Hay que adentrarse muy mucho en el extenso y entrañable barrio del
Perchel ciudadrealeño y dejar atrás la ocho veces centenaria iglesia de
Santiago, para llegar a la calle San Antonio, lugar donde cada Navidad
las hermanas Prado y Amparo Villanueva siguen manteniendo
la secular tradición de montar un (su) entrañable, elaborado y precioso
Belén.
En una de esas casas, habitadas por sus padres Emerenciana y Andrés, ya
nonagenarios, viviendas sencillas de una sola planta, iconos de un
pasado que aún permanece en pie, lejos de las apabullantes luces que
durante estos días invaden otros espacios más céntricos,
con la tarde ya caída en el corazón del barrio perchelero...solo
resuena el silencio alterado por el sonido de un timbre que avisa la
presencia de quienes deseamos contemplar un año más la tierna estampa
del Acontecimiento que hace dos mil años sucedió en
Belén, el nacimiento de Jesús.
Amparo y Prado reciben y acogen de una manera entrañablemente familiar a
quienes se acercan a admirar su obra de arte navideña. En la estancia
elegida, un patio cubierto, el tiempo parece detenerse contemplando las
escenas del belén, animadas con unas valiosas
figuras y que cada año aparecen distintas; ese es uno de los misterios
que aguardan a los visitantes…pensar…¿cómo lo habrán hecho este año?
Muchas horas pensando en la nueva forma y distribución de los espacios
para las escenas esenciales que acompañan e identifican al Misterio,
mucho tiempo en la elaboración de los materiales a base de una
complicada técnica en el planteamiento y configuración
de los relieves…mucha imaginación en la decoración y colocación de las
luces que iluminan las noche…muchos días en suma entregadas a una labor
que es vocacional y que tiene como única finalidad ofrecer a quienes lo
visitan, contemplan y admiran, una obra de
arte realizada con esfuerzo, técnica y sobre todo muchísima ilusión.