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Francisco García Pavón vuelve a la RESAD

Juan José Sánchez Ondal | Sábado, 30 de Noviembre del 2019

Esta primavera se anunció la celebración de un acto, en Tomelloso, en el que sus alumnos del colegio Santo Tomás de Aquino, rememorarían las anécdotas y enseñanzas recibidas del maestro don Francisco García Pavón. Inexplicablemente, por falta de intervinientes, se pospuso para septiembre y más inexplicable, aún, falló la posposición.

Yo, tal vez el menos indicado de sus alumnos, no he podido resignarme, a que pase el año de su centenario sin que haya un recuerdo hacia su magisterio aquél.

Y así, autoerigiéndome en representante de los que entonces fuimos sus discípulos, me he permitido traer aquí unas líneas con algunos recuerdos suyos.

Decía que tal vez sea el alumno menos indicado o menos representativo porque ni soy natural de Tomelloso ni recibí sus enseñanzas más que parcialmente. No obstante, cuentan que una vez le preguntaron a Max Aub, que tenía cuatro nacionalidades, que de dónde se sentía, y contestó: “uno es de donde hace el bachillerato. Si eso es cierto tengo cinco años de residente en Tomelloso (1951-1956) y cuatro de bachiller tomellosero en el colegio de Santo Tomás, con título del Instituto de Ciudad Real. Conservo una foto de los que lo obtuvimos aquel año, en el patio del colegio, que he visto circular por alguna revista también, con el Padre Pedro, D. Antonio Huertas y D. Carlos. Éramos: Rafael Negrillo, Miguel Bolós, Antonio Jiménez Condés, Ana Victoria Velasco, Ignacio Carretero, Eliseo Rascón y yo,  de la que  solamente los tres últimos sobrevivimos. Vaya para los que se fueron njuestro recuerdo más afectuoso y emocionado.

Pues bien, de los cuatro años que cursé allí, los cuatro me cupo la suerte de ser alumno don Francisco, del que mantengo multitud de recuerdos tanto de la época de discípulo, como de la posterior, ya de amigo, hasta sus últimos años de vida. Recuerdos, todos,  de admiración y agradecimiento por sus enseñanzas y consejos, por sus amenas charlas, por los magníficos ratos proporcionados en la lectura y relectura de sus obras desde el Cerca de Oviedo, ciudad en la que estuve unos meses al terminar la carrera y en la que, como al maestro Clarín, aún le recordaban con animadversión por su novela.

Particularmente me influyeron los dos últimos años: 6º y preuniversitario. Recuerdo, creo que del primero, su discurso de inauguración de curso académico,  aquél en que nos habló del obispo Lorenzana y de su diatriba con sus feligreses. Le escribieron aquello de “El obispo Analorenza no hará aquí lo que en Sigüenza”, a lo que respondió: “No me llamo Analorenza, que me llamo Lorenzana y  haré aquí lo que en Sigüenza y lo que me dé la gana.” Anécdota sobre la que investigué y obtuve corroboración y diferentes versiones, vertidas en un artículo.

 Recuerdo sus magníficas explicaciones de clase de la Historia de la Literatura Española, que luego completaba yo en la biblioteca municipal con el texto de Hurtado y González Palencia que me valió un sobresaliente. Y recuerdo su exigencia de lectura del Quijote. Al comenzar el curso nos dijo: Estamos en La Mancha y no podemos ignorar la obra cumbre de la literatura que tarta de ella. Tenéis todo el curso para leerla detenidamente. Podéis cualquier día pedirme que os examine, en la inteligencia de que el que no haya aprobado el Quijote, no le examino en junio de esta asignatura. Y el examen era detallado. A mi preguntó, recuerdo, entre otras cosas, que cuantas veces aparecía Maese Pedro (el galeote Ginés de Pasamonte, luego titiritero) o quién era el caballero de la Blanca Luna. (El bachiller Sansón Carrasco).

 El curso preuniversitario se acababa de implantar y no sé si con aquel motivo o cualquier otro anterior, nos expuso su teoría de los planes de estudio, que tantas veces he recordado y citado:

“Los planes de estudio son como un puchero. Lo primero que hace el ministro de educación  tras tomar posesión,  es mirar en qué posición se lo ha dejado el anterior.  Si lo ve boca arriba, lo pone boca abajo; si boca abajo, lo pone boca arriba”, decía ya entonces, en tiempos del partido único.

En aquel curso, don Francisco nos propuso cuatro ciclos: La novela pastoril, la picaresca, la novela del siglo XIX y la generación del 27, de la que tenía y conservo, de mi padre, la primera edición de la Antología de Gerardo Diego, de 1932, que le dejé a Eladio Cabañero,  en la que conoció a los poetas de ella, y que era título de presentación cuando coincidíamos con cualquier poeta o literato:

- Aquí mi amigo Ondal, que es un macho a carta cabal y tiene la primera edición de la Antología de Gerardo Diego.”

Aquel curso nos leímos todo cuanto de los ciclos propuestos había en la biblioteca al respecto, de la que él era el Director e Ignacio Carretero, Secretario. Era una gozada en los estudios de por la tarde estar leyendo novelas impune y ostensiblemente, aún cuando fueran de autores clásicos en vez de subrepticiamente las del Oeste o el FBI. Y de ahí que frecuentáramos la biblioteca al salir del estudio y nos integráramos en la tertulia que, al cierre, se solía formar con asistencia de Eladio Cabañero, Félix Grande, Rafael Negrillo,  Antonio López García y algún otro. Recuerdo a Félix llegar con su bicicleta en cuyo transportín  iban los cántaros de lata, vacios, de la leche que había repartido.  La dejaba aparcada en la puerta con el pedal apoyado en el bordillo de la acera, mientras dentro se hablaba de poesía, de novela o de pintura.

Y de allí, de la biblioteca, emana una anécdota que le une a otro insigne artista tomellosero: a Antonio López Torres, que muy pocos si es que alguno, recordarán: Había don Francisco movido sus conocimientos  para que se hiciera en el Museo de Arte Contemporáneo, que entonces estaba en el edificio de la Biblioteca Nacional, una exposición de la obra de López Torres. Tenían ya asignado el espacio y reservada la fecha, para el mes de octubre.

Aquel curso López Torres lo iba a pasar en Torrelavega, en cuyo Instituto había de impartir la asignatura de dibujo. Cuando partió para allá García Pavón le encareció que pintara lo más posible para poder aumentar el número de obras, ya que no tenía demasiadas y las más eran de pequeño formato,  y aportar obra nueva, de temática diferente a la habitual de sus maravillosos paisajes y temas manchegos, ofreciendo, así,  el contraste de los cántabros.  Pues bien, nos contaba Pavón una tarde en la biblioteca: Me escribió diciéndome que llegaba  ayer en el coche de línea de Madrid y allí que voy a esperarle. Llega el coche, para, como de costumbre,  frente al Casino de San Fernando, se baja Antonio, y tras los correspondientes saludos, le bajan de la baca su maleta. La toma por el asa y me invita a que nos vayamos.

-Los cuadros, ¿los has facturado, vienen en tren, por agencia?, -le pregunto.

-No, me responde parándose y dejando la maleta en el suelo, la obra la traigo aquí. Y sacando del bolsillo de la chaqueta una tablita, envuelta en un lienzo, la libera y me muestra un paisaje.

-¿Pero, Antonio, esto es lo que has pintado en todo el curso? 

-Sí, me responde, te advierto que está muy trabajado.

Tuvieron que posponer la exposición, empezar a pedir algunos cuadros a sus propietarios y tratar de reordenar el espacio.

Y es que así era y así pintaba Antonio López Torres.

No es frecuente la conjunción de personajes en un lugar y en un momento como aquél. “No se sabe el por qué de estas concentraciones de talento”, escribió  el recientemente fallecido Manuel Alcántara al hablar de Eladio, de Antonio López Torres, de Francisco Carretero, de Antoñito López García, Francisco García Pavón y Felix Grande. Y el propio Pavón, en el Reinado de Witiza, aunque con referencia Plinio, escribe que “En la estrecha vida de los pueblos no se repiten con facilidad las figuras excepcionales. Hay pueblos que pasan siglos sin tener un escritor, un artista, un científico, un político…”  Y es curioso que aquéllos fueran unos años de concentración en ese de todos ellos, previa  a la diáspora general. En efecto, pasamos del todos en Tomelloso, al casi todos en Madrid. Al curso siguiente los que ese estudiamos Preuniversitario, (Rafael Negrillo, Ignacio, Ana Victoria y yo), nos vinimos a Madrid a estudiar nuestras respectivas carreras; Pavón obtendría la cátedra de Literatura de la Escuela de Arte Dramático, de la que llegaría a ser Director; Eladio encontraría acomodo en la Biblioteca Nacional; Antoñito montó su estudio en Embajadores,  y se vino a pintar este Madrid que inmortalizaría y que  le inmortalizará a él, y Félix también  llegó a la zona de Palos de Moguer,   en un principio vendiendo libros a domicilio.

La rareza de la coincidencia de talentos no es excepcional en nuestra patria, lo que sí es,  es su común florecimiento y  que no se desperdicien y se agosten. Pero el florecimiento no se da sin cuidado y abono; no crece, como no sube en el horno el pan candeal  si no se añade a la masa la oportuna levadura. Esa levadura la aportaría don Francisco fomentando en Tomelloso, no sólo en el colegio, sino en el pueblo entero, el interés por la cultura en general y por las letras en particular. No olvidemos que con motivo de los juegos florales y a su instancia, pasaron por allí las firmas más renombradas del momento, ni olvidemos los ciclos de conferencias que organizaba  en el Casino de San Fernando a los que nos obligaba a asistir y a realizar un resumen de lo en ellas tratado.

Y hablando de recuerdos de éstas, me viene a la memoria la impartida por el periodista y humorista Jesús Fragoso del Toro, Chuchi, padre de familia numerosísima (20 hijos. Felicitaba el año con una foto de su familia incrementada en un vástago cada vez) en la que comenzó hablando de la duración de las conferencias. Según dijo la atención del oyente es limitada. El primer cuarto de hora está pendiente de lo que dice el conferenciante;  el segundo empieza a recordar los problemas personales y de su familia y llegado el tercero, se acuerda de la familia del conferenciante. Como no quiero que os acordéis de la mía, doy aquí por terminada mi intervención, dejando en el tintero otros muchos recuerdos del maestro y amigo de  Tomelloso y del Madrid de entonces.

 

Madrid, 29 de noviembre de 2019

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