Opinión

Lo de Ponce y/o el miedo

Dolores la Siniestra | Martes, 15 de Septiembre del 2020

El otro día estaban unas señoras de agradable –y distanciada- tertulia en la carnicería de Julio, con sus mascarillas y sus guantes. Mientras esperaban a ser atendidas, parloteaban sobre lo de Enrique Ponce, defendiendo la libertad del amor, unas, y otras recriminando que eso de dejar a la mujer de uno de toda la vida no está bien, y menos cacarearlo por todo lugar físico o virtual. 

Claro que todos somos de Paloma Cuevas, pensé yo, de ese selecto club de las primeras esposas (como dijo Almeida, el alcalde de Madrid). 

Todos… bueno, todos los que obviamos posar para las fotos de Instagram, los que no vivimos apegados a la dictadura del “Like”, los que recordamos la muerte de Chanquete o la pájara de Induráin en Les Arcs en el primer y último Tour que no fue el “sexto”. En una palabra, todos somos aquéllos, en cuyo marcador, se asoman los guarismos de la cuarentena o ya se franquearon. 

Porque en la incomprensión del “no quiero estar más contigo” del diestro a la señora (y es calificativo alzado), del “se me acabó el amor de tan usarlo”, duele, más que el escarnio público de envolverse en la vorágine adolescente, la deslealtad del que no preserva y protege la figura a la que ya, libre y voluntariamente, ha dejado de amar. 

Y, por eso, quizá, en esas melancólicas tarde de domingo, la legión de socios del selecto club de las primeras esposas (LSSCPE) alzamos nuestra copa de whisky Octomore de casi 60 grados –o el brandy Peinado de 100 años, que es licor que no le anda a la zaga- y brindamos por el mantenimiento de los códigos, por la observancia de los principios, por la inapelable solidez de los luchadores que no rehúyen la pelea cuando, como en todo camino, los obstáculos aparecen (porque huir a otros brazos, a otra ilusión, no supone más que huir). 

Nadie muere de amor. Quizá, y si aceptamos la leyenda, los amantes de Teruel. Y, por ello, los dejaron, en piedra, en la iglesia de San Pedro, como muestra de lo episódico, de la rareza, del extremismo. 

Por supuesto que uno puede quitarse la vida por amor. El poeta Pavese lo discute, pero, al hacerlo (“Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque (…) cualquier amor, nos desvela nuestra desnudez, nuestra miseria, nuestro desamparo, la nada), quizá esté refrendando que ese acto de finalización viene motivado por el amor (por el desamor). 

Porque, en el fondo, y dejando lo sentimental –y el amor- aparte, lo único que nos queda, es esa sensación de haber cumplido con la obligación, de poder mirar al otro con los ojos francos, de saberse lo suficientemente honrado como para presentarse donde sea preciso para defender la conducta y la actuación. 

O, como me decía siempre mi abuelo, “que siempre digan de ti que eres una mujer seria”. O un hombre serio… 

El resto, como les digo, debate de carnicería. De los de distancia, de los de mascarilla, de los que, en suma, poco importan.

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