Después de los años y al final la del recorrido de la vida la tristeza ya no grita: se sienta despacio. Tiene la forma de una silla vacía. De un nombre que nadie pronuncia, de un teléfono que no suena. No es una pena violenta, sino honda, Como el mar cuando parece quieto y, sin embargo, todo se mueve debajo del silencio.
A esta edad, se llora más por lo que no fue que por lo que se perdió. Por las palabras que se guardaron demasiado tiempo, por los abrazos que creyeron infinitos y no lo eran. El recuerdo se vuelve un lugar al que se regresa sin querer, y duele comprobar que ya no se pertenece del todo ni al ayer ni a la hora.
El cuerpo se convierte en una frontera. Todo cuesta más, incluso explicar el cansancio. Hay días en los que levantarse es un acto de fe y otros en los que quedarse sentado, mirando la nada, parece suficiente vida. Nadie enseña a despedirse de uno mismo poco a poco.
Después con los años, se aprende a que la soledad no siempre es estar solo. A veces se siente visible entre los vivos. Es hablar y notar que las palabras ya no encuentran dónde quedarse. Es sonreír para no preocupar, mientras por dentro algo se apaga lentamente.
La muerte deja de ser miedo y se transforma en una pregunta cansada. No se desea, pero se comprende se mira como si mirara la noche tras un día muy largo: con agotamiento, Con alivio, con una tristeza mansa. Y en ese último rincón del alma, donde nadie entra solo queda un deseo humilde: que lo vivido haya importado a alguien, aunque haya sido solo por un instante.
Y si al final me voy en silencio, no es por falta de amor, es porque ya lo dije todo viviendo. Que nadie llore en mi ausencia: fue abrazo, fui espera, fui tiempo. Ahora descanso donde el dolor ya no pesa y la memoria es luz.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Sábado, 17 de Enero del 2026
Sábado, 17 de Enero del 2026