Opinión

Candi y el síndrome de Down

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 15 de Septiembre del 2018
Foto: Down España Foto: Down España

Comenzaba a calmarse el verano después de hacer amarillear la poca hierba restante en el Valle de Alcudia. Las primeras lluvias del otoño empaparon las tierras fértiles en pastos. Por aquellos años, dicen ahora, llovía más. Lo mismo comentaban en las esquinas al sol los hombres mayores, mientras acompañaban a las señoras, sentadas en sillas con asiento de enea, que remendaban una camisa o zurcían unos calcetines del muchacho, que no paraba de jugar en todo el día y gastaba la ropa que le pusieras, aunque su hermano había sido más cuidadoso y le había pasado las prendas, que ya le venían pequeñas.

Días después comenzaron a llegar trenes cargados con ovejas procedentes de Castilla la Vieja (así se llamaba todavía), con sus pastores que parecían gentes con estudios, porque pronunciaban correctamente las palabras. Ayudaban los perros en el desembarco, al tiempo que mastines gigantes parecían aplastar el asfalto con las pisadas fuertes y retumbantes, cuyas  patas traseras iban cubiertas de pelo  largo  contaban con seis dedos.

Un buen grupo de curiosos del pueblo observaban las idas y venidas de los protagonistas con gritos de mando a los canes y ovejas, consiguiendo  llevar a buen término la bajada de miles de ovinos traqueteados durante días desde los pastos de origen.

Entre los curiosos observantes está Cándido, para los amigos Candi. Era una persona conocida en los contornos habitados. Se presentaba ante conocidos y desconocidos con una sonrisa en su cara redonda. No muy alto, con andar basculante, de cuerpo fuerte, hacia doce que había nacido. La alegría del nacimiento no terminó de ser completa. No sabía leer, no había ido a la escuela. De pasada diré que vivía con síndrome de Down, no lo sufría, sí sus familiares. Era feliz recorriendo las tres calles de su pueblo y respondiendo al saludo de los que se encontraba. Todos los paisanos tenían una palabra agradable para Candi.

Cuando por fin, acabándose la tarde, dejaron de gotear ovejas los vagones del tren, Candi entró a la oficina que Josué regentaba como jefe de estación.

-Buenas tardes, Josué.

-Buenas tardes, Candi. Llegas a tiempo, mira, esta  mañana el correo de las 10,30 me dejó esta carta para ti.

- Ah, ¿sí? ¿Qué dice?

-No lo sé ábrela y te la leo.

Días atrás unos del pueblo, que conocían los sueños de nuestro protagonista, habían tenido la idea de prepararle una especie de documentación; como un carnet que identificaba a Candi como “policía secreta”. Es que era su futuro ilusionado. De mayor sería policía, y ya era casi mayor. Así con todo el cariño del mundo, con letras de imprenta en rojo y negro, con cuños y firmas a pié de documento, habían preparado la carta del correo de las diez.

Fue la persona más feliz durante mucho tiempo. En el bolsillo, bien cerrado con un botón, de su camisa, siempre limpísima (“me la prepara mi Mamá”, decía), llevaba muy custodiado el documento acreditativo de su identidad.

En cualquier momento ante un grupo de hombres refrescándose en el bar se presentaba Candi, ponía cara muy seria y pedía al personal bebiente se identificara correctamente, so pena de llevárselos a la cárcel. Todos aceptaban lo que para él era una ficción casi real. Observados los “deneis”, quedaba conforme y volvía a retomar su sempiterna sonrisa diciendo: “Os he asustado. ¿He?. Es que vengo de incógnito”. La escena terminaba con la invitación a una coca-cola  para el agente secreto.

En el bolsillo trasero de su pantalón vaquero escondía muy ladinamente un transmisor, de los que usan en las películas de la tele los inspectores policiacos. Había tenido una genial idea. Entre los trastos viejos de su casa encontró un micrófono de teléfono y desde ese momento las comunicaciones con sus superiores en caso de alguna infracción, comunicación o chivatazo de importancia estaban resueltas. Siempre estaba operativo el teléfono, sin baterías ni necesidad de cuotas mensuales.

Hay que decir, sin que se entere nadie, que también usaba el trasmisor para comunicarse con Encarna, la novia que vivía en su mente, de la que estaba enamorado y que le hacía sentir sonrojo con las cosas que le decía al oído; por eso cuando conectaba con ella se retiraba a un rincón y susurraba sus novedades  más tiernas  y sus “tequieros”.

Se hizo también amigo del cura que llegó, como las ovejas, en los comienzos de otro septiembre. Desde ese momento su presencia en la iglesia los domingos era obligada. Se le había duplicado el trabajo, ahora también ayudaba a decir misa, tocar las campanas y preparar el altar. El presbítero le explicó que cuando estuvieran celebrando la eucaristía había que ser respetuoso y no gastar bromas a la gente. No se trataba de estar tan serio como los santos, pero sí con una cierta reverencia. Candi lo entendió a la primera. Salía al lado del celebrante. Animaba a los presentes a ponerse de pié moviendo las manos hacia arriba. Los fieles obedecían religiosamente las observaciones del monaguillo-policía.

Qué feliz era, cuánto disfrutaba, qué respeto y cariño le tenían sus vecinos. Qué importante era sentirse  querido. Nunca se comentó que alguien se burlara de él ni de sus cosas.

Viernes santo por la tarde. Segundo día del triduo sacro rememorando la muerte de Cristo. Candi, como siempre, al lado del oficiante. Todo transcurre como día de fiesta que es. Llega el momento litúrgico de la adoración de la cruz. Se anuncia que todos los fieles que lo deseen pueden pasar en fila, como se hace en la comunión, a besar el santo signo. Comienza el coro una canción triste de perdón y arrepentimiento. Se hace silencio y en ese momento Candi da un grito, saca una pistola de juguete de la cintura del pantalón y con la cara de circunstancias usada en momentos cruciales, dice: “Todo el mundo al suelo. Lo repito, todo el mundo al suelo o disparo”.

Te puedes imaginar, atento lector, la que se organizó en el templo. Se pasó en una décima de segundo de la tristeza de la pasión a la risa de los presentes. ¡Ya está Candi con sus cosas!, comentaban. Hubo quien incrédulo no salía de su asombro; evidentemente, los que no lo conocían. Costó su tiempo volver a la normalidad semanasantil. Candi se llevó una aparente regañina del sacerdote, que entre suspiros de risa contenida se veía impotente para imponer cierto orden. El asaltante se puso muy rojo, posiblemente porque no había medido bien la sorpresa que iba a dar. Comenzó a suspirar, iba a romper a llorar. Pero un abrazo de su amigo el cura, hizo que todo quedara en anécdota.

Había quedado muy grabado en su mente el miedo, que muchos  pasaron aquel 23 de febrero viendo los acontecimientos del Congreso de los Diputados con Tejero empuñando una pistola. Seguramente aquél recuerdo saltó de su inconsciente a la mente y le jugó una mala pasada, porque su educación y respeto a los demás estaba por  encima de las bromas de mal gusto.

Candi se fue al cielo una tarde cuando la primavera se hacía presente en  la naturaleza y en su persona. Con su andar oscilante y su sonrisa bonachona lo recordamos con ternura los que tuvimos la suerte de ser sus amigos.

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