Opinión

Maduro, Trump y el petróleo de Venezuela

José Manuel Ruiz Gutiérrez | Miércoles, 7 de Enero del 2026
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La operación

Recogiendo lo que se ha escrito y visualizado en imágenes, recreo de manera narrativa, en ningún caso factual, los hechos que, presuntamente podrían constituir una intervención militar de los EE.UU. en Venezuela constituyendo un delito de violación de la integridad de un territorio. El respeto a la presunción de inocencia y la falta de hechos probatorios nos exige ante este tipo de hechos que relato, ser muy respetuoso y en todo caso dejar claro que es, mi opinión e interpretación de los hechos, lo que a continuación escribo. La continua invasión de fake news creo que nos obliga a los que ejercemos algún tipo de periodismo, amateur o profesional.

Imaginemos la madrugada del día tres de enero, con luna llena en los cielos venezolanos y calma en el océano que albergaba al portaaviones más grande del mundo frente a las costas del país, se llevó a cabo la intervención de las fuerzas norteamericanas en una operación que ha sido calificada por algunos como invasión, acto  de guerra, etc, sobre Venezuela, bombardeando supuestamente —no precisamente con bombas de fogueo— varios lugares del territorio venezolano. A la vez, los aguerridos y bien entrenados soldados de la unidad de operaciones especiales aerotransportada Delta Force, perteneciente a las Fuerzas Armadas de EE. UU., capturaron a Maduro. Los soldados de esta unidad son veteranos expertos en otras misiones parecidas, como lo fueron la captura del general Noriega en Panamá y otras operaciones en Afganistán y Nicaragua.

La puesta en escena, como casi todas las que ha protagonizado EE.UU. en los últimos decenios, fue más propia de una película de Steven Spielberg. El resultado del presunto ataque se saldó con más de 40 muertos —que nadie ha contrastado— y dió vía libre para llegar al lugar donde parece ser que se escondía el presidente Maduro.

Los aguerridos y bien pertrechados soldados de la Delta Force se presentaron en la casa de Nicolás Maduro Moros, a la sazón presidente de la República Bolivariana de Venezuela, para invitarle a un “paseo” en helicóptero, acompañado de su esposa y primera dama, Cilia Flores, con rumbo a los EE. UU. de América, previo secreto trasbordo en barco y avión.

El mundo se espanta ante la noticia

Después de repasar las noticias y tratar de averiguar alguna verdad entre tantas mentiras (fake news), he decidido escribir este artículo con el fin de aportar, si es que lo consigo, un poco de luz ante estos avatares gestados en la mente de un hombre tan estrambótico y peculiar como lo es el Sr. Trump.

Leyendo y escuchando las noticias de los distintos gobiernos del mundo —incluido el nuestro— y también las de aquellos que mantienen un discreto silencio, me atrevo a decir que el “banquete informativo” está servido. Debo advertir, sin embargo, la dificultad que entraña analizar los comunicados y proclamas de los jefes de Estado y presidentes de partidos políticos, por ser estos auténticos panfletos llenos de temor —por no enfadar al “dragón” americano— unos, y otros destinados a contentar, a la vez, a la estupefacta ciudadanía del mundo, a tenor de la polarización política de nuestra convulsa sociedad.

Lo cierto es que, estando servido el banquete, a él acuden unos y otros con abrazos, parabienes o condenas y bufidos que, aparte de ser meros “gestos al sol”, ponen de manifiesto ese peligroso maniqueísmo en el que la opinión pública y los dirigentes se expresan.

El problema de Venezuela hay que abordarlo, sobre todo, con perspectiva histórica y, a ser posible, buscando las hondas raíces en las que se sustenta el bolivarismo y sus agentes activos. Hablamos de una nación que ha sido tomada por un poder omnímodo y excluyente, que poco tiene que ver con la democracia y todo ello alrededor de un pastel muy suculento: el petróleo venezolano —Venezuela posee alrededor del 19 % de las reservas mundiales, con un crudo de baja calidad que requiere sistemas de refinado más sofisticados que el petróleo árabe—.

¿De qué parte nos colocamos?

No caeré en la tentación de decir con quién estoy de acuerdo, si con Maduro o con Trump. Ambos, en mi opinión, son seres patéticos que vinieron al mundo de la política a complicarnos las cosas a todos los ciudadanos del mundo. No caeré en lo que, permítanme el calificativo, a mi entender es el gregarismo de la mayor parte de los ciudadanos de nuestro país y de otros, manteniendo opiniones inducidas por otros  y no valoradas de la mano de una percepción política e ideológica meditada y justificada..

La cuestión podría estar en decidir por cuál de las dos “tropelías en litigio” estamos: A favor de Maduro o de Trump; a favor de la invasión o a favor del desgobierno y la corrupción de un presidente que ni tan siquiera parece ser que es presidente, a juzgar por los resultados de las últimas elecciones del país. Elecciones en las que se negó a presentar las actas electorales y que gran parte de los países censuraron, alineándose, igualmente entonces, en torno a la legalidad o ilegalidad de su nombramiento como presidente.

Leyendo las manifestaciones de nuestro actual presidente del Gobierno, el Sr. Sánchez, y las de la oposición, en boca de sus líderes —el Sr. Feijóo, el Sr. Abascal, la Sra. Yolanda Díaz y otros de distintos partidos satélites— constato que sus palabras son meros panfletos políticos para arengar a sus partidarios y seguidores y, en última instancia, para dotar de opinión a la “gran mayoría gregaria” de españoles que nos regimos por lo que nos dicen, como ya he comemntado.

Veía ayer en la televisión la puesta en escena de esta ópera bufa, cuando bajaban por la escalerilla del avión militar Boeing 757 que los traía al presidente Maduro y a su esposa, en el Aeropuerto Internacional Stewart (Stewart International Airport), próximo a Nueva York, a las 17:30 hora local, y su posterior traslado al Metropolitan Detention Center de la misma ciudad, al que entraba sonriente y felicitando el año a los funcionarios que le recibían para dejarlo en su celda. Toda una parafernalia cinematografica.

El mundo se ha dividido por razones geoestratégicas —como se dice ahora— bien conocidas por todos. Rusia, China, Cuba, Colombia y algún otro país han denunciado el acto como una grave violación del derecho internacional —nadie dijo qué derecho es ese al que apelan los partidarios de Maduro—. Por otro lado, una buena parte del resto de países ha aplaudido la heroica gesta de los EE. UU. en aras de restituir el subvertido orden, la paz y la economía en un país gobernado por un traficante de drogas, armas y otras cosas, como presuntamente lo es Nicolás Maduro.

Todos los músicos están sentados en el improvisado Concierto Mundial, que desafina y desentona sin escucharse los unos a los otros, sin partitura alguna, dirigidos por este “maestro de los imposibles”, debatiendo sobre lo que constituye una flagrante violación de las leyes internacionales que, hasta ahora, nos servían para el buen gobierno de nuestro planeta.

Da para otro artículo la opinión oficial que ha dado la Unión Europea ante el problema y, desde luego, el incierto futuro que se presenta en nuestra comunidad ante la tropelía llevada a cabo por Trump. ¿Quién y cómo parar los pies al presidente Donald Trump?

¿Qué hay del futuro de Venezuela?

Aparte de los lazos de amistad y hermandad que nos unen al pueblo venezolano y, sobre todo, del respeto que los hombres y mujeres de bien debemos a las leyes y acuerdos con los que nos organizamos, hay una realidad cruda que va a sufrir el pueblo venezolano en primera línea. Trump habla de cogobernar el país con la colaboración del actual gobierno venezolano, encabezado por la vicepresidenta, la Sra. Delcy Rodríguez, y del mandato por parte de Trump a las compañías petroleras norteamericanas para asumir la gestión de la explotación de sus recursos petrolíferos, leitmotiv de esta intervención de EE. UU., que algunos tachan de ilegal y otros de necesaria y justa.

El futuro más inmediato parece ser la constitución de un gobierno satélite de EE. UU., conseguir una cierta estabilidad y paz social y promover el inminente retorno de las otrora compañías petrolíferas expulsadas de Venezuela por el régimen bolivariano, capitaneado por Hugo Chávez, que mantuvo el timón del país durante catorce años.

Conviene dejar dicho que durante los catorce años de mandato de Chávez y durante los doce que ha estado Maduro, el deterioro de la economía de Venezuela ha sido demoledor. Quizá el motivo más importante de la situación en la que se encuentra el país, aparte del régimen político —siempre discutible—, es el total deterioro de la industria nacional, especialmente la del petróleo. Los crudos venezolanos necesitan plantas de refino técnicamente más complejas y costosas, y el gobierno de los últimos veinticinco años nada hizo para evitar el deterioro de esta industria, aunque quizá lo que pudo intentar y no consiguió fue la nacionalización de las compañías petrolíferas y el desarrollo de la tecnología.

Lo cierto y constatable es que resulta prioritario reflotar la industria del petróleo, y esa tarea se la ha atribuido Trump unilateralmente, sin contar con nadie.

Por otra parte, a Trump no le ha parecido bien contar con la oposición al régimen de Maduro. Recordemos que son dos los partidos o movimientos claramente identificados como oposición: por un lado, el grupo liderado por la recientemente nombrada premio Nobel de la Paz, la Sra. María Corina Machado, a quien el Tribunal Supremo de Venezuela inhabilitó para ser candidata; y, por otro lado, el Sr. Edmundo González, del que unos dicen que obtuvo el 67 % de los votos y al que Maduro le arrebató —según dicen otros— las elecciones. Bien, pues con estos personajes Trump no cuenta, de momento, para armar un gobierno de “transición” en Venezuela.

Hasta aquí los hechos contados con la mayor objetividad de que soy capaz y con las premisas que he anotado al principio de mi artículo, pues no seré yo quien se erija libre de sesgos; todos, de una u otra manera, los tenemos. Lo que me preocupa y quiero expresar con claridad es la respuesta del mundo civilizado ante estos graves acontecimientos. Me preocupa la desinformación y la propaganda política de todos los lados; me preocupa —como decía al principio de este artículo— el peligroso carácter gregario de las sociedades, la polarización o el maniqueísmo de las opiniones.

Me preocupa mucho el desmantelamiento del llamado “orden mundial”; me preocupan estos líderes mesiánicos que arrastran a las masas con la compra de votos y las promesas de paraísos. Me preocupan quienes hablan de aquello que dice que “el que a hierro mata, a hierro muere” o de que “el que la hace, la paga”. Costaron dos guerras mundiales y millones de muertos en nuestro planeta construir ese orden que ahora está siendo desmantelado.

Me preocupa el poder ejercido contra los pobres y desamparados ciudadanos a los que les ha tocado vivir en escenarios como Ucrania, Gaza, Venezuela, etc. Y, desde luego, no concedo la razón a ninguno de los estamentos enfrentados en esta invasión.

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