Opinión

“La ciudad se derrumba y yo…”

Francisco Navarro | Martes, 11 de Septiembre del 2018

Hoy se cumplen diecisiete años de los atentados del 11 de septiembre. Esta mañana, en un grupo de WhatsApp, alguien ha preguntado: “¿Dónde estábamos el 11-S?”.  Prácticamente todos hemos recordado lo que hacíamos aquella infausta tarde en la que, entre gritos de Matías Prats, contemplábamos boquiabiertos como los aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas.

“El Tomelloso. En una peripecia vital”, he tecleado en el teléfono.  Aquel 11 de septiembre hacía pocas semanas que  había dejado atrás a una compañera fiel durante muchos años, la bebida. Uno estaba en plena catarsis, y no precisamente en  el sentido poético de la palabra. Mi vida ardía por los cuatro costados y yo quería apagarla con agua.

Era una tarde soleada, bochornosa, con moscas, propia de la vendimia que se presentía. Recuerdo el irreal cielo despejado; la luz era extraña, como pasada por un filtro inquietante. Además de la conmoción por los atentados y de mi desconsuelo tuve un descubrimiento que me marcó para mucho tiempo.

Aquel día de septiembre en el que mundo estaba cambiando supe por primera (y única) vez de Juan Ruiz (o Rodríguez) de Mena. Fue en un programa de Radio Clásica sobre música antigua. Emitieron una chacona compuesta por él. Por lo que dijo la infatigable locutora, el tipo fue coetáneo, amigo incluso, de Francisco Salinas y Tomás Luís de Vitoria, además de maestro de capilla del monasterio de Uclés. Y el dato que produjo mi sorpresa: era natural de Tomelloso.

La montaña rusa que era mi existencia me llevó a servir en un trabajo en el que podía tener la estación radiofónica permanentemente sintonizada. Aquellos sones me valían de consuelo y mantenían a raya los fantasmas. Las notas se elevaban —inexplicablemente— por encima de todo lo demás. Más que los ritmos, tiempos, armonías y arpegios, lo que a uno le subyugaba era lo inacabable del tema. En un planteamiento borgiano, necesitaría mil vidas para poder oír toda la música escrita hasta entonces. Una tarea que mantuvo la mente ocupada y alejada de lo demás.

Como digo, aquella negra tarde, cuando escuché el nombre del músico y su procedencia me estremecí. Nunca más lo he vuelto a oír.

En cuanto tuve ocasión, sobre todo en ambientes musicales de nuestra ciudad, deslizaba el caso en la conversación, recibiendo siempre muestras de desconocimiento, ignorancia o extrañeza por parte de mis contertulios.

He consultado enciclopedias de todo tipo, condición y soporte. Teniendo en cuenta, por supuesto, la no existencia de Tomelloso como municipio independiente en aquellos años, de cara a mis indagaciones. Me he desplazado al mentado monasterio de Uclés, “El Escorial de La Mancha” y cabeza de la orden de Santiago, para consultar sus archivos con fruición. Desgraciadamente, los nombramientos de maestros de capilla están documentados a partir de Pablo Sanz, discípulo que fue del famoso Ciego de Daroca y que recibió el empleo en 1699, casi cincuenta años después, según estimo, del fallecimiento de maestro Ruiz (o Rodríguez).

Las noches en duermevela he imaginado al evasivo músico, incluso he pensado su estirpe al completo, pero necesito constatar su existencia, como Santo Tomás. El desánimo y el abatimiento también han estado presentes, llegando a pensar que fue una ilusión, o tal vez un sueño.

Hoy, con la distancia que da el tiempo, se me ha venido al magín una estrofa de una famosa canción de Silvio Rodríguez, que bien podría definir aquel día: “Si miro un poco afuera me detengo: /la ciudad se derrumba/ y yo cantando, /la gente que me odia y que me quiere /no me va a perdonar/ que me distraiga”.

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