Opinión

El fantasma (6)

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 16 de Noviembre del 2019

El asunto se confirmó al colocar el cuerpo de cúbito prono. Efectivamente justo en la base de cráneo había una herida de unos de tres centímetros y suficiente profundidad para seccionar la médula de la columna vertebral. Ahora sí se confirmaba la causa de la muerte: “Joselillo había muerto descabellado”; la misma faena que se hace a los toros, para acelerar su muerte en las corridas.

Los presentes se quedaron perplejos al oír el dictamen médico. “¿Está usted seguro?” Inquirió el guardia Bornes. “Desde luego. ¡Mire!”, dijo mientras introducía un elemento metálico, largo y aplastado del herramentage médico por la herida hasta una profundidad de cinco centímetros y añadió: “Esto es evidente, lo han asesinado introduciéndole un objeto cortante, navaja o cuchillo entre las vértebras C1 y  C2, cuando tenía la cabeza agacha y la barbilla contra el pecho, de otro modo no habría podido suceder; además como no hay rebordes, se evidencia que fue un golpe fuerte y seco”. 

“Para ese golpe tan certero se necesita maestría y práctica, ¿verdad, doctor?" Interrogó el Cabo. “Evidentemente; no hay duda”, fue  la respuesta. “Eso quiere decir que el asesino, es alguien de la tauromaquia” Continuó Bornes. “O carnicero”,  respondió el secretario del ayuntamiento, que ahora ejercía funciones de administrativo de justicia y  tomaba notas de lo que ocurría, unidas a  los comentarios jugosos para la causa. “Sea del ramo  que sea, es un especialista en la práctica de esta suerte de muertes” apostilló Don Manuel investido de Juez de Paz.

Terminada la faena de la autopsia, entregaron el cadáver a los pocos deudos sentados en el banco de entrada, a la espera de resultados, para ejercer los ritos funerarios pertinentes. Dígase de paso que no pasaban de tres los familiares aguardantes de noticias y de alguna suerte de herencia, que tuviera el finado en cierto rincón de su dormitorio, donde escondía una caja de madera como si fuera un tesoro pirata. “A saber si no guardaba allí nada más que papeles viejos“, apostilló la Francisca, hija mayor de su hermano muerto en la guerra,   vestida de negro para la ocasión y tocando la cabeza con otro pañuelo, que años atrás fue negro, ahora pardecía con tonos entre amarillos y ocres.

El cementerio era lugar sagrado para muchos y desde luego de respeto sumo para todos, quien más quien menos tenía depositado allí algún ser querido,  por lo que decidieron salir fuera a disfrutar de un cigarrillo, porque dice el refrán que en todos los oficios se fuma“.

Mientras liaban y degustaban unos cigarros “Caldo de gallina”, al abrigo de la pared iluminada por un débil sol de invierno, enumeraban algunos detalles del asunto a resolver. Fue en ese momento cuando Bornes miró fijamente a Jenaro para decirle, no olvide incluir en el informe que en el día de autos mientras el difunto estaba en la plaza, tomé de la mano yerta un objeto que vi brillar y lo envolví disimuladamente en un papel. Cuando llegué a casa lo estudié y con admiración descubrí que se trataba de un eslabón de cadena;  alguien, posiblemente el asesino o su ayudante colocaron entre los dedos al  muerto. “Se trata de una pista interesante y puede que nos encamine al responsable de la muerte”,  concluyó.

Se encapotaba el cielo con el tono blanco intenso de las nubes preñadas de nieve, comenzaron a desfilar algunas por encima de sus cabezas a la vez que robaban los tibios rayos del sol y dándose las manos se juntaban de modo que los intervalos de sol iban siendo cada vez mínimos. 

En uno de esos momentos de menor luminosidad, oyeron una voz que daba los buenos días. Todos volvieron la cabeza sorprendidos y curiosos por saber la procedencia. No habían  visto llegar a nadie por el camino del cementerio. “No se sorprendan ustedes por mi presencia, estaba dando un vuelta en torno al campo santo, cada pueblo tiene el suyo propio y aunque todos son similares también incluyen muchas diferencias y gustos de los enterrados y de sus familiares. Son los cipreses los únicos que no faltan, siempre inhiestos, asomando por encima de los tejados de los panteones y las tapias”.

Respondieron al saludo todos, menos Bornes que primero lo observó y después respondió muy seco: “Buenos días”.  “Como buen guardia, primero se fija y luego responde”, pensó Jenaro. El visitante de mediana estatura y aparente fortaleza física, hablaba con dificultad, como si no pudiera manipular suficientemente  la laringe o cavidad bucal, esto era debido a un defecto de nacimiento.  Una cicatriz cruzaba su cara desde la ceja izquierda hasta el pómulo y se hacía miedosa a la vista. Cojeaba ligeramente de la pierna izquierda. Vestía un traje gris oscuro elegante y hecho a medida, saltaba a la vista “lo bien que le sentaba”, pensó uno de los presentes sastre de profesión y ayudante del ayuntamiento. Acompañaba un sombrero de fieltro a juego con el traje adornado con cinta de terciopelo que le daba una cierta luminosidad cuando movía la cabeza.

Se apoyaba en un bastón atractivo, heredado de su bisabuelo, según respondió a la inquirencia del Cabo. La apariencia era similar a la de los utensilios utilizados de apoyo al caminar, pero el mango contaba con un dispositivo, que dado el caso dejaba paso a una espada afilada y larga por si hubiera menester defenderse de animal o persona, esto último, evidentemente no lo comentó por el temor a que se lo requisara la autoridad. 

“Usted no es de Villahermosa porque no lo conozco,  ¿Algún negocio? ¿Alguien a quien visitar? Continuó comentando el de la Benemérita. 

“Ha acertado usted, señor guardia,  soy de Infantes, como dicen ustedes; de Villanueva de los Infantes como decimos nosotros, es lo que corresponde a la ciudad de tan insignes personajes nacidos a lo largo de los siglos; ilustres habitantes, como lo demuestra la historia y señoriales edificios, que no hacen falta mostrar”.  Acertó a decir con su lengua trapajosa después de varios intermedios y aspiraciones fuertes de aire y dejando sin pronunciar las últimas letras de las palabras en especial si se trataba de las “eses”.

“Buenoooo, si el orgullo fuera dinero, estos se vestirían con billetes” dijo a media voz el camposantero. Aguantaron las risas por educación y por respeto a la visita inesperada.

(Continuará)


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