Tomelloso

Tonino Tarquini: El dilema del erizo

La Voz y Tonino Tarquini | Domingo, 18 de Enero del 2026
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Este mes, con nuestro psicólogo sanitario Tonino Tarquini  experto en inteligencia emocional, abordamos una cuestión tan cotidiana como compleja: las relaciones interpersonales. Para ello, recurrimos a una metáfora filosófica tan antigua como vigente, formulada hace casi dos siglos por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer: el conocido dilema del erizo.

Schopenhauer, considerado uno de los máximos exponentes del pesimismo filosófico, utilizó esta imagen para describir la naturaleza ambivalente de los vínculos humanos. En su relato, un grupo de erizos, expuestos al frío y la lluvia, siente la necesidad de acercarse para darse calor. Sin embargo, cuanto más próximos están entre sí, mayor es el dolor que experimentan al clavarse mutuamente sus espinas. Como respuesta a ese dolor, se alejan de nuevo, volviendo a sentir el frío y la soledad. Este movimiento constante de acercamiento y alejamiento se repite hasta que los erizos logran encontrar una distancia intermedia: lo suficientemente cercana para obtener calor, pero lo bastante prudente como para evitar el daño.

Esta metáfora ilustra con precisión el funcionamiento de las relaciones humanas en todos sus ámbitos: familiar, afectivo, profesional o social. Nos movemos de manera permanente entre dos polos opuestos, la necesidad de cercanía y el temor al daño, buscando un equilibrio aceptable entre ambos extremos. La soledad duele, pero también lo hacen la traición, la deslealtad o el engaño, que pueden generar heridas emocionales tan profundas o incluso más que el aislamiento.

El ser humano es, por naturaleza, un ser social. Necesitamos del otro para desarrollarnos, para sentirnos reconocidos y para sobrevivir emocionalmente. La pregunta clave no es si necesitamos relacionarnos, sino qué precio estamos dispuestos a pagar por hacerlo y qué nivel de malestar o dolor estamos dispuestos a tolerar en nombre del vínculo.

Alcanzar ese punto de equilibrio no es sencillo, pero sí posible. Requiere el desarrollo de determinadas habilidades sociales, entre las que destacan dos pilares fundamentales: una comunicación empática y asertiva, y una adecuada gestión de los conflictos. Ambas permiten ajustar la distancia emocional, renegociar límites y sostener relaciones más sanas y funcionales a lo largo del tiempo.

En la práctica clínica, esta metáfora resulta especialmente útil en el trabajo con parejas, en los vínculos de amistad que se establecen dentro de los grupos primarios de apoyo y, de manera muy significativa, en el ámbito familiar. A través de un proceso de negociación consciente, se acompaña a los miembros de las diferentes dinámicas  citadas  a la búsqueda de una estabilidad relacional. Ese equilibrio, sin embargo, es frágil y dinámico: no se alcanza una vez para siempre, sino que exige reajustes constantes, adaptándose a las etapas vitales, a los cambios personales y a las inevitables tensiones del convivir.

Sigmund Freud, profundamente influido por el pensamiento de Schopenhauer, retomó también la metáfora del erizo para explicar la ambivalencia de los sentimientos humanos. Según Freud, en el amor siempre hay una parte de odio, y en el odio puede esconderse una forma distorsionada de amor. Esta coexistencia de afectos opuestos refuerza la idea de que la cercanía emocional nunca está exenta de conflicto.

No es infrecuente sentirse solo incluso estando rodeado de personas. La distancia emocional no guarda necesariamente relación con la distancia física. De hecho, la soledad emocional suele ser mucho más dañina que la física, ya que implica una desconexión profunda con los demás y con uno mismo.

Desde la psicología social se utiliza el concepto de proxemia, desarrollado por el antropólogo Edward Hall, para estudiar cómo las personas organizan el espacio en sus relaciones. Hall distinguió cuatro tipos de distancia , pública, social, personal e íntima, que varían en función del grado de confianza.  Estas distancias, además, están fuertemente condicionadas por factores culturales, lo que explica por qué la percepción del “espacio  o distancia adecuada” difiere tanto entre individuos como sociedades o culturas.

En última instancia, se trata de aprender a disfrutar de la compañía de los otros sin renunciar a la propia intimidad ni al bienestar emocional. En términos metafóricos, podríamos decir que el objetivo es aprender a generar nuestro propio “calor interno”, sin depender exclusivamente del contacto con los demás para sentirnos completos.

La familia constituye el primer gran contexto de aprendizaje social. Las dinámicas relacionales que se internalizan en las primeras etapas del desarrollo influyen de manera decisiva en la forma en que nos vincularemos en la vida adulta. Cuando la familia cumple una función protectora y afectiva, se convierte en un recurso esencial para la construcción de relaciones sanas. Sin embargo, cuando ese entorno se vuelve tóxico , marcado por el rechazo, la falta de apego o la distancia emocional, pierde su valor adaptativo y puede dejar heridas que se perpetúan en el tiempo, dando lugar a vínculos disfuncionales.

Como afirmaba Aristóteles, el ser humano es social por naturaleza. Pero eso no implica que las relaciones sean siempre armónicas o ideales. Al contrario: están llenas de imperfecciones, tensiones y obstáculos. Reconocer esta realidad no es motivo de pesimismo, sino el primer paso para construir vínculos más conscientes, más honestos y, en definitiva, más humanos.

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