Opinión

«Fachapobre»

Ramón Castro Pérez | Martes, 6 de Enero del 2026
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¿Qué es un «fachapobre»? ¿Existen realmente estos individuos? Si es así ¿cuál es su origen? ¿cómo llegaron a serlo? ¿se nace «fachapobre»? ¿dónde está la gente normal?

La gran mayoría de estas cuestiones son irrelevantes si entendemos que la gran mayoría de nosotros tiene bastante lidiando con sus problemas cotidianos (los hijos, los padres, los abuelos, la salud, los estudios, el trabajo, el amor, la pareja, la soledad, el amor, las facturas, las averías del coche, la compra del supermercado, la búsqueda de alquiler o las derramas de la comunidad), asuntos capitales de los que, precisamente, la «nueva política» parece haberse olvidado por completo. No es razonable perseguir el bienestar social sin procurar cotas adecuadas de bienestar individual, pues el primero se construye a partir de estos últimos.

A mí me parece que, si algo tiene el discurso actual, es haber conseguido que a la gran mayoría nos importe un carajo la agenda ideológica, independientemente de la edad que tengamos. Porque, de toda la vida, a los jóvenes les ha importado poco la política y, conforme se han ido cumpliendo años, ha aumentado el interés por la misma. Pero ahora nos da igual, tal vez porque la política que vemos en la televisión o que sufrimos en redes sociales ya no lo es. Porque ya no importan los problemas, sino con quién te alineas. A esta tristeza se ha resumido todo. Ni siquiera entre amigos hablamos de política. Sólo faltaba que también se corrompiera eso. Y conste que se intenta cuando nos animan a identificar y ridiculizar al «cuñao» en las cenas navideñas o a señalar a quien no cumple con el argumentario. Como si serlo mereciera el aislamiento y el más absoluto de los desprecios. Pareciera que no haya más que agitadores apoltronados en un sillón que no merecen.

Leo Bassi, humorista y crítico social, hace bastantes años, propuso que se eliminaran los equipos de fútbol, que no los partidos. Y que la gente fuera a los estadios, enfrentada por sus colores, a gritar y a animar. La victoria caería del lado de la afición más divertida e ingeniosa. Lo demás daba igual, pues el gusto por el deporte, por la estrategia, se había prostituido de tal manera que poco importaba el fondo. Me parece, ahora, un paralelismo extraordinario, cuando hablamos de esta «política» actual, en la que lo que importa es a quién votas y no los problemas de la sociedad. Estos últimos cuentan tan poco que el debate se ha limitado a ser tildado de «fachapobre» o no.

Así que el «fachapobre» se abstiene de votar o, peor aún, vota a quien, por cuna, no le corresponde, pues no defiende sus intereses de clase. El problema, aquí, es que los que deberían defenderlos cambiaron radicalmente de agenda, una que poca gente entiende y que, si se compra, es más por miedo a ser señalado que por responsabilidad. Así que, a poco que pensemos, ya tenemos un sinónimo, mucho más interesante. Un «fachapobre» no es más que un «descontento» por el que habría que preocuparse y por quien merecería la pena volver a luchar, atendiendo a los problemas de las personas. El «fachapobre», en un ejercicio de honestidad, es guía y oportunidad para volver a la política real, no alguien a quien señalar a riesgo de quedarse solo haciéndolo. Pero no lo ven, porque, desde ahí arriba, aún siguen pensando que se puede engañar a todo el mundo, todo el tiempo.

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