Opinión

La cosa de los muchachos

Dolores la Siniestra | Miércoles, 15 de Enero del 2020

Miren que, tras varios sucesos, me he pensado mucho lo de volver a escribir. Porque, al final, a ver qué gano yo exhibiéndome en público si, total, ni agradecida, ni pagada, que decimos por aquí y, a unas malas, me voy a ver en boca de todo el mundo –aunque, realmente, eso es algo que tampoco está en mis manos, incluso aunque no continúe con estas colaboraciones, siendo como es la gente de este bendito pueblo.

De hecho, el otro día, mientras compraba el regalo de Reyes para mi hermana Juli en Tere Pelayo –que hay que ver qué estilo tiene siempre esta mujer–, una amiga suya se me acercó, y en tono de confidencia, me susurró al oído: ¿Uh, chica, que yo creo que eres tú la Dolores que anda publicando en el periódico ése de internet? ¿Pero cómo cuentas todas esas cosas, que tu marido se va a enterar y te vas a ver descasada? Y es que, como es costumbre por estos lares, lo “del culo” no ocupa su habitual posición detrás, sino que lidera las preocupaciones.

Pero, bueno, aquí estoy de nuevo otro mes. Seguro que ustedes esperaban que les hablase de la Cena de Navidad y de Nochevieja, del “Tolosa de mi cuñado  –y no es que naciera en Guipúzcoa, sino que “tó-lo-sabe”–, de los odiosos mazapanes y polvorones que anidan ahora en alguna de mis cartucheras y de la cara de circunstancias de mi hija, la mayor, cuando se percató de que la pierna de Marcos no buscaba, bajo la mesa, la suya, cuando tomábamos la copa de sidra con sus amigos antes de las campanadas en la Plaza. Pues no, que, a estas alturas de enero, se trata de agua ya muy pasada.

Me vino la idea –o la inspiración, que dicen los que se creen escritores–, mientras estaba con las amigas merendando en el Sánchez de la Plaza, en una de esas tardes en las que lo que antes se llamaba clase media se retrata con lo que piensan lujos y caprichos y no son más que engañabobos de estómagos agradecidos y escasas ambiciones –parece que, si una de las magdalenas de las de toda la vida la pedimos como muffin, nos acercamos más a las moquetas y los tapices de Palacio. Como si poder gastarte cinco euros en una merienda, un día de los de diario, te diera acceso a las listas de los más ricos según Forbes.

Contaba Maricarmen, a voz en cuello, que su hija, Lucía, universitaria en Madrid, le ha dicho que no quiere ser madre. Veinte años tiene la criatura. Se ha metido en FEMEN, se ha tatuado un “Altar para abortar” cerca del pubis y tiene un novio de veinticinco –años­– okupa en un piso del barrio de Tetuán.

Pretexta Lucía, según su madre, que su cuerpo no va a ser violado por la dictadura del heteropatriarcado, que el límite de sus sueños es el cielo, que la familia es una creación bastarda –se lo prometo, la calificó de bastarda– de la religión –no apellidó católica, pero iba de suyo– y que la progenie encadena a las mujeres –una muerte en vida, esto de nuevo de conformidad con el relato de Maricarmen.

Mi amiga lo llevaba muy a mal, no dejaba de repetir lo del tatuaje, y el resto la consolaban como podían, asegurándole que eran arrebatos de adolescente y que, en cuanto conociera al mozo adecuado o el reloj biológico actuara –se lo juro, dijeron el reloj biológico–, esas chiquilladas iban a durarle a Lucía menos que una nube en el mes de agosto.

Yo hice de tripas corazón y me guardé mis pensamientos, mientras zambullía la magdalena –de las de bocafragua– en algo llamado latte macchiato y que sabía a Cola-Cao pero con un punto de amargor que mi estómago no dejaba de protestar.

María de las Viñas, que gusta siempre de poner la guinda y reservar su palabra para quedar encima como el aceite, se atildó y, con mucho boato, concluyó: “Ay, hermosa, si es que ahora son más libres, y saben más. Anda que a nosotras, si viviéramos estos tiempos, nos habían engañado. Iba yo a haber tenido dos cesáreas apenas con veintitrés años”.

Y ahí, sería cosa de que la regla últimamente me pone un humor del mismísimo demonio y me impide contenerme, hablé yo: “Mirad. Poneos cómo queráis. Pero ahora consentimos mucho a nuestros hijos. Y ellos lo aprovechan y se montan unos dramas de muy Señor mío. Creen librar batallas cruciales para el futuro del mundo, repletas de consignas y de mensajes y, sin embargo, ni han trabajado un solo día, ni conocen esa desasosegante sensación de que el buzón albergue una factura a la que no puedes hacer frente. Nosotras, sin ser mayores de edad, teníamos la Cooperativa o la EMPE más vista que el tebeo, y cualquier queja en casa te mantenía varias semanas sin pisar la calle.  Quieren llegar a lo más alto sin haber sufrido los rigores de la escalada. Y nosotros, lejos de mostrarles que la vida es un camino más preñado de sinsabores que de victorias, les amparamos con unos paraguas que, por regla general, tampoco alcanzan a cubrirles. Porque a ver los blasones que tenemos aquí en el pueblo. Quizá, y solo quizá, es que se nos está olvidando que nuestros hijos necesitan unos padres y no unos mejores amigos molones. Estos millennials critican el capitalismo y la estructura familiar, siempre que puedan escribir un tweet en su iPhone de última generación, regalo de papá y mamá. Por qué, imagino, que el tatuaje de la rima no se lo ha pagado Lucía, ni el movimiento feminista, ¿no, Maricarmen? Puede que os den envidia vuestras hijas. Es lógico que no deseen asumir compromisos, porque no hemos sido capaces, desde pequeños, a educarles en la necesidad de ser responsables”.

Continuó un silencio de los pesados. De los que se producen cuando alguien ha mentado la soga en casa del ahorcado e, incluso, me pareció que Maricarmen me espetaba un “hijaputa” por lo bajinis. Pero seguro que no fue así. O, si lo hizo, sería alabando mi brillantez y agudeza a la hora de argumentar –que ya todos conocemos que en España el más cruel insulto es muestra de asombro llegado el caso. Pagamos, cada una lo nuestro, y nos fuimos yendo.

Lo cierto es que Maricarmen no me ha vuelto a dirigir la palabra y las otras amigas no me han llamado más para merendar. Casi lo agradezco, porque no sé si por el mes o por lo acalorado de mi parlamento, el colacao amargo me trajo unos retortijones que, con poco, concluyen en fatídica presencia recurrente en el trono –y no me llamen escatológica, pero, por si alguno lo duda, las mujeres, incluso las guapas, como yo, también acudimos al excusado para observar necesidades mayores.

Ah, casi lo olvido. Los Reyes se portaron muy bien y atendieron mi petición. Por eso, para las que aún no lo hayan probado, les recomiendo, encarecidamente, el Satisfyer. Igual, con un poco de suerte, se relajan y empiezan a calificar como problemas los que realmente lo son.

Y sí, a mis hijas, les regalamos un Louis Vuitton Neverfull y un Mac… Porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Ahora, en mi casa tatuajes, ni uno. Y a la misa del Gallo todos juntos.

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