Cuevas

Tradición, historia y raíces bien cuidadas en la cueva de Juan Ignacio Martínez

La Voz | Viernes, 23 de Noviembre del 2018

Las tradiciones y más puras raíces tomelloseras están a buen recaudo en la cueva de Juan Ignacio Martínez, el hombre que con exquisita hospitalidad nos ha abierto las puertas de su casa para enseñarnos otra gran joya arquitectónica en el subsuelo de la  ciudad. 

Esteban Martínez Arias fue el primer eslabón de la familia que tomaba uva para criar el vino en una bodega ubicada en la esquina de San Roque con Ángel Izquierdo. Cogió el testigo Pablo Martínez y ahora es Nacho Martínez Onsurbe,  que junto a sus hermanos regenta la modélica empresa Mostos Españoles, el que disfruta de una magnífica cueva construida alrededor de 1870, pero que guarda toda su esencia y encanto, gracias a una impecable conservación y a unas reformas que se han hecho con criterio y buen gusto.   

A la cueva se accede por una larga escalera que el propietario remozó para evitar contratiempos y lo ha hecho con sumo gusto poniendo un terrazo rústico en los peldaños que también aparece en la fresquera y la contramina de la cueva.  Parte de las paredes han sido reforzadas con ladrillo para evitar desprendimientos de tierra.

“Mi abuelo fue agrandando la casa poco a poco. Le compraba dos habitaciones al vecino de al lado, luego otra cosa, así hasta que fue configurando la cueva que prácticamente se mantiene como él la tenía”, -cuenta Martínez aludiendo a aquellos tratos  que se hacían antes,  y que a lo mejor se plasmaban en una simple servilleta-. El techo de la fresquera se ha reforzado con un proyectado de cal que no desentona con el techo en la pura tosca que veremos en la cueva después. El propietario señala el recorrido de las canaletas, elemento que nos da evidentes pistas sobre la antigüedad de la construcción.

Como parte del balaustre se rompió, se construyó un muro protector en la parte central, con el fin de proteger la seguridad de las personas que bajen a la cueva. Desde este lugar obtenemos una vista perfecta de las 23 tinajas de cemento con 650 arrobas de capacidad cada una. Nacho cuenta que hubo dos de cemento que acabaron rompiéndose.   El techo de tosca está impecable, encalado y segmentado por tres lumbreras, una de ellas condenada. 

Algunas de las tinajas tienen bien visible el sello de su constructor, José Ferris, que no sería el único, pues otras fueron obra de José María Díaz, el padre del hombre que siempre nos acompaña en nuestras visitas a las cuevas. Los constructores marcaban sus diferencias a la hora de construir la moldura o las propias bocas de las tinajas. Una observación detenida permite detectar estas  singularidades de cada constructor. Estamos disfrutando de una visita reposada, sin prisas. Nacho Martínez lo proclama bien alto y claro, “nuestras cuevas son únicas en el mundo, hechas a fuerza de pico y brazo, de las espuertas de tierra que sacaron las terreras. Algo admirable que creo que no hemos puesto en valor lo suficiente, aunque ahora creo que se están empezando a apreciar mucho más”.

La cueva es honda, calcula José María que su profundidad será de unos diez metros,. El suelo es de cemento, con las pocetas que recogían el líquido que se derramaba.  Llama nuestra la atención los elementos decorativos que aparecen por el empotre; ménsulas y florones, que no son todos iguales. Asegura Nacho que cuando trae a sus clientes extranjeros a la cueva se quedan asombrados. 

No solo los dos periodistas y la arquitecta, Ana Palacios, que vuelve a acompañarnos, sino el propio propietario aprenderemos hoy algo nuevo sobre los  corchos que taponaban los orificios de las tinajas. “Los corchos eran algo mayores que los agujeros. Se mojaban en aceite y se ponían al fuego para achicarlos. Antes de que se apagara la llama se metían en el agujero dándole golpes con una maza. Al enfriarse se agrandaban de nuevo, con lo que taponaban de una manera perfecta, era imposible que se salieran”, ha explicado José María. 

La visita ha servido también para que compartamos un vino en presencia de otro gran bodeguero de la ciudad, Juan Antonio López. Una visita deliciosa, con gente deliciosa,  esa que con su trabajo, esfuerzo y espíritu emprendedor han hecho tan grande a Tomelloso.


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