Opinión

El coeficiente moral

Fermín Gassol Peco | Viernes, 5 de Junio del 2020

Los coeficientes mental y moral son atributos muy distintos que no tienen por qué coincidir ni estar a la misma altura. Que existen personas sumamente inteligentes con un concepto de la moral más bien bajo o sin estrenar, dándose ejemplos en sentido contrario y encontrándonos también con personas que ni son inteligentes ni morales, que como las meigas, haberlas haylas…

La democracia es el mejor sistema político por ser el más justo. Sin embargo la democracia tiene unas características intrínsecas que caminan muy unidas a ella, esto es, que su calidad, credibilidad y profundidad dependen de todos los ciudadanos, así sin más. Se podrá decir que no todos la aportan con igual peso, cierto es, pero solo como una aproximación. Es cierto también que los gobernantes tienen más responsabilidad pero sobre una base ciudadana que la entienda, respete y por lo tanto la acepte o la consienta. 

Quienes gobiernan saben muy bien para quienes lo hacen, aquello que el electorado les demanda y el nivel de exigencia, verdad y honestidad pedido, que al final el gobernante nace y sale de esa sociedad a la que va a dirigir. Por lo tanto unos y otros deben saber que el estilo que la democracia ha de lograr es consecuencia de la implicación moral de todos.

Una sociedad, una ciudadanía que desprecia o no cuida de manera primorosa su coeficiente moral como elemento fundamental para el discernimientos de hechos y actitudes, más temprano que tarde está abocada al abismo de las mentiras y el enredo y como consecuencia inevitable, desnortada y buscando denodadamente soluciones absurdas.

La mentira como tergiversación mental de la verdad, por eso la convierte en el arma más peligrosa para la deriva del ser humano, tanto a nivel individual como social ya que supone someter a la mente a un proceso erróneo que da como resultado desembarcar en un lugar equivocado. Cuando la mente es subyugada de manera constante a la mentira, la conciencia acaba perdiendo el sentido, el norte de la realidad y como consecuencia el comportamiento moral presenta un encefalograma plano.

 La democracia, por ser un sistema soportado en las libertades ha de basarse fundamentalmente en la verdad no en la permanente subjetividad de los intereses propios. La democracia para ser creíble debe ser moral y si no lo es, a la larga se convertirá en algo con “forma pero sin contenido”. Sin embargo ese “algo” por sí mismo no puede ser sujeto de moralidad. La moralidad se encuentra en las personas que manejan a ese “algo”, ellas son quienes la hacen creíble o no, conveniente o detestable. Y en esas siempre estuvimos y seguimos estando ahorita mismo.


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