Cada primero de noviembre
celebramos, hasta ahora, la fiesta de todos los santos.
¿Quiénes son los santos? ¿A qué
santos nos referimos? ¿Cómo se llega a ser santo? ¿Para ser santa una persona
debe canonizarla el papa? ¿Es igual
santo que canonizado?
Soy totalmente consciente de que
estas preguntas no tienen hoy día muchos adeptos. Es posible que ni se las
plantee casi nadie. Oliendo a iglesia, como parece, no inquietan a nadie. Sin
embargo aquí dejo unas reflexiones porque, pienso que, siempre habrá alguien a
quien interese.
Alguna aclaración técnica, en
este caso relacionada con tal palabra, su sentido o el sentido que le dieron
hace siglos nos viene al pelo. No hay que ser erudito en lenguas clásicas para adivinar que
santo viene de la palabra latina “sanctus” y su significado es: El consagrado,
puro, limpio, que no está contaminado con malos comportamientos y al mismo
tiempo tiene un cierto contacto con Dios. También podría ser sinónimo de
sagrado (el que… o lo que está dedicado al servicio de Dios, bien sea una cosa
cáliz, templo; bien sea una persona).
Mientras que canonizado se
refiere a la persona, que la Iglesia ha reconocido como ejemplar en su vida,
para otros creyentes y lo coloca o “anota” en el “Canon Romano” o lista de
santos, después de investigar su actuación en el mundo, sus obras relacionadas
con Dios. Y desde luego han realizado algún proyecto de amor a las personas,
que en su momento lo rodeaban; vg. Santa Teresa de Jesús, San Juan Bosco, San
Ignacio de Loyola y una larga lista o “Canon”, como hemos dicho antes.
Los cristianos desde los primeros
años (protocristianismo) llamaban santos a los que de algún modo daban ejemplo
de vida y de en fe en su comunidad. De modo muy especial los “μαρτιριοι”
(mártires) o testigos de Cristo, certificaban con su sangre la fe que apoyaban
en Cristo el Señor. Muchos de ellos enterrados en las catacumbas romanas.
La palabra santo se aplica
también a Dios, es “EL TRES VECES SANTO”,
la plenitud de la santidad, el perfecto,
el que su gloria se reparte por la tierra. Esta denominación se encuentra en la
oración que se reza en la Eucaristía después
del prefacio en el Rito Romano. “Sanctus, sanctus, sanctus, Dominus Deus,
Sabaoth. Pleni sunt coeli et terra gloria tua…”.
Santo, Santo, Santo es el Señor…,
etc
Tanto San Pedro como San Pablo en
sus cartas animan a los cristianos a ser santos, a actuar según las enseñanzas
de Jesucristo en los Evangelios: “Como
hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de la
ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es Santo, así también
vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis
santos, porque santo soy yo” (1ª
Pedro 1, 14- 16).
“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis
vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será
vuestro culto espiritual. Y no os acomodéis al mundo presente, antes bien
transformaos mediante la renovación de vuestra mente de forma que podáis
distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable lo perfecto” (Carta de san Pablo a los Romanos 12, 1- 2)
Dicho todo lo anterior queda
recordar que la doctrina de la Iglesia Católica admite otra infinidad de santos
no inscritos en el Canon Romano, pero que “gozan
de la presencia de Dios en el Cielo”, y son los que celebramos en este día.
Tantas personas de fe, buenas con los demás, íntegras en su comportamiento, dedicadas
a hacer el bien con la sencillez de su trabajo diario o en el hogar. Hombres y
mujeres de todas las razas, de todo el mundo, de todos los países. Posiblemente
familiares nuestros.
Me atrevería a decir, sin miedo
al “anatema sit”, que hoy debemos estar muy contentos, incluso orgullosos,
porque muchos familiares, madres, padres, hermanos, amigos, vecinos son santos.
Personas normales, sencillas, discretas, no dadas a los halagos, que en el
momento de su muerte encontraron el abrazo de Papá-Dios, oyeron repetida la
frase del mismo Cristo en la cruz “hoy
estarás conmigo en el Paraíso”.
Si Dios que nos ha de juzgar es
nuestro Padre ¿cómo nos va a castigar eternamente por nuestros pecados?
Para concluir esta reflexión
trascribo la letra de la canción “La muerte no es el final”, para que
aliente nuestra fe en la Resurrección, en la que creemos:
“Tú nos
dijiste que la muerte
No es el final del camino
Que aunque morimos no somos
Carne de un ciego destino
Tú nos
hiciste, tuyos somos
Nuestro destino es vivir
Siendo felices contigo
Sin padecer ni morir
Cuando la
pena nos alcanza
Por un hermano perdido
Cuando el adiós dolorido
Busca en la fe su esperanza
En Tu palabra
confiamos
Con la certeza que Tú
Ya le has devuelto a la vida
Ya le has llevado a la luz”.
N.B.: El autor
de la letra y música fue Cesáreo Gabaraín, sacerdote con una gran fe, compuso
hermosas canciones con mensajes impactantes alentando el compromiso en jóvenes
y mayores; es el autor también de “Pescador de hombres” que tanto se canta en
las Eucaristías. Esta canción “La muerte no es el final” la compuso para la
misa funeral de un joven del coro que hay en su parroquia.
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Viernes, 21 de Agosto del 2026
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