Opinión

A los que nos dejaron a merced del CoronaVirus

Dolores la Siniestra | Miércoles, 8 de Abril del 2020

Han dicho de mí que soy irónica, cargante, afilada, con un sentido del humor que hiere, que golpea, de esas mujeres que asustan porque saben reírse de ellas para pasar a su examen a todo el resto del mundo. Me tildan de peligrosa, audaz, lenguaraz y que, como aquélla de la canción de Sabina, siempre tuve la frente muy alta, la lengua muy larga y la falda muy corta.

Pareciera, dicen, que estas mujeres, entre las que me incluyen, somos de “armas tomar” y que, toda vez que ni lloramos nuestras propias lástimas, no nos detenemos a aliviar las ajenas. Y, sin embargo, yo, que tanto me permitía los juegos florales con el Virus Monárquico, ahora, hoy, en esta tribuna abierta gracias a la comprensión del equipo humano de La Voz de Tomelloso, voy a dar un paso al frente y les desnudaré a la Dolores seria que, en puridad, no es otra que la misma del primer párrafo, pero con mensaje directo y sin recursos humorísticos, sin tretas, ni conejos en la chistera -ni en la entrepierna.

Como entenderán, hace unos días, mi escrito mensual estaba dirigido a bromear sobre el confinamiento. Evocar y suceder situaciones cómicas vividas durante este forzoso apartamiento doméstico: que si se me acabaron las pilas del Satisfyer, que a mi Paco le empezaba a ver con ojos de gata encelada y que, cuando Marcos me propuso sexting por la aplicación de Microsoft Teams, descubrí que de moderna tengo menos que muchas confiterías y papelerías. Releí mis chanzas, pensé que quizá –solo tal vez- sirvieran para animar a la parroquia durante estos días, pero concluí que estaba equivocada, que, en ocasiones, la risa, por muy terapéutica que pueda parecer, no acalla el torrente de lágrimas.

Y, por eso, en este momento, cuando la mayor parte de los medios de comunicación nos ha convertido en un país sin lágrimas, en el que nos ocultan el inagotable dolor de la muerte, en el que obvian la rabia y pesar de los familiares de los miles de compatriotas caídos por el COVID-2019, hoy, digo, quiero escribir cuatro párrafos con las entrañas y el corazón. No servirán de nada, no les harán más felices, pero, en ocasiones –las más de ellas- esta puta vida te juega las cartas para que tu envite se quede en farol aunque lleves tres ases de la baraja. Y ahí solo quedar encomendarse –si creen en Dios- o vociferar tu pesar al viento –up to you, que apuntillan los hijos de la Gran Bretaña.

Esta crisis nos ha vuelto a demostrar que somos irresponsables, porque dejamos nuestro gobierno en manos de sujetos que no están preparados. Esta vez ha tocado el PSOE, con un gobierno poliédrico de partidos que –como todos- buscar arrimar el ascua a su sardina –sin pesar en más bien común que el suyo, el de ellos. En otros episodios, contamos con otros protagonistas, muy similares. Esto, como ya estarán adivinando, no va de política, sino de que al frente, al mando de las operaciones, deberían estar los más sólidos, los excelentes, los técnicos más solventes… ¿o acaso ustedes dejarían que fuera a escardillar su viña un imberbe paniaguado diletante con modos y manera de galán cinematográfico?

Otro aspecto que, de modo imparable, ha reflejado esta situación es que jamás valoramos, de manera adecuada, la impagable labor de nuestros sanitarios, de las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, de todos aquellos que, por sueldos miserables, aseguran nuestro abastecimiento y la posibilidad de acceder a bienes de primera necesidad. Rostros anónimos, muchas veces vilipendiados, y que, de nuevo, cuando la suerte torna a malas, se aprestan a correr hacia el lugar del que todos los demás deseamos huir.

Pero, quizá, el culmen de todas las cuestiones derivadas del COVID-19, de este sucio virus que se ha llevado a tantos de los nuestros, es que el ser humano individual, el ordinario, el alejado de los focos, es, por naturaleza, gregario, respetuoso y considerado para con sus semejantes. Esto suena a sermón jesuítico del domingo de Ramos, pero piensen cuántas veces se habían detenido a analizar si su vecina precisaba que le ayudaran con la compra, o si ante una necesidad excepcional como la vivida, se pusieron a ver tutoriales, a tirar de plástico, retales de coser y cinta americana para construir cualquier herramienta que pudiera protegerles o ayudar a salvaguardar la integridad de los suyos. Interróguense, maldita sea, cuántas veces antes se había despertado en ustedes ese ánimo de ayudar sin pedir nada a cambio. Sí, incluso en su perfil más siniestro, han encontrado un rayo de esperanza y solidaridad que derrumba los estrechos límites del confinamiento y el recogimiento forzado.

Este COVID-19 nos ha hecho derramar lágrimas íntimas y nos ha privado del derecho de llorar y despedir con dignidad a nuestros muertos. Y, desafortunadamente, Tomelloso, nuestro pueblo, ha sido golpeado con una dureza extrema, inusitada, hasta el punto de recabar una malhadada y cruel fama en noticiarios nacionales.

No sé a ustedes, pero a mí se me revuelven las tripas cada vez que veo la imagen de nuestro camposanto y, delante, el periodista de turno con sus guantes y el micrófono cubierto por plástico, refiriendo las últimas novedades para el parte de la mañana, de la tarde o de la noche, mientras, a su espalda, el encalado del cementerio parece llamarnos cual canto de sirena. Infausta popularidad, desgraciada distopía.

Pero créanme, a pesar de todo, de esta ira contenida, cuando salgamos, cuandoquiera que podamos volver a abrazarnos, a reírnos –si es que se puede o nos sale de dentro-, a rendirnos visitas y tertulias, a quejarnos como antes, cuando creíamos que éramos infelices y lo que fuimos era inconformistas y malcriados; pues eso, cuando salgamos, apreciaremos que ya no somos quienes éramos, habremos endurecido nuestra piel, ésa surcada por cicatrices y arrugas, recuerdos del dolor y de la pena, y, en nuestra mirada, los párpados achicarán los ojos, un semblante alerta, apercibido.

Quedarán, en la memoria, las canciones, los aplausos de las ocho de la tarde, las ruedas de prensa de los monigotes políticos que solo quisieron justificar su paguita y su futuro –los que no quisieron o no supieron, tanto da, interpretar los mensajes que imploraban actuar de antemano y con firmeza-, y, por supuesto, nuestra rabia y el impostergable recuerdo de aquéllos que fruto de esa incompetencia y ventajismo se vieron arrastrados hacia la muerte, la misma que nos quieren esconder, la que, en un mundo como el actual, volvimos a aprender que estaba mucho más cerca de lo que las pantallitas de los teléfonos móviles de última generación y las series de Netflix nos pretendían alejar.

Porque, como les dije, en las malas, en las putas, con el agua al maldito jodido cuello, el ser humano se descubre como es, humano y, por ello, tremendamente mortal.

Y, por eso, con la muerte –que es la vida- no deberían jugar esta cuadrilla de ineptos. Recuérdenlo, para cuando salgamos.

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