Hay recuerdos que no envejecen. Se quedan suspendidos en un rincón de la memoria, intactos, como una fotografía que no pierde el color. El primer amor es uno de ellos. No importa cuánto tiempo haya pasado ni cuantas historias hayan venido después¸ siempre regresa el recuerdo de una forma u otra, a veces con nostalgia, otras con una sonrisa cómplice.
El primer amor no suele ser el más perfecto, pudo ser torpe o desbordado. Se vive sin manual de instrucciones y con el corazón aprendiendo sobre la marcha, todo es nuevo; la emoción al ver a esa persona aparece a lo lejos, el vértigo del primer beso, el drama casi épico de una discusión mínima. En ese amor inaugural sentimos, por primera vez, que el mundo puede girar alrededor de alguien más.
Con los años, la memoria y calma van suavizando las emociones y olvidando las inseguridades, los silencios incomodos y las despedidas a veces mal ensayadas. Recordamos, sobre todo, la emoción pura: la sensación de estar descubriendo algo enorme y frágil a la vez. Por eso el primer amor no es tanto una persona concreta como un estado del alma, o una manera de mirar la vida con asombro.
Recordarlo no significa querer volver atrás. Al contrario: es recordar quiénes fuimos y agradecer lo que aprendimos. Porque de aquel primer amor nacieron las comparaciones, las expectativas, pero también la capacidad de amar mejor después. Quizá por eso su recuerdo no duele: acompaña. Como una canción antigua que, al sonar de nuevo, nos de vuelve por un instante a quienes éramos en entonces.
Porque el primer amor no se olvida: duerme en la memoria como una luz antigua. No llama, no insiste, no vuelve del todo, pero a veces despierta y nos recuerda quienes fuimos cuando amar era creer que el tiempo se detenía.
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Domingo, 11 de Enero del 2026
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