Opinión

La bulla

Rafael Toledo Díaz | Miércoles, 15 de Enero del 2020

Que el concepto de "la España vaciada" es un tema recurrente y tentador para la clase política es indudable. El tema sale a la luz en los repetidos periodos electorales pero después de ejercitar el voto, la cuestión se posterga y se demora hasta que sea necesario rescatar otra vez el debate.

Hace muy poco tiempo los medios nos han comunicado el número de habitantes del país pero los datos nos indican que, desde principios de los años sesenta del pasado siglo, la población tiende a concentrarse en unas pocas ciudades del estado, metrópolis que además están rodeadas de pueblos que muchas veces tienen más vecinos que algunas capitales de provincias.

Y es que a todos nos gusta desplazarnos a la playa en vacaciones o visitar parajes rurales e idílicos, lugares donde la paz, el silencio y el sosiego forman parte de ese tipo de vida tranquilo que muchas veces añoramos. Sin embargo, cuando empieza el curso, volvemos a nuestro caos particular y a nuestra rutina pero siempre cerca de los hospitales, de las universidades, de los centros comerciales, de los teatros y de todos los servicios públicos de los que se han dotado esta macro-urbes donde residimos habitualmente.

Además en determinadas estaciones y coincidiendo con la navidad o las celebraciones del fin de año, la capital sufre una oleada de visitas que colapsan el centro de la ciudad. Aglomeraciones de gente que, atraídas por el espectáculo de las luces y el comercio compulsivo de esta época, limitan la movilidad en calles y plazas.

Y es que resulta muy recurrente salir de la apatía acercándose al centro pues en apenas media hora el cercanías nos lleva al meollo y a la bulla donde, arropados entre el gentío, cooperamos con el ambiente festivo y de alegría que la masa transmite. Así de simple, creemos ejercer nuestra libertad de movimientos, aunque después la policía nos obligue a transitar por determinadas calles según el sentido de nuestra dirección, todo ello en aras de la seguridad colectiva.

A ratos puede resultar abrumador y agobiante pero observar a la plebe siempre es interesante y divertido. Un servidor tiene obsesión por el calzado ya que zapatos y botas, deportivas o botines dicen mucho del individuo.

En los paseos por el centro y a través de los cristales de los exclusivos salones puedes observar el postureo de la clase acomodada, personajes que andan encandilados con el barman cuando éste intenta no romper la burbuja del gin-tonic de media tarde. No creo que esta gente ande muy ilusionada ante la previsible subida de impuestos del recién estrenado gobierno, y me da que son reacios a compartir los dividendos de sus suculentas rentas o ganancias.

Pero no se crean que cualquier vestimenta, por muy deteriorada que parezca, define a una determinada clase social. Pantalones muy rotos y zapatillas de estilo vintage que valen un ojo de la cara son el disfraz posmoderno de algunos pijos-progres, una tribu que con su imagen de dejadez pretende diluirse entre el paisanaje pero que, en su fuero interno, forman parte de esa élite que nunca se confundirá con el populacho.

Pero ya digo, entre gente tan diversa, encandilado por los escaparates y las luces de led puedes pasar un rato divertido arropado entre la multitud. Ataviados con gorros y pelucas de colores, oteando a través de gafas luminosas, o coronados con cuernos de reno y niños que nos recuerdan la historia de Chencho, hemos sobrevivido a la bulla de la pasada  Navidad.

Y es que atraídos por el bullicio y la festividad se congregaron estos días pasados en la capital gentes de toda la geografía, ciudadanos de muchos lugares de esa España vaciada a la que me refería al principio.

Por casualidad, me contaron una conversación entre dos mujeres de pueblo y de diferente edad, sobre el desplazamiento a Madrid de una de ellas para ver la iluminación de la capital.

Le inquiría la mayor preguntándole a la más joven sobre su reciente viaje: 

- ¿Y qué tal, te gustó?

- Ah sí, muy bonito, qué árboles tan altos y cuánta luz, sobre todo en la Puerta del Sol

- ¿Y había mucha gente?

- ¡Uf! muchísima, a veces no podíamos ni andar.

- ¿Al final compraste algo?

- Sí, alguna cosilla me traje, pero vamos, lo importante era disfrutar del ambiente. 

Entonces la mayor le respondió con aire altivo: 

-  Pues yo, cuando voy a Madrid, apenas voy al centro, y menos en estas fechas.

-  ¡Ah, no! y entonces ¿adonde vas?

- Pues me voy a la zona de Serrano y sus tiendas. Y para pasear, al barrio de          Salamanca, a mí no me gusta mezclarme con la bulla, faltaría más... 

La chica, con un gesto de mohín y algo desalentada por la respuesta chulesca y prepotente de su interlocutora cambió de tema y, discretamente, se fue alejando. Si hubiese tenido la picardía suficiente o más edad le habría contestado de otra forma, quizás recordándole el viejo refrán atribuido a Quevedo, y burlona le hubiera dicho: 

- Pues mira querida, ya sabes lo que dicen por ahí: "don sin din, cojones en latín"...

 

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