Opinión

El Forastero (y 7)

Joaquín Patón Pardina | Domingo, 7 de Julio del 2019

Por fin después de varios cambios de opinión y meses de reflexión había ingresado en el seminario de Palencia y tras la preparación humanística, filosófica y teológica lo habían ordenado sacerdote. Sirvió como cura  en varios pueblos de su Palencia natal. Durante pocos años ejerció el ministerio en las parroquias que le había encomendado el Obispo de su Diócesis.

Cuando estalló la guerra todo se trastocó. Augurando malos porvenires, decidió desaparecer un día de su parroquia. Llegó a Extremadura donde se alistó voluntario en el ejército rojo. Cómo había imaginado en sus malabarismos mentales nadie investigó sus orígenes; quién en su sano juicio hubiera ejecutado tal tropelía. Si lo hubieran descubierto, cura y capitalista, lo habrían fusilado sin esperar que amañanara. Pero justo en las contradicciones reales es donde desaparece el razonamiento vulgar. ¿Quién iba a pensarlo?.

Terminada la guerra deliberó volver a los quehaceres anteriores. Inmediatamente desechó la idea. Demasiadas explicaciones que dar y nulos entendimientos por parte del clero, que ahora se sentía aupado por la dictadura y libre de la persecución de los años bélicos.

Por lo que un día, habiendo escapado de la reclusión en la que lo tenían para juicio sumarísimo, se presentó en casa de sus padres. Su facha era irreconocible por la delgadez, la barba y el acento semiextremeño que quiso copiar en sus primeros momentos de libertad, para simular de algún modo su procedencia.

Por ser firme su decisión de no continuar con el ministerio, tampoco podía pemanecer ni en su pueblo, ni en los que había ejercido el sacerdocio, así lo exigían los cánones vaticanistas relativos a los presbíteros fuera de ministerio. Esa fue la razón por la que recabó en este paraje tan similar, decía él, al “Jardín del Edén”, montes, aguas, flores, animales, naturaleza; lo que más amaba en su vida lo tenía en este lugar.

De vez en cuando desaparecía, para realizar una visita a sus padres, ya mayores, y reponer la cartera, pues aunque era pudiente en cuanto a posesiones y dineros, prefería mantener una vida sencilla, retirada y disfrutando de la naturaleza.

Las ropas y objetos sagrados se utilizaban  a veces cuando venían a verlo otros sacerdotes o algunos amigos de su tierra natal. Siempre había con ellos un momento para orar y celebrar la Eucaristía. Sí, los curas de los pueblos del entorno estaban enterados de su presencia y evidentemente conocían su identidad, pero se habían comprometido con él en la guarda del secreto que dirigía su existencia.

-Entonces ¿Usted sabe decir misa como el cura del pueblo?

-Desde luego que sí, Edelmiro, como el cura del pueblo o como cualquier otro.

-Y ¿también conoce el chapurreo ese que cuando yo era crío rezaban en los entierros y que nadie entendía?

-No es chapurreo, es una lengua muy antigua y se llama Latín.

Válgame la Virgen Bendita! Repetía una y otra vez con la boca abierta nuestro amigo Edelmiro.

Unas veces seguía la conversación y otras se abstraía con sus pensamientos dentro de la mollera y dialogaba consigo mismo: Con razón era un personaje extraño, si me lo cuentan lo  creo. ¡Imposible!. Un cura viviendo en el campo, en un cortijo como este y encima con armas y sabiendo usarlas. Ahora estoy más tranquilo, este hombre está aquí de “incónito”, vino intentando salvar la pellica y consiguió vivir tranquilo. Pues ya que me lo ha puesto a huevo estoy pensando en hacerme más amigo de él, a ver si se me pega algo. Si ya decía yo que era una buena persona. En cuando llegue al pueblo se lo cuento a la María que se va a hacer cruces con la historia del Forastero.

Hacía días que no veía a Adriano. La puerta del cortijo estaba cerrada con llave. En sus idas y venidas para abrevar a sus ovejas miraba la casa incluso alguna vez tocó en la madera con su garrota a modo de llamador. Nunca más hubo respuesta. Los primeros días no le extrañó, estaba acostumbrado a las ausencias de Adriano, porque ahora ya lo llamaba siempre Adriano y no “el Forastero” desde aquella conversación del verano. Incluso cuando alguien lo llamaba por el mote, se enfada y corregía al malhablado diciendo muy serio: “Este hombre tiene mucha dignidad y  no merece que lo llames por el mote se llama Don Adriano, que tiene su carrera y de las grandes y cuidaito con lo que dices de él que te miro y no te veo”

Tal era su frase favorita, para impresionar con lo que estaba dispuesto a hacer. Arrugaba la frente, miraba de reojo y con la boca un poco torcida soltaba la frase con tono de tenor de teatro de feria.

FIN

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