“Éramos
pocos y pario la abuela” dice el adagio. El año nuevo y sus majestades los
Reyes Magos, intuyendo que nuestra vida es mísera, monótona y carente de
emociones que hagan que nuestro cerebro segregue serotonina en cantidades
industriales, deciden cambiar drásticamente la situación con un acontecimiento
internacional susceptible de cambiar nuestro modus vivendi. El máximo
mandatario de la primera economía mundial, Donald Trump, captura a su homólogo
venezolano, Nicolás Maduro, en su propia residencia, pasándose por el arco del
triunfo las fronteras, los protocolos democráticos internos, el parlamento de
Estados Unidos no sabía o no quería saber, los organismos supranacionales y
cualquier elemental norma del derecho internacional.
Los
periodistas, presos en una profesión con salarios míseros y angostados en
líneas editoriales y proyecciones económicas que les impiden ejercer su
profesión con la libertad debida, emiten lúbricos suspiros ante las nuevas
perspectivas laborales que ello supone. Artículos y sesudas tertulias
televisivas y radiofónicas en donde detallar la ejecución de la operación, las
implicaciones a corto, medio y largo plazo, si las supuestas razones son más o
menos legítimas, como afecta ello al resto del mundo, etc.
Pero
lo que realmente llama la atención es la extrañeza que muestra el personal,
como si Donald Trump hubiese enfermado repentinamente, provocándole un drástico
cambio de personalidad. Cuando perdió las elecciones, lejos de aceptar
decorosamente la derrota, cuestionó la veracidad del recuento de votos en un
país que se autoerige como el ideal democrático e intentó impedir la toma de
posesión del presidente electo mediante un surrealista episodio en el
capitolio, convirtiéndolo en el camarote de los hermanos Marx donde entraban y
salían, como Juan por su casa, tipos a cuál más peculiar y estrambótico. Lo más
lógico sería pensar que alguien así, recuperado el infinito poder que supone
ser presidente de la primera potencia mundial, incurriría en acciones de esta
índole, dándole la puntilla definitiva a la democracia.
Está
claro que Nicolás Maduro no es precisamente un dechado de virtudes, los datos
empíricos que se han podido recoger de fuentes fiables muestran una intensa
depauperación de las condiciones de vida de la población autóctona, un
exponencial aumento de las migraciones, la continua violación de los derechos
humanos, un enriquecimiento obsceno de los altos jerarcas del régimen
bolivariano y demás catástrofes consustanciales a todo tipo de dictaduras, sea
cual sea el ideario en el que pretendan agazaparse.
Lo
que se omite en los múltiples análisis que se hace es el hecho de que en la
actualidad un tercio de los países viven en dictaduras y que las estimaciones
más optimistas cifran en 56 las guerras activas con 90 países implicados. Ante
tal contexto llama la atención el hecho de que se muestre pertinaz preocupación
solo por el 10 % de estos países y se ignore al restante 90 %. Curiosamente, la
vida tiene casualidades inexplicables, Venezuela constituye una de las más
importantes “joyas naturales”, por sus reservas de petróleo, tierras
raras y minerales estratégicos esenciales para la tecnología y la producción de
energía suficiente para la población. A Ucrania se la conoce por ser el “granero
del mundo”, considerándose que sus tierras son las más ubérrimas del
planeta. Los judíos suelen ser una población económicamente próspera, dándose
otra coincidencia que apenas se cita, sus capitales están invertidos en EEUU
sirviendo de soporte a su economía.
O
sea, el que pretende postularse como candidato al premio nobel de la paz,
Donald Trump, muestra inusitado interés por aquellos territorios que pueden
reportarle beneficio económico al país que preside, pero se la trae al pairo
las escabechinas y desmanes de los territorios en los que por no haber no hay
ni un mísero espacio de tierra donde poder sembrar algo para comer. Y para
poner la guinda al pastel, idea una campaña publicitaria para vender como filantrópica
una acción de fuerza, autocrática, imperialista y de cinismo sin precedentes.
Estamos
presenciando los “efectos secundarios” de lo que ahora conocemos como
globalización. Lo que la prensa y medios de comunicación de masas citan como
derecho internacional no es una norma al uso, que se impone en todo el planeta
en el modo y manera que lo puede hacer una ley estatal. Son tratados
internacionales que solo obliga a los países firmantes, no al resto. Ejemplo
paradigmático de ello es nuestra Unión Europea, creada como Comunidad Económica
Europea en 1957, con seis países fundadores y a la que posteriormente se fue
anexionando aquellos otros territorios que lo solicitaron. E incluso formando
parte de ella asistimos, recientemente, a la desasociación del Reino Unido. Es
decir, igual que cualquier contrato privado donde firmas o no dependiendo de
tus intereses.
Tampoco
existen organismos internacionales con competencias y medios reales capaces de
obligar a los estados soberanos al cumplimiento de unas reglas mínimas. Lo más
parecido a ello es la ONU, cuya relevancia disminuye gradual y
exponencialmente, regida para algunas cuestiones por el anacrónico derecho de
veto, carente de fuerza alguna para parar los potenciales atropellos que puedan
cometer potencias tales como Estados Unidos, China, Rusia, etc.
Es aquí donde la cosa se pone chunga de verdad, pues nadie mínimamente sensato puede considerarse a salvo de un ataque exterior, singularmente si, de forma directa o indirecta, ese territorio tiene algún interés para las potencias actuales, sea por motivos económicos, estratégicos o geopolíticos. Por muy pacifistas que queramos ser, la única protección posible es tener una estructura militar potente, con suficientes medios técnicos y humanos. Fiar esa labor a un tratado internacional como la OTAN, sabiendo que este puede irse al traste en un determinado momento es como jugar a la ruleta rusa, en cualquier momento aprietas el gatillo y sale la bala que te manda al mismísimo infierno.
*Ramón Moreno Carrasco es Doctor en Derecho Tributario.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Jueves, 15 de Enero del 2026
Jueves, 15 de Enero del 2026
Jueves, 15 de Enero del 2026