Opinión

Diciembre

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 2 de Diciembre del 2023
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Les contaba la semana pasada que mi amigo Ciri me había sorprendido con su deseo de ser asesor, aunque al final rectificó, utilizando, como siempre, su buen criterio; esta tarde hemos vuelto a disfrutar de una nueva charla adornada con café y magdalenas, como nos gusta a los dos.

Dice Ciri que está eufórico, que siente por dentro muchas ganas de vivir, que es algo más feliz hoy que ayer. Le respondo que esta situación suya me alegra porque es mi amigo, a la vez le pregunto por la razón de ese cambio de ánimo.

—Por qué va a ser, porque es uno de diciembre.

—Bueno, y ayer fue 30 de noviembre, los números de los días no son causas, pienso yo, para sentir cambios de ánimo, al fin y al cabo, son cifras, a no ser que esos dígitos te recuerden acontecimientos o situaciones en las que has vivido más alegre, más feliz.

—Te aclaro unos puntos —me dice con ojos de tunante, que siempre pone cuando va a declarar algo sorprendente para su escuchante—, si tú hicieras una encuesta a las personas mayores, no, rectifico, a cualquier ser humano aunque sea pequeño, preguntando qué mes les resulta más simpático, agradable, atractivo…, me juego contigo la merienda, a que responderían que es el mes de DICIEMBRE, así con mayúsculas, —mientras termina la frase hace un gesto extendiendo los brazos y las manos para enfatizar el mes que cita.

—Sí, es posible, no voy a discutírtelo —le respondo—, pero no me negarás que para los agricultores que recogen sus cosechas en agosto, no van a preferir este.

—No te lo niego, amigo, pero solo con nombrar diciembre a mí me alegra el día, tengo mucha razones: de pequeños sabíamos que estaban cerca las vacaciones del cole, los altavoces de la plaza alegraban el aire con los villancicos, mi madre nos traía tortas, y dulces del horno; los que nunca he podido disfrutar han sido los mantecados…, esa sensación de tener la boca llena de una materia que no me deja respirar, me transmitía la impresión de ahogarme.

—Claro Ciri,—le respondo entre risas—, es que intentabas meterte entero el mantecado en la boca, eras un ansias.

—Sí, cierto, era para hacerme el gracioso. Pero hablando en serio, en este mes, observa por favor, y verás que la gente intenta estar más alegre, compartir risas con los demás, se procura juntar a la familia; ya esto es grandioso, repartir abrazos y besos entre los tuyos es lo más grande.

—Muy cierto.

—Además este año —continúa Ciri— , me voy a desconectar los oídos y los ojos de todo lo que pueda producirme desasosiego, lo que me enoje, altere o me escandalice; por ejemplo, no voy a prestar atención ninguna a los griteríos farsantes de los políticos nacionales, siempre están a la greña, entre mentiras, verdades a medias, informaciones sesgadas, me dan angustia. Tampoco voy a hacer caso de las propagandas incitándome a comprar regalos, comida, lotería. Todo eso me pone de los nervios. Gasto más de la cuenta y al final pierdo el dinero jugado y las comidas de los días siguientes a las fiestas es a base de sobras.

—Me parece, amigo, que estás exagerando, te has colocado justo en el punto contrario al que traías cuando nos hemos juntado.

—No, qué va, que va…, no. Quiero decirte que no voy a dejar que me amargue nadie la alegría de vivir el mes de diciembre, el mes de la Pascua, ¿te acuerdas que así lo llamaban antes las personas mayores? Es que me siento como un niño con zapatos nuevos.

—Desde luego que me acuerdo —le respondo.

—Voy a comenzar por poner el belén en la consola del recibidor de mi casa; a mi mujer se le da muy bien colocar las figuras, el río, el nacimiento, los pastores, los reyes y muy lejos casi escondido el palacio de Herodes. ¡Qué pena, todavía sigue habiendo Herodes en nuestro planeta!

—¿No pondrás árbol? —le pregunto para ponerlo a prueba, sé que no le gusta, cree que es un intento de desviar la atención de lo principal, una costumbre venida de los países “ateos”. Me mira muy serio, vuelve la vista hacia el café, da un mordisco a la magdalena y me responde.

—¡Qué “jodío” eres! Quieres picarme a ver qué digo ¿eh?, —dibuja una sonrisa demostrando lo bonachón que es y contesta—, sí, también voy a poner el árbol este año, para que disfruten mis nietos, son muy pequeños y les encanta cambiar las bolas de sitio, quitar las cintas de espumillón y ponérnoslas de diadema a los mayores. Es una gozada ver lo bien que se lo pasan. Aunque lo pongan todo “manga por hombro”, merece la pena.

A mi amigo le corren los recuerdos de años anteriores por la cabeza, se le reflejan en los ojos, en la boca y en la frente y de pronto los ojos se le ahogan en agua, va a gotearle la nariz, pero saca su pañuelo blanco de tela y la enjuga, simula una tos inoportuna, me mira entre la niebla de unos ojos acuosos y estalla en una sonrisa de persona profundamente afectiva.

Sorbo un trago de mi taza para disfrazar la emoción al ver a mi compañero como abuelo tan sensible y para que no se sienta sofocado. Pongo mi mano sobre la suya, la aprieto con todo el cariño del mundo y para mis adentros me digo: «¡Qué bien, ya estamos en diciembre!»

 

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