Opinión

Ayer

Ramón Serrano G. | Jueves, 24 de Noviembre del 2022
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Ayer mismo viniste.

Tan pronto que supiste

que mi incurable mal    

se ensañaba conmigo,

llegaste como amigo,

muy correcto y leal,                      

a saber de mis penas,

peguntar qué cadenas

me atan al pesimismo,

por qué me encuentro triste,

qué pienso de mí mismo.

A prestarme una ayuda

para mí imprescindible,

a darme mejoría

lo más antes posible

con algo tan sencillo

como tu compañía,

tus amables recuerdos,

y mucho bien me hicieron

tus muy buenos consejos,

memorias de otros tiempos

ahora ya un tanto viejos,

procurando con ganas

que estuviese con calma,

y que la paz y el gozo

inundasen mi alma.

Sólo te preocupaste

de hallar el mejor modo

de sin que lo notara 

el ver de darme todo,

y no pedirme nada.

Pero yo, que a mis años,

ya voy sabiendo mucho,

y en tristes situaciones

me estoy haciendo ducho,

a mi ánima cansada

echaba tus obsequios

que a mi salud quebrada

servían de panacea,

de alivio, de pomada,

calmando los dolores,

dejándolos en nada.

Y en ese amable encuentro

cargado de alegría,

confirmé grandemente

algo que ya sabía:

tu amistad me produce

la franca mejoría

del sol que nos alumbra

o el pan de cada día;

lucharé por tenerla

y he de hacerlo a porfía.


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