Opinión

Mi amigo Rafael

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 12 de Enero del 2019

Tengo un amigo que se llama Rafael, nació en  Alcubillas (Ciudad Real) y allí ha vivido siempre.

Es un hombre CABAL, sí con mayúsculas. Expresión manchega que quiere decir, honrado, trabajador, fiel a la palabra dada, serio en sus afirmaciones… Rafael también es muy callado, habla lo justo, con la prudencia de mejor  el silencio que palabras vanas. Mira fijamente cuando le hablan y nunca le falta la sonrisa complaciente antes de entregar un sí, un “de acuerdo”.

Descubre la necesidad de los demás antes de que la hablen. ¿Puede ayudarte en algo? pregunta con la decisión arrimar el hombro dónde y cuándo sea.

Fiel a sus promesas.  Cada día del mes de mayo Rafael sube al cerro de la cruz a poner su luz. Siempre con ganas, con ilusión,  disfrutando con la vela en la mano después de un duro día de trabajo, haga sol  o frío. Antes de que se haga de noche y por si acaso la linterna en el bolsillo.

Rafael está casado con Candelas, tienen tres hijos. Entre los dos han sabido esculpir su familia. Familia modelo, como tantas otras en ese bendito pueblo de viñas, olivos y buen queso.  Ofrecen su casa y ellos mismos se prestan ante la necesidad imperiosa de cuidar de los hijos de otra madre, que debe acompañar a su marido muy enfermo a Madrid.

Rosario, una de sus hijas, se fue al Cielo con veinte y pocos años. En su funeral,  en el templo, él subió al altar y con voz temblorosa, pero convencida, habló de la confianza en Dios y en la Virgen, a los que daba gracias por sus hijos y les hacía entrega de la que en ese momento enterrábamos.

Rafael está convencido de su fe en el Señor Jesús. Colabora en su parroquia como el que más, llama a la Eucaristía con la campana, ayuda, reza el rosario, lee las lecturas… Pero sobre todo su amor a la Virgen en la advocación de Nª Sª del Rosario es especial. Le reza mirándola a los ojos y con una lágrima saltando por su mejilla. Es miembro de la Hermandad y por ella trabaja, subasta, pide y se entrega en cuerpo y alma.

Colabora con otra gran cantidad de gente para reconstruir el techo y el tejado de su parroquia. Recorre el pueblo con el cura vendiendo naranjas que han traído de Valencia; anima a las mujeres con gracia y sonrisa franca elogiando la calidad del producto. A ver si recaudamos algo de dinero.

Rafael es albañil, pero también sabe de tareas del campo, de las viñas, de la huerta… y si hay que enjalbegar una fachada, pues, sin problemas.  Me recuerda a un tal José, carpintero de Nazaret  que también sabía tantas faenas sencillas e imprescindibles para una vida cotidiana, el que fue esposo de María la mamá de Jesús.

En los últimos años padece la puta enfermedad que le hace olvidar quien es.  La maldita borradora de recuerdos. La terrible asesina de nombres de esposa, hijos y amigos. La que deja con cara bobalicona a las más ilustres inteligencias. La que obliga  la cabeza de la madre a olvidarse de sus hijos. ¿Cuándo llegará el día en que alguna eminencia científica le tome la delantera y la hunda en un estercolero de mierda?

No sé si Rafael se entera de lo que está pasando.  Su mujer, sus hijos y sus familiares cercanos podrían escribir libros sobre lo que sufren,  sus inquietudes y la desesperanza de algo que no tiene solución, nada más que con la muerte. ¡Qué dura es la situación!

Hace unos días Rafael sintió la necesidad de cuidar su viña. Tomó la carretera, anduvo con su paso rápido de siempre. Pero su viña no estaba donde él creía, nunca llegaba a la linde. No se preocupó de coger las tijeras ni el hacha para la poda.  Aquel terreno no le resultaba familiar como otras veces. ¡Maldito recuerdo olvidado!

Se hizo de noche. Bajó la temperatura hasta los menos tantos grados. Había que volver a casa, pero se había borrado el sendero. Cuánto frío hace… Aquí junto al tronco de la encina sentado entre la hojarasca pasaré la noche…

No sabe que mucha gente lo busca, Desconoce el sufrimiento de su familia por encontrarlo cuanto antes. Los minutos se hacen eternos y no llegan noticias positivas. No se entera de lo que ocurre. Está solo y con mucho frío, la noche se alarga demasiado. No recuerda cómo se echa lumbre para poder calentarse las manos. Por la mente de todos bailan negras ideas, “Con la temperatura tan baja, qué difícil es sobrevivir”, dicen los que más saben de estos menesteres.

Una mano invisible le tiende el calor de su manto. Le acaricia la cara. Le calienta las manos, le frota los pies helados dentro de sus zapatos.  Rafael con la mirada perdida y la mente olvidada se deja hacer. Aparece la aurora y los primeros rayos de sol. Se levanta mi amigo, sigue andando. Necesita llegar a su viña.

Hay mucha gente en aquel sitio. Su hijo le da un abrazo muy fuerte, lo mismo hace su hija y su mujer y sus amigos. Algo que caliente el estómago le ofrece un señor que está cerca. Hacen fotos. Está la Guardia Civil. ¿Qué habrá pasado? Se pregunta Rafael con su cabeza lejos  de las respuestas. Mira de nuevo alrededor y sonríe con los ojos inexpresivos  por la maldita enfermedad.

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