Opinión

Alassane

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 14 de Septiembre del 2019
“¡Buenas tardes! ¡Qué tal, ¿hay crisis o no hay crisis? No está bien el mar hoy ”.

Son las tres de la tarde de cualquier día de septiembre, estamos tres personas sentadas en la terraza de un restaurante en un paseo marítimo de cualquiera ciudad costera española. Sobre la mesa media ración de sardinas a la plancha, la última parte de  un bocadillo de lomo con queso, un plato con restos de ensaladilla rusa concluida y cuatro patatas ralas con salsa picante en un pico. Los platos terminados se apilan en medio  hasta que la camarera se dé cuenta de retirarlos.

El saludo viene de una persona, que se nos ha colocado cerca de la mesa, de pié, cargada con infinidad de colgantes y pulseras multicolores e incalculables formas. Sonríe en apariencia para resultar menos ajena.  La sonrisa no es ensayada, la ha ejercitado tanto que sale sin necesidad de alegría interna, es otro detalle más en la máscara de vendedor ambulante.

Esta persona es de piel negra, ofrece con la mano derecha un colgante con forma de corazón a la Mamá junto a la que se ha colocado, no por casualidad, piensa que ella estará más dispuesta a ayudar, mientras dice: “El corazón es como un cofre en él guardamos el cariño y los buenos deseos, los familiares, las amistades, las cosas buenas, las personas que amamos” Deposita otro, “la  tortuga trae larga vida y buena suerte a la vez que salud, trabaja y no hace daño, se protege, es signo de paz”. Otro distinto “el elefante con la trompa hacia arriba también es signo de buena fortuna y suerte. Además no se rompen si caen al suelo”, ahora deja caer el colgante con forma de corazón y al chocar con los platos hace un chasquido seco y duro. “¿No ves no se rompe?”Estos colgantes los hace uno de mi pueblo para que yo los venda, no vais a encontrarlos en ningún otro punto de España”. Al mismo tiempo deja varios objetos más en la mesa, en el único rodal libre de platos y vasos.

-“Eso lo dirán todos” pensamos, mientras lo miro directamente a los ojos, como hago siempre con quien hablo. Los ojos, cuando habla la boca, comunican tanto como  las palabras. No cae mal este hombre, tiene algo distinto al simple vendedor ambulante…

-“¿De dónde eres?”.

-“De Senegal, allí siguen mi mujer y mis hijas”.

-“¿Cómo te llamas?”.   –¡Alassane!, responde.

“Est-ce que vous parlez français?. –Ah, oui, oui”. Continuamos unos minutos la conversación en francés. Tiene un dominio perfecto.

-¿Dónde has aprendido español?

–“En la calle, no he ido a ningún centro de estudios, también hablo bastante inglés”.

-“¿Tienes estudios?”

-“Sí, soy veterinario titulado”. Le comento por qué no intenta trabajar en ese oficio, en vez de vender por los pueblos. “No me convalidan el título conseguido en la universidad de Senegal.

Para este momento ya nos ha dado a cada uno de los tres una pulsera sencilla con los colores de África y Senegal, “son los colores de mi tierra”, dice.

Yo me he quitado las gafas de sol, para que pueda verme los ojos directamente, aguanta la mirada con ternura y cariño, no tiene odio, no miente, es totalmente limpio en lo que habla. Cuenta que ha recorrido España entera “del norte al sur y del este al oeste” conoce Tomelloso, Valdepeñas y Manzanares, ha estado en estas ciudades y muchas más que va enumerado.

Está surgiendo una familiaridad muy importante entre Alassane y nosotros. El corazón de colgante que hace unos instantes ha sacudido la mesa y los platos al caer de su mano, está repercutiendo en los nuestros. Notamos una cercanía con el que hasta hace unos instantes era un desconocido total. Nos damos cuenta del drama, que lleva dentro y nos afloran lágrimas de cercanía e impotencia. Lo invitamos a que se siente con nosotros. Lo hace con satisfacción.

Le preguntamos si ha comido, dice que no. Inmediatamente lo invitamos a que coma con nosotros algo que le apetezca. No acepta. Solo come cuando termina sus recorridos a las doce de la noche un trozo de pizza o algo parecido. Le insistimos, pedimos un bocadillo de lo que quieras y esta noche te lo comes. Tampoco lo admite, “tendré que cargar con él  toda la tarde y cuando vaya a comerlo estará duro”.  No nos convence esta razón. Pensamos que tiene un dominio muy alto de mente y cuerpo, se ha propuesto una actitud de asceta y de lucha no solo para dominar el hambre, sino también para cambiar su futuro y poder vivir feliz con su familia. Tiene mucho por lo que luchar y eso solo lo consiguen los muy entrenados.

 -“Si no quieres comer tómate algo de beber, un zumo, cerveza, coca-cola…”

-“Una botella de agua, por favor, es lo que único que necesito”. Y esboza una sonrisa distinta de las de vender.

Durante unos minutos bebe despacio, comenta: “Estoy en un pozo de donde es muy difícil salir, pero es más difícil quedarse dentro;  lo poco que gano se me gasta en comer y en alojamiento”.

-¿Hace mucho que no vas a tu pueblo?”

–“Tres años, quería haber ido a ver a mi mujer y mis hijas pero el viaje me cuesta 250 euros y no  los tengo. Estuve a punto de ahorrarlos, pero no he podido”.

-“Cuando más feliz soy es cuando consigo dinero para que mi mujer y mis hijas coman”. Tengo un proyecto para cuando vuelva a mi casa. Quiero montar una granja para criar pollos, nos daría para comer a toda la familia y facilitaría la vida de mis vecinos, pero me cuesta tres mil euros y no puedo conseguirlo”.

Nos sentimos impotentes a la vez que inútiles para poder ayudarle más. Nos afloran las lágrimas continuamente. Él percibe lo que sentimos compartiendo estos minutos no solo de charla, también de sentimientos.

-“Nunca he encontrado personas que me traten como vosotros, con cariño y respeto”. Se levanta, tiene que seguir con su ruta y su venta. Le pagamos los objetos que nos hemos quedado, con un billete, no tiene cambio, comenta. “No hace falta que nos des las vueltas, nos has regalado una lección de vida impresionante.

-“¡Hasta luego AMIGO!”

-“¡Muchas gracias, y hasta otra AMIGOS!”

-“Si volvemos a vernos, dinos algo”.

-“Sin dudarlo”.

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