbolito feo, unos arbustos sin cuidar y un suelo llovido de guijarros.

Escasos coches aparcados en las aceras cercanas delataban la poca presencia de gente en el interior del edificio, posiblemente los dolientes y poco más. Entramos en el tanatorio por la puerta de la derecha, en recepción había un señor con uniforme azul y un anagrama de la empresa funeraria. Dimos las buenas noches y giramos la mirada entorno descubriendo a los familiares del difunto, que charlaban animadamente con parientes lejanos, presentes para “dar el pésame”. No se apreciaba tristeza y los ojos familiares aguantaban estoicamente las lágrimas por “la pérdida del finado”. Posiblemente habían descansado todos; uno por dejar de vivir y los otros por haber terminado las vigilias y los días de cuidados al enfermo.

-¿Queréis verlo? Está muy desconocido, nos dijo el familiar, que nos acompañaba a la sala rodeada de tresillos baratos, para hacer la vela más llevadera.

Efectivamente, estaba muy desconocido el muerto, irreconocible para mí, si el familiar acompañante no me hubiera informado. En el cadáver era imposible descubrir los rasgos del que un día fue dueño de aquellos restos humanos,  muy estirado, vestido de negro, contrastando con las cortinillas blancas laterales del ataúd, que caían siguiendo el perfil del cuerpo y adornando los rincones no ocupados de la caja. Las manos y la cara acertaban con el color de la cera auténtica, no la de los “velones para muertos” que venden los chinos, que no es tal, aunque la llamen así.

Entre el jolgorio mortuorio de los presentes y las charlas descompasadas de sonido y ruido, en medio de los fogonazos de los móviles que continuamente recibían o mandaban mensajes, puse en marcha mi capacidad de abstracción, como cuando hago algo importante, y llevé mi mente a las ideas que me brotaban. 

Me ha mentido el familiar cuando me ha dicho que “ahí tienes a mi padre”. Ese cuerpo no es su padre, es el de su padre. La existencia del dueño del cuerpo no coincide con el contenido del ataúd. Algo ha ocurrido y es la causa de lo que ahí hay. Sí, a esa causa la llamamos muerte, para que la imaginación de cada quien descubra lo que es, se imagine lo que quiera y dependiendo del grado de religiosidad sienta en sus carnes experiencias vividas, miedos sufridos y esperanzas posibles.

¡Qué triste es la muerte! Y el trauma en los familiares del difunto imprevisto. Y la costumbre de teñir de negro los entornos de la muerte. Hasta la religión cristiana usaba vestimentas negras en entierros y funerales que el Concilio Vaticano II las cambio por moradas. De negro visten los familiares, que necesitan demostrar a los otros la pena, que los amarga. Pena negra al estilo de Lorca, de tragedia y locura.

Mes de noviembre negro y otoño con vistas a invierno frío de campos helados y soles ocultos.

También hay flores asesinadas y cortadas formado ramos y coronas por el suelo y las paredes del recinto contenedor del muerto. 

Pero son bonitas. Separadas de sus madres-rosales que las criaron, son hermosas, blancas, rosas, rojas, amarillas. Se estiran mostrando tanta belleza, cuanta son capaces.

Y pienso en el campo, los álamos, frutales, enredaderas ofreciendo gamas de colores imposibles de imitar, gamas de amarillos, marrones, rojos, y más, y más…, es como si compitieran entre ellos para aparecer con mayor hermosura. Y cada día distintos, más fuertes los tonos, más claros los colores dependiendo de la vegetación que intervenga. Fabulosamente bello el paisaje. 

El viento ayuda con almohadas a que caigan las hojas, las mece y las deposita en la cuna que ofrece la madre tierra. Y no tienen miedo, ahí cambiarán su ser y se convertirán entierra también, y un día volverán trasformadas en nuevas hojas a subir a las ramas de sus queridos árboles, para saludar a los vecinos pájaros e invitarlos a anidar en sus sombras.

Y entre tanto nosotros, los humanos, con las herramientas de la  razón y la experiencia material empeñados en agriarnos las vida, embadurnándonos de tristeza, melancólica y patética. Mirando fijos los huecos que dejan los que se van, añorando tiempos antiguos, deseando inútilmente vivir de nuevo lo que ya vivimos con los que nos acompañaron. Evocando tiempos viejos, mientras despreciamos los porvenires nuevos de sorpresas y felicidad.

Vuelvo de mi pensamiento cuando me cogen del brazo con un “debemos irnos ya”. Nos despedimos de los familiares del difunto, y me fui al campo a darme un baño de naturaleza y de fiesta de hojas, de árboles bailando al ritmo del viento, de música de lluvia a los mandos de la percusión y una gran tarta de helado de escarcha en cada cardo y en cada hierba…

¡Esto sí que es vida! Dije y sentí. Papá-Dios es mucho papá para dejarnos en la muerte, en el duelo y en la tumba. 

¡Viva la Vida que nos regala cada día!


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