Opinión

El diálogo, un “idioma” convergente

Fermín Gassol | Sábado, 21 de Noviembre del 2020

Existen palabras tan viejas como el mundo que sin embargo parecen haber sido descubiertas hace poco; dialogar es una de ellas. 

Dialogar significa académicamente discutir o conversar sobre un asunto o sobre un problema con la intención de llegar a un acuerdo o de encontrar una solución. Una tarea que se antoja más o menos ardua y compleja según sea el distanciamiento de las posturas iniciales.

Si algo define a nuestra actual generación es el convencimiento (su práctica es otra cosa) de ser necesario el paso de situaciones de confrontación a los de conversación; la búsqueda de soluciones mediante la palabra y la razón, abandonando la fuerza o imposición con distintos tipos de armas, que dialogar siempre es positivo e inteligente y nunca está de más dedicarle fuerzas y tiempo. 

Sin embargo para que el diálogo sea posible y pueda tener resultados positivos han de darse dos condiciones previas e inexcusables; la primera, que todas las partes que intervienen tengan el ánimo de llegar a algún acuerdo y que siempre será distinto a los puntos de vista iniciales y la segunda, que el tema a tratar tenga realmente visos de solución. Es decir, el diálogo siempre ha de presentar un escenario más o menos convergente.

Y es en este punto donde el diálogo, sobre todo en política, es utilizado a veces de manera subrepticia para enmascarar, dilatar o justificar acciones y situaciones sabiendo de antemano que están basadas y por ello condenadas a la nada, casi siempre para beneficio propio o distracción de carencias. Bien porque alguna de las posturas sea desde el primer momento intransigente o el tema sobre el que se pretende dialogar escapa a tal posibilidad por tratarse de un concepto absoluto; la independencia por ejemplo es uno de ellos pues como tantos otros no admite grados ni otros escenarios sustitutivos.

Dialogar, dialogar, dialogar…hasta la extenuación, esa es la cuestión siempre que exista alguna mínima posibilidad de acuerdo; al contrario, el diálogo pasa a ser una sucesión de monólogos o conversación, no solo entre sordos, sino de quienes proponen una y otra vez de manera razonable distintas opciones a otro u otros que no parecen conocer ese idioma y que por lo tanto no se dan por enterados.


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