Cuevas

Una cueva con embrujo literario

La cueva de Joaquín Patón y Pilar Valentín, magníficamente conservada, suele acoger encuentros de poesía

La Voz | Sábado, 26 de Enero del 2019

Nos aproximamos ya a la cifra de cuarenta cuevas  visitadas y a los periodistas de La Voz no deja de sorprendernos, que teniendo tantos rasgos parecidos en su construcción, cada una de ellas ofrece al mismo tiempo su particular sello, ya sea por su historia, evolución, mantenimiento o reformas realizadas. Hoy hemos visitado la  cueva de Joaquín Patón y Pilar Valentín, habituales colaboradores de La Voz de Tomelloso, que nos han abierto de par en par las puertas de su casa en la calle Dulcinea para que disfrutemos de  una construcción que han reformado con muy buen criterio.

A la cueva se baja por una escalera que en su primer tramo no es la original. “La escalera que siempre tuvo la casa nos ocupaba mucho espacio y tuvimos que condenar la entrada para realizar otra, gracias a una salida que ya estaba empezada”, explica Joaquín que desde el primer momento nos cuenta que cuando él y Pilar, su mujer, buscaron una casa siempre quisieron que contuviera una cueva. Se la compraron a Francisco Solana y Matilde Solana y tuvieron que acometer una importante reforma  para dejarla en el impecable estado que presenta actualmente.  Alberga nueve tinajas de distintos tamaños, de 250 y 400 arrobas de capacidad, la mayoría de barro, pero también hay de cemento. Están a distintas alturas, un efecto que contribuye a la belleza de la construcción. El propietario procura que siempre tenga ventilación y José María Díaz asiente señalando que es una cueva muy seca, sin apenas humedad, lo cual hace todavía más agradable su estancia en ella.

La cueva ha albergado varios encuentros de poesía, nos dice Joaquín. De hecho, uno de los elementos más curiosos de la cueva es un sofá de obra en forma semicircular que ocupa el lugar donde antes hubo una tinaja. El embrujo de la literatura cautiva a un matrimonio que comparte la cueva con todo el que quiera visitarla. Un pequeño hueco la comunica con la cueva del vecino. 

Por una de las lumbreras entraba bastante suciedad y el propietario decidió taparla, aunque la reja y la tapa las sigue conservando al igual que otros curiosos objetos y aperos que se utilizaban antes como un botijo, una fresquera y numerosas botellas de vino, la mayoría de Allozo, que descubren la cercanía familiar con una gran bodega.  Acercándonos a las tinajas, que están numeradas, vemos una antigua cuenta a lápiz que haría el bodeguero, mientras que en otras aparecen unas iniciales que no acaban de desvelar a quien pertenecieron. Otra tinaja aparece rota, consecuencia de aquella presión que las hacía reventar y que provocó la construcción de las de cemento, mucho más fiables y seguras. Nos fijamos en el pocillo que horada el suelo de cemento pintado en un tono arcilloso o sanguina que combina bien con el blanco de las paredes y el techo que se encuentra en la pura tosca. El suelo estaba antes en tierra, de hecho todavía aparece así entre las tinajas. El empotrado está construido a base de piedra y yeso.

José María vuelve a recordar sus tiempos de tinajero y explica a la arquitecta Ana Palacios el laborioso proceso de construcción de las tinajas de cemento. Primero realizando la estructura, colocándola después en su lugar y dándole varias manos para que quedara  lo más lisa posible. Joaquín comenta que la cueva le ha servido como terapia eficaz a su miedo a los pozos y cualquier  hueco hondo que pudiera encontrarse. “Me venía solo, con un mono de trabajo, para limpiarla y quitar escombros que me sirvió para superar esos miedos”.

Cuando construyeron un edificio justo al lado, el arquitecto sopesó la posibilidad de construir un pilar de refuerzo en la cueva. “Vinieron varias veces, pero afortunadamente al final no fue necesario y la cueva conserva su estética original”. Toca subir, y como siempre, nuestra mirada regresa de nuevo al interior de una cueva que es el ejemplo perfecto de buen mantenimiento y conservación. Joaquín, respeta pero no acaba de comprender, la actitud de gente que acabaron abandonando las cuevas, o que no dudaron en sacrificarlas en cualquier obra o reforma. “A nosotros la cueva nos encanta y disfrutamos teniéndola y compartiéndola”. Que cunda el ejemplo.


 

  


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