Opinión

Nevadas en agosto

| Sábado, 15 de Agosto del 2020

Libertad, concordia y progreso son tres premisas con las que un gobierno moderno y democrático ha de trabajar, siendo la creación de riqueza la primera condición para perseguir ese progreso pues supone aumento del bienestar para la ciudadanía. Una riqueza que en el siglo veintiuno, en un país europeo y desarrollado con una sociedad diversa y compleja, pasa por ser equitativa, es decir aquella que procura una cierta proximidad en el grado de confort de todos los ciudadanos.

Crear riqueza es pues la prueba del algodón para cualquier gobierno porque no admite subjetividades ni sectarismos, que se crece o se decrece, se vive mejor o peor. Ante la ausencia de sucedáneos en los que enmascararse, el aumento de la riqueza pasa por ser la asignatura más difícil porque es la consecuencia de que los distintos agentes sociales mantengan un alto grado de entendimiento a la vez que confianza en el sistema político.

Dicho esto, una cosa parece cierta: Para que se dé este estado de convergencia social ya no valen opciones políticas fracasadas en el pasado. Me estoy refiriendo a las ideologías puramente capitalistas y comunistas; la historia ha demostrado y sigue haciéndolo que ninguna de ellas es válida a la hora de crear riqueza de manera ecuánime. El capitalismo salvaje, el sálvese quien pueda, aumenta la distancia social mientras que el comunismo la anula por completo a costa de igualar a todos en la pobreza.

En la España de ahora mismo, existe un eufemismo pronunciado a diario, progresismo. Una palabra que no se cae de la boca de los líderes de izquierdas. El progresismo es una ideología nacida para buscar el progreso social en todos los ámbitos, especialmente en el político-social. Sin embargo esta palabra se toma hoy para abanderar otros progresos (discutibles bien por el fondo o la forma), de otra índole pero que nada tienen que ver con ese progreso económico social. Fracasado el discurso económico, el comunismo intenta sustituirlo por el ético-social y bajo el ropaje del populismo.

 La situación actual en la oferta política a ambos lados del espectro se caracteriza por una praxis puramente materialista tanto a nivel individual como social. Pero en esta materialidad social existe un reparto de papeles; el capitalismo se ha quedado con la tajada central de ese filete de deseo social que es el económico y el comunismo se ha visto obligado a optar por el mundo de las conciencias.

Al comunismo lo único que le queda es el “discurso amoral de la moral” llamado así porque se trata de un discurso que no considera el análisis ético para establecer su contenido y el comportamiento derivado. La moralidad que el socialismo marxista predica es la de que todo es posible si materialmente lo es. En esta apreciación forma un dúo perfecto con lo que predica el capitalismo en su perspectiva económica.

Pero una cosa es clara en todo esto; si bien el capitalismo es ahora mismo una ideología políticamente incorrecta, nada estética y dudosamente democrática, el populismo quiere hacernos creer todo lo contrario. Pero no nos llevemos a engaño; confiar en que el comunismo traiga progreso a nuestra nación es algo tan absurdo como esperar nevadas en pleno Agosto. 

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