Feria 2019

Viaje a la locura (Fragmento)

Premio "Francisco García Pavón" de novela

José Manuel González Martínez | Domingo, 11 de Agosto del 2019

Todavía con el gabán puesto, el extraño viajero volvió a sentarse frente al estudiante. Tenía los ojos enrojecidos, muy abiertos, y no paraba de hacer ruidos con la boca. Parecía como si un caramelo masticable se le hubiera pegado al velo del paladar.

—Tengo la boca seca como la mojama —dijo en voz alta y recogió la lata de refresco del estante.

Bebió con fruición, a pesar de que el líquido debía de estar ya caliente. Un trago largo le llenó el gaznate hasta que, de pronto, sintió algo extraño entre los dientes:

—¿Qué coño es esto? —exclamó escupiendo en su mano una masa negruzca.

Sin ningún miramiento, revolvió en el esputo con los dedos. Parecían restos de tabaco.

«Ya apareció el peine», pensó el soldado recordando la colilla perdida por Tornos. 

—¿No me habréis puesto algo dentro, verdad?

—¿Por quién nos toma, caballero? Somos gente de orden —se indignó el alcalde de Ateca.

El pobre hombre siguió escupiendo las hebras de tabaco, pero, contrariamente a lo que todos pensaban, no dejó de beber. Actuaba como un perturbado. Sus ojos, cada vez más vidriosos, se iban posando, uno a uno, en los ocupantes del compartimento, como si quisiera fijar en la memoria sus caras.

Nadie decía una palabra. El soldado sostenía entre sus manos el walkman y, simulando buscar una canción, accionaba el botón de avance rápido y el de rebobinado alternativamente. Don Damián recogió su almuerzo en la bolsa y le dio un largo trago a la bota antes de guardarla también. Alejandro se refugió en los papeles. Todos estaban nerviosos, pero a él era al que más se le notaba.

—Los llevas al revés —dijo el bebedor de cola.

El pobre estudiante recompuso los apuntes y, con la cara roja por la vergüenza, esbozó una estúpida explicación, pero el loco no le hizo el menor caso. Volvió a dejar la lata en el estante y salió arrastrando la pierna derecha. Cuando todo parecía indicar que les iba a dejar tranquilos por un rato, se dio la vuelta y regresó a su asiento. Se dejó caer con ruido sobre el asiento de escay y desmadejó su figura, como si los músculos se le hubieran quedado laxos, incapaces de sostenerle los huesos.

—Me estáis envenenando. Lo sé. No penséis que no me doy cuenta.

—No diga tonterías. Aquí nadie le quiere mal —intentó apaciguar don Damián.

—Ah, ¿no? ¿y qué opina de esto? —el desconocido se introdujo el índice y el pulgar en la boca y se extrajo un hilo de baba blanquecino que mostró a los presentes. 

La saliva había adquirido una consistencia gelatinosa y se le pegaba a los dedos como si fuera chicle. Don Damián no podía dejar de mirar y Alejandro buscaba la manera más honrosa de abandonar el compartimento…


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