Opinión

El carnaval de Ciri

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 10 de Febrero del 2024
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Esta tarde de viernes al llegar a la cafetería de mis encuentros con Ciri, me ha sorprendido ver la mesa habitual que, utilizamos para nuestras tertulias, estaba ocupada; nos gusta esa porque nos oculta de miradas inquisidoras y porque podemos observar los transeúntes de la calle. “Bueno pues me siento en otra con similares características” —he dicho en mi interior.

Resignado hago lo pensado. No dejo de mirar al tipo que nos ha escamoteado la sede habitual, de espaldas y con sombrero tipo “hongo”. Remueve un culo inquieto en la silla cada instante, mira por los ventanales y alternativamente la puerta. Tiene un mostacho corto muy pegado a la nariz como si comenzara en los rizámenes nasales y despejado por encima del labio. Me cuesta mucho recolectar datos por miedo a ser descubierto y suelte alguna “fresca” afeando mi actitud observadora. No me he quitado las gafas de sol para disimular mis insistentes miradas. Estoy en un lateral y puede descubrirme en un instante.

No tiene ningún servicio en la mesa, yo tampoco. A ver si por fin viene Ciri y realizamos juntos la comanda acostumbrada. No puedo remediar ponerme nervioso en circunstancias como estas. Por todos los medios a mi alcance intento relajarme y ausentar la impertinente insistencia de descubrir secretos, por otra parte, evidentes a la vista. Pasan los minutos como caminatas de caracoles. Miro el reloj de mi muñeca una y otra vez, no se ha parado porque el de la cafetería tiene la misma hora. No aguanto más.

Una idea a modo de relámpago cruza las arrugas de mi frente y salta en una frase audible para los más cercanos:

—¿No será…?

Me pongo de pie y me acerco a la mesa que ocupa el extraño señor, objeto de mi observación insistente, lo miro con detenimiento y no puedo frenar mi garganta casi gritando al reconocer al personaje oculto:

—Anda leche, si eres tú, Ciri, en persona. 

El señor del bombín me mira soltando una carcajada que resuena en todas las paredes del local, de modo que los ojos de los presentes se estrellan en el grupo que formamos ambos. Me siento “imbécil total”, “más tonto que la pata de una banqueta”. Cómo no me he dado cuenta antes. Qué ridículo acabo de protagonizar. ¡Qué cabreo! Me sale la bilis por las orejas. 

Mi amigo no para de reír. Me dejo caer en la silla situada enfrente. Lo miro y veo que le saltan las lágrimas de tanta risa.  Me puede el cariño que tengo a mi colega y me uno a su risa contagiosa incesante. Los clientes de nuestro entorno viendo la situación también ríen disimuladamente. ¿Qué estarán pensado de mí?

—Me di cuenta perfectamente cuando llegaste. Te he observado de reojo todo este tiempo, viendo cómo te esforzabas por saber quién era el señor que ocupaba nuestra mesa de costumbre. No he querido llamarte la atención para saber tus recciones. Me lo he pasado “pipa”. —Ciri vuelve a soltar otra risotada escandalosa.

Viene la señora que atiende el local con su sonrisa educada de siempre. A mí me da que estaba conchabada con mi amigo para la circunstancia. No hace referencia ninguna a lo acontecido hace minutos, creo por respeto, pero dadas sus dotes de atención a los parroquianos me ha “calao del to”.

—¿Qué van a tomar los señores? ¿Lo de siempre?

—Sí. Dos cafés con leche y un par de magdalenas de la última cochura. —Responde Ciri simulando un tono de voz de americano en películas de blanco y negro.

—¡Vas a explicarme, qué rollo es este de ir pintado de tal modo y la razón de tu tono de voz, ahora mismo!, —le digo con tono de cólera reprimida.

—Al instante, mi señor, —responde con su tono americanizado y con cantidad de sorna. 

—Todavía no te has dado cuenta de que estamos ya en carnaval, —me responde—. Mi camuflaje es bien sencillo, mírame bien: El sombrero, bigote “toothbrush”, cejas intensas y negras, ojos muy abiertos, bastón. Es sencillo, intento parecerme, aunque solo sea en la vestimenta al tan querido Charles Chaplin “Charlie”. Has debido ver infinidad de películas. Todas las personas de la cafetería me reconocerían sin tantos detalles como te doy.

Aparece de nuevo la señora camarera con los cafés apareados a las magdalenas exuberantes. Mi enfado se rebaja a la mitad. Sigo mirando de reojo a mi buen amigo con cara de extraño, al que me cuesta reconocer y pienso en la lección que me ha dado: 

• Es necesario hacer el loco de vez en cuando. 

• Saltarse las normas del “sesudo actuar”. 

• Vestir el cerebro de carnaval.

• Cambiar aparentemente la personalidad. 

• Olvidar por unas horas el machacar de las noticias.

• Perder de vista a los políticos riñendo como hienas por la carroña en cualquier lugar del globo terrestre.

• Disfrutar, reír, bailar…

• Vivir la vida desde otro lugar.


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