Cuevas

La cueva de seis generaciones

Cándida Grueso nos muestra, por segunda vez, una cueva llena de encanto, construida hace más de siglo y medio

La Voz | Viernes, 7 de Diciembre del 2018

Es la segunda vez que visitamos la cueva de Cándida Grueso. Un problema con las luces nos impidió en la primera ocasión sacar las fotos a nuestro gusto. Así que hemos vuelto a visitar la cueva de esta vivienda construida entre las calles Amparo y Persiles. Hoy no arreciaba la lluvia como en aquella visita del pasado invierno. Hoy lucía un sol hermoso y hasta algo cálido, inusual en este mes de diciembre. 

En nuestra visita de hoy nos acompaña un estudiante de arquitectura que está a punto de terminar la carrera, Eugenio Marquina, también su hermana Ángela, que quiere satisfacer sus curiosidad de conocer una cueva de hace más de 150 años. Presentaciones y muy pronto cercanía con Cándida, amable y hospitaria a más no poder. Cruzamos un patio enorme y llegamos a un porche donde está la entrada del motivo de nuestra visita. Hoy vamos a conocer una de las cuevas más antiguas de la ciudad, “esta cueva empezó con mi tatarabuelo” precisa la dueña actual que nos guía en nuestro recorrido contándonos curiosas historias de su familia.

Nuestro fiel acompañante y experto en cuevas, José María Díaz, desciende por los peldaños de la escalera el primero, con la confianza de quien conoce bien el terreno y la que le otorga la dueña que le advierte que tenga cuidado, aunque la escalera se encuentra en perfecto estado. Más o menos en la mitad de los peldaños a la derecha se encuentra un sotano que en una de sus repisas contiene varias botellas con tomate. Llegamos abajo y la primera vista de la bodega es espectacular:  una cueva con 17 tinajas de cemento, decoradas con una moldura y sanguina en su parte inferior. Este ocre se combina con el verde la parte inferior del empotre y el blanco de las paredes y el techo. Alegre combinación de colores en medio de la oscuridad de la cueva.

Pero la impresión aún mayor cuando alcanzamos el final de la galería, torcemos a la derecha y vemos que la cueva continua, ahora con 19 tinajas de barro en perfecto estado de conservación, a las que se añaden la tinaja del gasto y la del vinagre que son mucho más pequeñas. En nuestra primera visita, las bombillas se encendían y y se apagaban a causa de la humedad, pero José María habilidoso las acabó encendiendo golpeándolas con el palo remecedor del vino, provocando el contacto y la luz. 

A esta cueva se accede por una puerta que era de los toriles de la antigua plaza de toros de Tomelloso. El hueco redondo de la lumbrera es perfecto, mientras que el techo, que al revestirlo con la parte blanda de la tierra, ha sufrido algunos desprendimientos; observamos el pocillo que socorría al bodeguero en el caso de que reventara alguna tinaja, también un largo pasadizo que conducía a una noria y una escalera condenada que fue la primera entrada que tuvo la cueva. 

La cueva es preciosa, está muy bien conservada y los muchos utensilios que contienen dan una apariencia de actividad, a pesar los muchos años que se dejó de trabajar en ella. Las tapas de anea para cerrar las bocas de las tinajas, ganchos, garios, una gradilla, toneles, gomas y una buena colección de bombonas de cuatro arrobas que la dueña ha ido colocando estratégicamente entre las tinajas. “Mucha gente me pide que se las venda, pero las quiero conservar aquí”, -dice Cándida

José María nos pide que nos fijemos en la escalera para subir al empotre que es otro de los tesoros de una construcción que han mantenido seis generaciones de la familia. Una vez que miramos hacia arriba vemos la barandilla que Cándida ha ido aumentando por motivos de seguridad ya que viene bastante gente a ver su cueva. “La hemos conservado en su pura esencia, tal y como ha sido siempre, sin pisos raros y otros añadidos que las acaban estropeando”, -señala orgullosa Cándida-.

La visita ha terminado. Ahora toca subir y ya a plena luz. No tenemos más remedio que fijarnos en otras hermosas reliquias  que aparecen; una tartana y el carro del orujo. Explica José María que a estas casas donde había chimeneas bajas se les denominaba fabriquillas, y en ellas quemaban lías y orujo. La casa tiene una historia que va acorde con sus grandes dimensiones, incluso fue sede de la Iglesia del barrio durante el tiempo que tardó en construirse el templo de la calle Cabo Noval. Nos despedimos, sigue lloviendo, pero quedamos en volver para volver a disfrutar de esta cueva en mejores condiciones de luz y tiempo. Y así lo hemos hecho hoy, disfrutando todavía más que la primera vez.      


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