Opinión

Ciri en la terraza

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 6 de Julio del 2024
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Por una vez, y sin que sirva de costumbre, hemos abandonado la mesa habitual para disfrutar de la terraza, es como inaugurar un tiempo nuevo. La contrariedad a la tranquilidad la aportan las moscas, impertinentes por demás, con nuestros cafés y especialmente las ricas magdalenas con manto blanco de azúcar horneada.

Ciri está “en la gloria”. Es conocido en toda la ciudad y le encanta saludar y que lo saluden. Adiós, Buenas tardes. Hasta luego. ¿Qué tal sigue tu madre?... No se calla ni con el sorbo de café en la boca.

Se sabe la historia de cada transeúnte. No ha terminado de pasar y da pelos y señales de quien es, el mote que tiene, con quien se casó y hasta dónde vive. No falta la anécdota que “le ocurrió en aquel tiempo cuando…” Se mantiene con las gafas de sol colocadas en el caballete de su respetable nariz, eso le permite mayor ángulo de visión girando los ojos sin mover la cabeza y observando todas las “bacinerías” que ocurren en el entorno.

—No sé cómo aguantan.

—Ni yo tampoco, —le respondo, porque como no sé quienes aguantan ni qué aguantan. A expresión incomprendida, respuesta incoherente.

—Que ni tú tampoco ¿qué? —me demanda con cara despistada.

—Pues no sé, —es mi contestación. Ahora sí me mira con falsa bobaliconería forzada. Como una centella recorre su cabeza mi aparente contestación inconexa. Sonríe guiñándome su ojo izquierdo.

—Qué astuto eres, quieres copiarme, pero no lo vas a conseguir… Me refería que no sé cómo aguantan las temperaturas estivales, en esta nuestra Mancha, estas mujeres con las vestimentas tan herméticas hasta los tobillos y las cabezas tapadas con pañuelos y velos.

—Tengo entendido que es una exigencia de su religión, pero no sé qué más decirte.

—¿Y a los hombres no les afecta ese mandato religioso? Pues no lo entiendo.

—Ni yo tampoco, como te he dicho antes, ellos verán, no creas que me quita el sueño tal asunto. Pertenecen a una cultura muy distinta a la nuestra, que no termino de comprender.

—¡Buenas tardes, chicos!

Levanto la vista de mi plato con la cuarta parte que me queda de magdalena para saber quién nos saluda. Es un compañero de “aquaerobic” de mi amigo, la palabreja quiere decir “ejercicios en el agua”, evidente que la hemos copiado del inglés, porque así parece que es más importante.  Lo que no sabes, amigo lector o lectora, es que Ciri detesta que lo llamen “chico” de este modo con apariencia familiar. Lo pone de un genio explosivo cuando en un bar se acerca el camarero y demanda: “A ver chicos, ¿Qué va a ser?”. En la feria pasada se levantó y se fue porque unos de los camareros le hicieron una pregunta parecida. No sé por dónde va a salir esto, pero no me gusta un pelo.

Observo que Ciri está mirándolo de arriba a abajo con la boca sellada. Ahora la abre como si se le hubiera desenganchado el muelle de cierre.  Está luchando entre soltar una grosería o mantener su educación, especialmente en público.

—¡Muy buenas las tenga usted, jovenzuelo! —Ha respondido mi compañero aunando un tono de voz inédito hasta ahora con ironía y cinismo. Desde luego no ha faltado el énfasis socarrón al pronunciar arrastrando lo de “jovenzuelo”. Sin embargo ha conservado su educación dominando con total perfección la ira.

El compañero de aquaerobic continua su marcha tras desearnos que aproveche la merienda. Es evidente que no tenemos deseo alguno de invitarlo a compartir con nosotros.

Se normaliza la tarde durante unos escasos momentos y de sopetón oímos un grito desgarrador, seguido de otro y otro, cada vez más intensos cuanto menos era la distancia entre nosotros y la fuente chillona. Desde que se fundó el mundo los niños (y niñas…) gritan de alegría, en cualquier clase de juegos, al salir del colegio no al entrar, en ese momento solo piensan en salir pronto, en cambio ahora los gritos de algunos de ellos se asemejan al de las víctimas de películas de miedo, son chillidos agudísimos. Te imaginas al asesino arrastrando a la víctima, o tostándola en unas parrillas al modo de San Lorenzo, qué sé yo, algo horripilante. Queda claro a lo que me refiero.

No ha ocurrido ningún accidente, se trata de un bebé de apenas dos años. Empuja el cochecito la abuela mientras la mamá (las distingo por las aparentes edades de cada una) enfrascada en el móvil habla también a gritos con alguien que le responde. Como ha conectado el altavoz nos enteramos de la conversación entera desde bastantes metros de distancia.

Claro está que al pasar por la terraza todos los presentes giramos nuestras testas, para sofocar nuestro afán de saber lo que ocurre al “bebito”. Solo apreciamos sus movimientos convulsos dando patadas y manotazos arqueando el cuerpo, y las anginas del “angelito”  en nuevo berrido.

La abuela ya nerviosa por nuestras miradas se multiplica con palabras de cariño y toda la ternura de que es capaz; posiblemente en su interior va pensando que “el método de la zapatilla de madre” solucionaba estos caprichos. Sí, debe ser algo sin importancia lo que ansía y demanda con tal fuerza el rorro, porque la mamá continúa su charla con la amiga a través del megáfono telefónico.

No ha sido buena la experiencia en la terraza. Se nos ha pasado el tiempo embobados con lo que ocurría a nuestro lado y no hemos podido disfrutar de nuestra charla sesuda de los viernes. Pagamos a “escote” la consumición directamente en la barra, no hemos esperado la cuenta en la mesa.

Salimos cabizbajos, al modo de la vuelta de un disgusto.

—Una de dos o me invitas o te invito a un helado de turrón en barquillo grande —me dice Ciri al oído—, nuestros encuentros nunca deben terminar con mal sabor de boca.

—¡A por ellos…!

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