Tomelloso

Tras la senda de los López

En Tomelloso ha irrumpido una tercera generación de pintores que está componiendo un atractivo panorama cultural

Francisco Navarro y Carlos Moreno | Jueves, 14 de Septiembre del 2023
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Dalí consideraba a la estación de Perpiñán como “el centro del universo” y así lo refleja el genial artista de Cadaqués en uno de sus cuadros más monumentales. Aseguraba que era en la gare occitana donde se le ocurrían las ideas más geniales y donde todo pasaba. Allí, por medio de la superposición de lentes parabólicas, el marqués de Púbol vio la tercera dimensión. Pues bien, eso mismo nos ocurre con Tomelloso: la ciudad manchega es el centro de nuestro mundo. Es el punto donde convergen todas las placas tectónicas de la memoria, la experiencia, los sentidos, el tiempo y los anhelos, y donde confluyen los movimientos telúricos del arte y las letras.

Es Tomelloso, a pesar de haberlo tenido todo en contra, una suerte de Aleph virtuoso que es capaz de concentrar la esencia de todas las artes. Es absolutamente borgiano el hecho de que esta ciudad con hechuras de pueblo, en medio de un infinito mar de viñas, sus habitantes hayan querido ser el Parnaso y que ese deseo se haya visto cumplido. Y resulta extraño que haya podido llegar a serlo, a pesar de que como Castroforte del Baralla (la artúrica ciudad ideada por Torrente Ballester), ha sufrido durante siglos una conjura para eliminarla hasta de la cartografía y hacerla desaparecer cósmicamente. Pero como queda demostrado eso ha sido posible gracias a la inequívoca decisión de los tomelloseros y tomelloseras.

Puede parecer esta ciudad (esta levítica ciudad) al igual que el monolito de “2001 Una odisea en el espacio” algo inamovible, imparable, insólito y eterno. O como un inmenso barco varado en medio de la llanura manchega. Pero nada más lejos de la realidad, Tomelloso es un pueblo dinámico en todos los sentidos: emprendedor, ágil, inconformista e innovador que ha hecho de la cultura, a la que reverencia, su bandera.

Son la vid —la honrada viña, su cultivo y la elaboración del vino— y la cultura las señas de identidad de Tomelloso. Pero a lo largo de su historia, nuestra ciudad, nuestro pueblo, ha sabido hacer de esta última una forma de vida, de darle una dimensión fabulosa y un matiz único para ser llamada “La Atenas de La Mancha” por el crítico literario Melchor Fernández Almagro. Como dice el profesor Rubén José Pérez Redondo, el Tomelloso literario, el Tomelloso amante de la cultura y las artes, es una profecía autocumplida. En este poblachón manchego se ha ido gestando a lo largo del tiempo una tradición que ha favorecido a la cultura y las letras, modelando su realidad cultural y social.

Tomelloso es un tema recurrente de conversación. Imbuido de ese chauvinismo que es otra de las señas de identidad de esta tierra, nos jactamos de pertenecer a una tierra en la que el censo de artistas supera con creces la media de cualquier otro lugar. Y los interlocutores siempre se sorprenden. Primero miran con cara de chufla pensando que uno se ríe de ellos. Y el visaje se torna en sorpresa conforme va avanzando la conversación y este que escribe va enumerando algunas de las perlas que hay engarzadas en esta fabulosa diadema —ya sabéis, los más conocidos y famosos— que es la cultura de Tomelloso.

Hace poco contábamos a unos amigos en un grupo de WhatsApp que el padre de Carlos Giménez, el famoso y genial dibujante de cómics, era de Tomelloso. Una de ellos, a la que debo tener frita con mis continuas alusiones a mi ciudad, cuestionó qué si es que en Tomelloso ocurre todo. Solo pude contestarle afirmativamente.

Los López, el banderín de enganche de los innumerables artistas de Tomelloso

Las artes plásticas tienen en la ciudad una amplia representación. La nómina de pintores y dibujantes es única e interminable en este pueblo. Todo empezó con Francisco Carretero, el primero que manchó de pintura un lienzo. Este hombre, que podía haber salido de una novela de García Márquez, fue agricultor y vinatero; un alcalde reformista que quiso ser artista. Pintaba por la noche en la cocinilla, a la luz de un candil. Y es que, la humilde y humeante llama del fanal de aceite podría ser el símbolo de esta “Atenas de La Mancha”. A su mortecina y titubeante luz nació todo lo que vino después.

Carretero quiso ser pintor. Él mismo hacía sus propias mezclas, elaboraba sus pinturas de manera empírica (como es su obra). Después vinieron los grandes nombres que tal vez se encargaron de germinar la simiente que ese “perito en vinos” y colores únicos había metido en el sustrato de un pueblo tan receptivo a las artes. Fueron los Antonio López, tío y sobrino, el banderín de enganche del interminable rol de artistas plásticos que tiene Tomelloso. En todos los estilos, técnicas, materiales, sensibilidades, matices… una galaxia luminosa, colorida y única alimentada por la Escuela de Arte y Superior de Diseño Antonio López.

Hablaba Paco Umbral, en ese magistral prólogo que hilvanó en el “Se llama Tomelloso” editado en la década de los setenta, de los pintores que vio nacer la ciudad. Su brillante pluma se remontó a los tiempos de Carretero para hacer parada después en la trayectoria de Antonio López Torres, “pintor que no quiere vender, solterón que solo quiere pintar, hombre de abrigo viejo y bata blanca, va en bicicleta por el interior de sus propios cuadros. He visto sus lienzos en Madrid y en Tomelloso y me parece un sabio solo, un sabio que ha pasado por  toda la pintura de nuestro tiempo, o nuestro tiempo ha pasado sabiamente por su pintura, pero que su enorme sensibilidad lo lleva sabiamente hacia su manera personal de entender un burro, unos niños, una era, un paisaje o un paisano”.

Y los elogios del gran Umbral al tío recalaron acto seguido en el sobrino. “Antonio López García, maestro hoy del hiperrealismo, pintor en el mundo entero, admiración de Bacón, gasto de millonarios y museos americanos, tiene una cabeza entre mártir del Greco y pastor de La Mancha. Es el Velázquez de la España  nuclear, con la ironía y el lirismo que no hay en Velázquez. El hiperreralismo industrial multiamericano y nacional esnob no esconde más que una verdad concéntrica: Antonio López, genio del siglo, paisajista urbano de Madrid, hoy, que se sube a Torres Blancas a pintar la Avenida de América con un fondo de poniente malva y suburbano. Un ancho desgarrón de soledad, una minuciosa cenefa de ciudad, una palpitación de los hormigones en la luz. Eso es lo que pinta. Pura pintura, pues que reduce el tema al no tema”.

Prosa de lujo del escritor para ornar un reportaje que pretende ahondar en esta joven generación de pintores de Tomelloso que toman el testigo de estos dos grandes genios para componer un puzle cultural de lo más interesante en la ciudad.

No es una, son dos las generaciones que han irrumpido después de estos grandes genios de Tomelloso. Su talento inspiró a otros que desde otros estilos y planteamientos siguen engrandeciendo el panorama artístico de la ciudad, pero sin perder de vista las huellas de los grandes maestros a los que respetan y admiran: Marcelo Grande, Ángel Pintado, Fermín García Sevilla, Pilar Jiménez Amat, Félix Huertas, Ezequiel Cano, Carmen Jiménez, María Jesús Martínez, Carmen Casas, Manuel Buendía, Pepe Carretero, José Luis Cabañas, Diógenes López, Andrés Moya, Andrés Ruiz Paraíso, Serafín Herizo, Amadeo Treviño, Luis García Rodríguez, Adela Cabañas, Anselmo Ponce, Luciano González Casajuana, Rufo Navarro, Marcelino Palacios, Luis Carlos Dueñas o Antonio Ortiz Mayorga. Una relación de artistas puesta a beneficio de inventario y de la que, estamos seguros, se nos ha quedado algún nombre en el tintero. Pero lejos de nuestra intención obviar a nadie por su calidad o importancia, sino más bien por alguna mala pasada de la memoria.

Además de los nombrados, a esa generación pertenece un sinfín de artistas que han creado dignos trabajos, en su mayoría autodidactas y muchos de ellos alumnos de los pintores referidos.


Jóvenes de ideas maduras

Y tras ellos ha derribado la puerta una tercera generación que muestra una inagotable creatividad y talento. Jóvenes de ideas maduras, de arrolladora personalidad, atrevidos, inquietos, experimentadores, poliédricos, inconformistas, respetuosos con sus antecesores y al mismo tiempo revolucionarios. Son artistas sin complejos que se atreven con todo, que a pesar de buscar sus sendas creativas de múltiples maneras convergen en un arte fresco, de sólidos cimientos y muy puro.  Creadores que van siempre más allá, que no se detienen, que no se cansan de buscar, que contrastan su obra con la de los otros para enriquecerse, que ofrecen su particular visión de la realidad que les rodea. Artistas de espíritu crítico, tenaces en el trabajo, polifacéticos casi todos, y aunque habrá excepciones, algo importante: se llevan bien entre ellos, las rivalidades son sanas y en todos laten unas inmensas ganas de no dejar de aprender.

Una generación que enseña y comparte su arte, ya sea en lo público o en lo privado, en una sala de exposiciones, en un bar, en una casa, en una barbería, en una tienda, en un antiguo muro derruido, en una nave industrial, en el elegante vestíbulo de una Escuela de Artes… Se atreven con cualquier soporte,  con la técnica y el material más inesperado, para firmar obras que nos acaban emocionando.  El arte bulle en Tomelloso gracias a estos jóvenes  e incansables creadores.

Roberto Carretero “Gobi” llena de color las calles de Tomelloso. Cuida al máximo el arte urbano este muralista que, por su empatía y forma de ser, se desenvuelve feliz en el enjambre de nuevos artistas que han saltado a la palestra. A la calle se asoma también el arte de Manuel Solana para enseñar sus caligrafías góticas o las andanzas del Gañán Enmascarado del siempre recordado Pedro Salinas y el de Tomás Gutiérrez que traslada a los muros de la ciudad las tradiciones y la historia de Tomelloso.

Las hermanas Abad, Carmen y María o María y Carmen, hacen cómplice al espectador de lo que ven, le hacen pensar. Crean y experimentan sin parar. El polifacético Rafa Rodrigo “MeOne” esculpe con el cartón y crea auténticas maravillas, y aún guarda tiempo para sorprendernos con el cellograph o darle al arte un acertado aire inclusivo y solidario en proyectos como Laborvalía. Carmen Sevilla muestra sus emociones a través del grabado.

Dan ganas de introducirse y caminar en las majestuosas ciudades que pinta José Ramón Jiménez o quedarse un tiempo infinito mirando esos horizontes de mar y cielo que pinta Carrión, más afanado ahora en la fotografía a la que saca todo su jugo. Otra renacentista, Maku, pinta y esculpe y cambiando de registro nos detenemos en el dibujo perfecto de Concha Espinosa, tanto que casi nos desvela la manera de ser del personaje. Inma Pon nos hace pensar sobre la información que nos llega, intentando descubrir como afecta la sociedad a cada uno de sus integrantes. Chema Perona con sus collages nos adentra en distintas épocas poniendo en valor lo bueno que se hace en cada tiempo, Almudena Becerra, nos emociona con sus sencillas y elegantes composiciones pictóricas, lo mismo que Ana Parra con sus geometrías que descubren su alma de arquitecta.

El talento, la creatividad, la búsqueda de nuevos horizontes, mucha personalidad… acompañan a los jóvenes artistas de la ciudad que han llegado para quedarse. Antonio Madrid da una nueva dimensión a las obras de otros artistas de la que él mismo acaba siendo partícipe. Lucía Martínez disfruta en el hábitat del paisaje urbano, experimentando con el color y diferentes técnicas. Resultan asombrosas las alegorías de Santiago Lara, uno de los artistas con mayor proyección. Rogelio Sánchez transforma la realidad trefilándola a través de su bagaje cultural y artítico.

A través de su exquisita pintura simbolista, Caroline Culubret, nos cuenta la historia de su vida, de toda la humanidad, nos atrevemos a decir, mediante la figura humana. María Valvanera ensambla, corta, pinta y separa los diferentes elementos jugando con los volúmenes y perspectivas. Con un estilo muy contemporáneo, Ángel Castellanos, sorprende con sus trabajos realizados con distintos materiales y técnicas, pero con sus inquietudes como centro. No resulta cómodo para el público el lenguaje expresionista que imprime a su obra Rogelio Garrido, creador que se mantiene fiel a sus principios.

Innovadora, revolucionaria, vehemente, inconformista, Clara López Cantos, no deja a nadie indiferente con su arte. María Jesús Navas esgrime una rica paleta para moldear el sorprende paisaje manchego. De la acuarela ha hecho Silvia de Castro la mejor arma para mostrar lo efímero del mundo que la rodea.

Y, antes de seguir —de acabar con el reportaje—, es necesario hacer una prevención, estamos seguros los periodistas de que, en esta relación de pintores, que no pretende ser exhaustiva, faltan nombres. La lista de quienes pintan en la ciudad es interminable y será fácil haber omitido alguno o algunos nombres de la virtuosa nómina de quienes aquí se dedican al arte de Kora. De ser así, solo podemos lamentarlo e intentar enmendarlo en futuras ocasiones.

Colectivos, espacios expositivos y la Escuela de Arte

Además de los quehaceres individuales de todos estos artistas, muchos de ellos, además, forman parte de colectivos artísticos. Se trata de una forma de compartir las inquietudes de cada uno, de empaparse de los conocimientos, habilidades, estilos y del concepto artístico de los otros y de mantener viva la necesidad de creación. Ahí están los primigenios Acento Cultural o Ideo a los que han seguido, Los jueves al desnudo o Margen Izquierdo, formado por profesores de la Escuela de Arte y Superior de Diseño Antonio López.

Necesariamente hay que contemplar en este artículo los espacios expositivos que han hecho posible que estos artistas puedan enseñar sus creaciones al público. El arte es un ejercicio fallido si la obra no llega al espectador, el receptor final del mensaje que el pintor emite a través de su creación.

Es todo un privilegio que en Tomelloso exista un espacio con la categoría y prestigio que desprende el Museo de Arte Contemporáneo Infanta Elena. Los jóvenes artistas que protagonizan este reportaje tienen en este espacio un lugar ideal para impregnarse de corrientes y tendencias artísticas de primerísimo nivel. Y adentrándonos en el casco urbano, ahí están lugares señeros como El Café de la Glorieta o el Patio a los que han seguido otros como El Rinconcito o Novem. El último lugar en llegar ha sido Casa África, una genuina vivienda manchega restaurada con amor.

En este aspecto El Rinconcito merece un capítulo aparte, por su clara apuesta por el arte desde el primer momento y por dar una oportunidad de oro a creadores incipientes y bisoños al lado de otros consagrados y famosos.

Otro elemento importante para la gestación de este grupo de artistas ha sido la Escuela de Arte. El centro se ha constituido en un eficiente catalizador de las inquietudes creativas de tantos y tantas. Sus aulas forman la cantera de donde están surgiendo muchos de estos creadores, de estos artistas que mantienen vigente y actual el legado de Francisco Carretero y esos López, orgullosos de que el arte siga en Tomelloso más vivo que nunca.

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