“Hoy
más que nunca, necesitamos dar vida, donar aliento y acompañar, ante el clamor
injusto que nos lanzamos unos contra otros, como auténticos leones sin corazón”.
Todos los cauces van al mar, pero el mar está desbordado de contextos
mundanos en sus fondos marinos. Sólo hay que adentrarse en sus interiores para
observarlo y vivirlo. Tantas veces olvidamos que el lecho marino es un medio viviente,
no un basurero desértico, que demanda el esfuerzo de todos por garantizar la
salud de los ecosistemas oceánicos durante las próximas décadas. Esta situación
es horrorosa; puesto que estamos para dar vida, no para restarla, y la mayor
parte del espacio habitable del planeta se encuentra bajo el agua. Deberíamos,
por consiguiente, activar una ética gobernanza oceánica inclusiva, para que su
gestión se haga de manera sostenible en beneficio de la humanidad en su
conjunto, de modo que la prosperidad y la protección vayan de la mano.
Si para aprender a meditar no hay como viajar por mar y
desiertos, que nos harán despertar, ya no sólo de nuestro espíritu
contaminante, también de la pasividad hacia las rutas migratorias, que, para
muchas, demasiadas personas, son mortales. Ciertamente, la humanidad se ha
deshumanizado por completo. De lo contrario, extenderíamos nuestro abrazo hacia
esas gentes que piden auxilio, como tampoco es natural, que no salvaguardemos
las aguas internacionales en un mundo globalizado donde, tanto el afecto como el
efecto, son colectivos. Desde luego,
debe existir un control sobre la actividad en alta mar, como también debe
cohabitar una asistencia humanitaria, al menos para que los mares no se
conviertan en cementerios de migrantes o en simples autopistas para el comercio.
Hoy más que nunca, necesitamos dar vida, donar aliento y
acompañar, ante el clamor injusto que nos lanzamos unos contra otros, como
auténticos leones sin corazón. El egoísmo nos sobrepasa. Por ello, seguro que
nos hará bien, pensar en ello: en esos mares y desiertos mortíferos que nos
dejan sin palabras. Al igual que hay que facilitar el refugio a quienes huyen
de la guerra, de la violencia, de la persecución y de tantas calamidades; de
igual forma, tenemos que tomarnos en serio, el apoyo hacia una contribución
vital, para abordar la llamada triple crisis planetaria del cambio climático,
la pérdida de la biodiversidad y la contaminación. En consecuencia, dejemos de
ser agentes corruptos y pasemos a ser ciudadanos de bien. Será un buen plan,
sin duda.
Uno debe ser responsable de los propios actos, por ejemplo
cuando contamina o no auxilia a su análogo. Vivimos en la confusión permanente,
y todo por no hacer un alto en el camino, para repensar nuestras propias
actuaciones vivientes. Nos hartamos de viajar; y, sin embargo, no tenemos
tiempo para explorarnos internamente. Así, vamos por sendas de iniquidad y
perdición, por océanos furiosos debido a nuestra irresponsabilidad; obviando
que nuestra masa de agua es el fundamento de nuestra existencia. Ojalá se acreciente esa humanidad, que hace todo lo
posible por no viciarse. Dejarse contagiar por la malvada cultura de la
indiferencia y el descarte, es todo un despropósito. Reconsideremos la
situación, cada mañana, ya que cada día puede ser el último.
La pulsación contemplativa es, realmente, la verdadera
humanización. Sea como fuere, en un mundo corrompido globalmente, dividido y
desgarrado por muchos conflictos, hundido en un piélago de miserias, lo sensato
es comprometerse a trabajar honestamente en unión y en unidad; con un solo
amor, el verdadero; y, con una sola pasión, el desprendimiento, para
hermanarse. Quizás tengamos que tomar otro espíritu, también el de servicio,
nunca el poder sin más, que nos atrofia y nos impide armonizar los corazones y las
mentes. Vengan, pues, las olas del cambio a hacerse realidad. Ahora es nuestra
responsabilidad colectiva impulsarlas, por la ciudadanía, por nuestro planeta y
las generaciones futuras. Rehacerse como familia, es la verdadera prueba: ¡vivir
el calor de hogar!
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