Cuevas

Paco Díaz prepara su magnífica cueva de finales del XIX para que pueda ser visitada

Una joya arquitectónica de finales del XIX que conserva la esencia de las cuevas más auténticas

La Voz | Sábado, 9 de Febrero del 2019

Paco Díaz está preparando su cueva de la calle Doña Crisanta para que pueda ser visitada por el público. La única condición será pedir la cita con antelación y este conocido agricultor tomellosero la mostrará con  todo el gusto del mundo. Es una gran cueva que tiene su origen en los padres de sus abuelos y tendrá más de cien años, de finales del XIX. “Se trata de que la gente conozca el proceso desde que la uva entraba a la casa hasta que salía el vino elaborado, pasando por el jaraíz, el lagar, los trujales, la fermentación en las tinajas, ver la utilidad de algunos instrumentos como los remecedores que se utilizaban para meter aire en la tinaja y ayudar a que el vino fermentase mejor y no se produjeran enfermedades”. La idea no puede ser mejor. Se trata de una joya arquitectónica de finales del XIX que su propietario ha sabido conservar muy bien, cuidándose mucho de que las reformas no alteren la esencia de esta cueva de una gran familia de agricultores.

Entramos a la cueva por el jaraíz donde vemos dos grandes prensas y una destrozadora. La escalera tiene los peldaños de cemento y sus paredes están encaladas, más o menos por la mitad, hay un acceso que nos lleva al empotrado, pero preferimos seguir bajando. Las paredes son de tierra, si bien algunas partes han sido reforzadas con cemento. En ellas aparecen fotografías enmarcadas de antiguas cuadrillas de vendimia, de bodegueros en plena faena, de algunas alegorías del vino y también cuadros de pintura.

Los dos periodistas vuelven a contar con la socorrida compañía de nuestro experto, José María Díaz, la arquitecta Ana Palacios y, por supuesto el propietario, Paco Díaz, que responde solícito a todo lo que le vamos preguntando. Abajo del todo nos impresiona la vista general de una cueva que contiene 28 tinajas de ochocientas arrobas de capacidad, es decir, muy grandes, aunque en la ciudad se han llegado a construir tinajas de hasta mil quinientas arrobas. Entre las tinajas, aparecen los llamados rabos que era un elemento decorativo muy bien logrado.  La cueva es honda de algo más de diez metros, el balaustre de cemento está perfectamente conservado y el techo aparece en la pura tosca en su color natural de tierra, con zonas negras de humo, vestigio indiscutible de las lumbres que se prendían.  Vemos también las lumbreras que están con la tapa bajada. La bóveda es ancha, muy plana, con curvas de unos sesenta centímetros en los extremos.

En medio de las gigantescas tinajas de cemento aparece una de barro, mucho más pequeña, que tal y como explica Paco Díaz, “era la del gasto de la casa y también el que se daba a los peones cuando se iban de semana. Ellos ponían el ato de la comida, pero el vino se lo tenía que poner. Así estaba estipulado”. El suelo, de cemento, es más alto en su parte central y hay varios pocillos, muy bien redondeados.  Antes de las tinajas de cemento, la cueva albergó las tinajas de barro que se construían en la vecina localidad de Villarrobledo.

No tarda José María en revelarnos alguno de sus hallazgos. “Las tinajas están hechas en dos veces”, -dice-, y le preguntamos la razón. “Unas tienen tapón y otras no. En las que no lo tenían el vino ya se sacaba con las bombas ”. Precisamente, una bomba aparece al final del pasillo de las tinajas. La giramos y el mecanismo emite un pequeño chirrido.  Paco Díaz nos enseña un sifón, una especie de filtro, que  impedía que las madres o cualquier impureza se colasen dentro del vino que se vendía.  Nos muestra también varias damajuanas, muy barrigudas y de boca estrecha, donde también se almacenaba vino.

Volvemos a subir por la cueva y, ahora sí, subimos a la parte alta de la cueva donde nos llama la atención otro curioso elemento; dos preciosos puentes que permiten cruzar de fila a fila de las tinajas. Indica el propietario que las tinajas están sin tapas. “Las de aquí eran de goma y se necesitaba mucha fuerza para colocarlas”.  Así surge la conversación sobre la evolución de las tapas de las tinajas que fueron de madera, de anea, de goma y más recientemente de plástico “que era un material mucho más barato”, apostilla José  María que también nos pide que nos fijemos en las covanchas y en un hueco que comunicaba esta cueva con otra.

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