Las antaño llanuras aluviales, o de inundación, de los ríos
contenían las crecidas de su caudal, fuerza y nivel. Al ser ocupadas para usos
urbanísticos, agropecuarios, forestales o energéticos, se les ha privado de ese
mecanismo de regulación hídrica. Otro tanto cabría decir de los embalses y
canalizaciones que interfieren en su dinámica y funcionalidad, dentro del
propio sistema-cuenca.
Las avenidas de los ríos que conocemos – hoy retransmitidas
en directo por las cadenas de televisión y las redes sociales - no son una
catástrofe natural, ni está detrás el cambio climático. Es pura y simplemente
fruto de una arrogante y autoritaria planificación del territorio, al dictado
de las grandes constructoras, influyentes comunidades de regantes y promotores
inmobiliarios. En dictadura y en democracia. Un desastre medioambiental
extrañamente hibridado (o no tanto) con el despotismo y la corrupción.
El maltrato histórico, el desdén y la incultura que ha
caracterizado la relación con nuestros ríos es todo un paradigma. Por
desgracia, en este asunto, no tenemos las manos limpias en La Mancha.
Y debería provocarnos dolor, un profundo desgarro.
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