Opinión

Globalización: efectos secundarios

Ramón Moreno Carrasco | Jueves, 15 de Enero del 2026
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“Éramos pocos y pario la abuela” dice el adagio. El año nuevo y sus majestades los Reyes Magos, intuyendo que nuestra vida es mísera, monótona y carente de emociones que hagan que nuestro cerebro segregue serotonina en cantidades industriales, deciden cambiar drásticamente la situación con un acontecimiento internacional susceptible de cambiar nuestro modus vivendi. El máximo mandatario de la primera economía mundial, Donald Trump, captura a su homólogo venezolano, Nicolás Maduro, en su propia residencia, pasándose por el arco del triunfo las fronteras, los protocolos democráticos internos, el parlamento de Estados Unidos no sabía o no quería saber, los organismos supranacionales y cualquier elemental norma del derecho internacional.

Los periodistas, presos en una profesión con salarios míseros y angostados en líneas editoriales y proyecciones económicas que les impiden ejercer su profesión con la libertad debida, emiten lúbricos suspiros ante las nuevas perspectivas laborales que ello supone. Artículos y sesudas tertulias televisivas y radiofónicas en donde detallar la ejecución de la operación, las implicaciones a corto, medio y largo plazo, si las supuestas razones son más o menos legítimas, como afecta ello al resto del mundo, etc.

Pero lo que realmente llama la atención es la extrañeza que muestra el personal, como si Donald Trump hubiese enfermado repentinamente, provocándole un drástico cambio de personalidad. Cuando perdió las elecciones, lejos de aceptar decorosamente la derrota, cuestionó la veracidad del recuento de votos en un país que se autoerige como el ideal democrático e intentó impedir la toma de posesión del presidente electo mediante un surrealista episodio en el capitolio, convirtiéndolo en el camarote de los hermanos Marx donde entraban y salían, como Juan por su casa, tipos a cuál más peculiar y estrambótico. Lo más lógico sería pensar que alguien así, recuperado el infinito poder que supone ser presidente de la primera potencia mundial, incurriría en acciones de esta índole, dándole la puntilla definitiva a la democracia.

Está claro que Nicolás Maduro no es precisamente un dechado de virtudes, los datos empíricos que se han podido recoger de fuentes fiables muestran una intensa depauperación de las condiciones de vida de la población autóctona, un exponencial aumento de las migraciones, la continua violación de los derechos humanos, un enriquecimiento obsceno de los altos jerarcas del régimen bolivariano y demás catástrofes consustanciales a todo tipo de dictaduras, sea cual sea el ideario en el que pretendan agazaparse.

Lo que se omite en los múltiples análisis que se hace es el hecho de que en la actualidad un tercio de los países viven en dictaduras y que las estimaciones más optimistas cifran en 56 las guerras activas con 90 países implicados. Ante tal contexto llama la atención el hecho de que se muestre pertinaz preocupación solo por el 10 % de estos países y se ignore al restante 90 %. Curiosamente, la vida tiene casualidades inexplicables, Venezuela constituye una de las más importantes “joyas naturales”, por sus reservas de petróleo, tierras raras y minerales estratégicos esenciales para la tecnología y la producción de energía suficiente para la población. A Ucrania se la conoce por ser el “granero del mundo”, considerándose que sus tierras son las más ubérrimas del planeta. Los judíos suelen ser una población económicamente próspera, dándose otra coincidencia que apenas se cita, sus capitales están invertidos en EEUU sirviendo de soporte a su economía.   

O sea, el que pretende postularse como candidato al premio nobel de la paz, Donald Trump, muestra inusitado interés por aquellos territorios que pueden reportarle beneficio económico al país que preside, pero se la trae al pairo las escabechinas y desmanes de los territorios en los que por no haber no hay ni un mísero espacio de tierra donde poder sembrar algo para comer. Y para poner la guinda al pastel, idea una campaña publicitaria para vender como filantrópica una acción de fuerza, autocrática, imperialista y de cinismo sin precedentes.

Estamos presenciando los “efectos secundarios” de lo que ahora conocemos como globalización. Lo que la prensa y medios de comunicación de masas citan como derecho internacional no es una norma al uso, que se impone en todo el planeta en el modo y manera que lo puede hacer una ley estatal. Son tratados internacionales que solo obliga a los países firmantes, no al resto. Ejemplo paradigmático de ello es nuestra Unión Europea, creada como Comunidad Económica Europea en 1957, con seis países fundadores y a la que posteriormente se fue anexionando aquellos otros territorios que lo solicitaron. E incluso formando parte de ella asistimos, recientemente, a la desasociación del Reino Unido. Es decir, igual que cualquier contrato privado donde firmas o no dependiendo de tus intereses.

Tampoco existen organismos internacionales con competencias y medios reales capaces de obligar a los estados soberanos al cumplimiento de unas reglas mínimas. Lo más parecido a ello es la ONU, cuya relevancia disminuye gradual y exponencialmente, regida para algunas cuestiones por el anacrónico derecho de veto, carente de fuerza alguna para parar los potenciales atropellos que puedan cometer potencias tales como Estados Unidos, China, Rusia, etc.

Es aquí donde la cosa se pone chunga de verdad, pues nadie mínimamente sensato puede considerarse a salvo de un ataque exterior, singularmente si, de forma directa o indirecta, ese territorio tiene algún interés para las potencias actuales, sea por motivos económicos, estratégicos o geopolíticos. Por muy pacifistas que queramos ser, la única protección posible es tener una estructura militar potente, con suficientes medios técnicos y humanos. Fiar esa labor a un tratado internacional como la OTAN, sabiendo que este puede irse al traste en un determinado momento es como jugar a la ruleta rusa, en cualquier momento aprietas el gatillo y sale la bala que te manda al mismísimo infierno.

*Ramón Moreno Carrasco es Doctor en Derecho Tributario.

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