Este mes, con nuestro psicólogo sanitario Tonino Tarquini experto en inteligencia emocional, abordamos
una cuestión tan cotidiana como compleja: las relaciones interpersonales. Para
ello, recurrimos a una metáfora filosófica tan antigua como vigente, formulada
hace casi dos siglos por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer: el conocido dilema
del erizo.
Schopenhauer, considerado uno de los máximos exponentes del pesimismo
filosófico, utilizó esta imagen para describir la naturaleza ambivalente de los
vínculos humanos. En su relato, un grupo de erizos, expuestos al frío y la
lluvia, siente la necesidad de acercarse para darse calor. Sin embargo, cuanto
más próximos están entre sí, mayor es el dolor que experimentan al clavarse
mutuamente sus espinas. Como respuesta a ese dolor, se alejan de nuevo,
volviendo a sentir el frío y la soledad. Este movimiento constante de
acercamiento y alejamiento se repite hasta que los erizos logran encontrar una
distancia intermedia: lo suficientemente cercana para obtener calor, pero lo
bastante prudente como para evitar el daño.
Esta metáfora ilustra con precisión el funcionamiento de las relaciones
humanas en todos sus ámbitos: familiar, afectivo, profesional o social. Nos
movemos de manera permanente entre dos polos opuestos, la necesidad de cercanía
y el temor al daño, buscando un equilibrio aceptable entre ambos extremos. La
soledad duele, pero también lo hacen la traición, la deslealtad o el engaño,
que pueden generar heridas emocionales tan profundas o incluso más que el
aislamiento.
El ser humano es, por naturaleza, un ser social. Necesitamos del otro para
desarrollarnos, para sentirnos reconocidos y para sobrevivir emocionalmente. La
pregunta clave no es si necesitamos relacionarnos, sino qué precio estamos dispuestos a pagar por hacerlo y qué nivel de malestar o dolor estamos
dispuestos a tolerar en nombre del vínculo.
Alcanzar ese punto de equilibrio no es sencillo, pero sí posible. Requiere
el desarrollo de determinadas habilidades sociales, entre las que destacan dos
pilares fundamentales: una comunicación
empática y asertiva, y una adecuada
gestión de los conflictos. Ambas permiten ajustar la distancia
emocional, renegociar límites y sostener relaciones más sanas y funcionales a
lo largo del tiempo.
En
la práctica clínica, esta metáfora resulta especialmente útil en el trabajo con
parejas, en los vínculos de amistad que se establecen dentro de los grupos
primarios de apoyo y, de manera muy significativa, en el ámbito familiar. A través de un proceso de
negociación consciente, se acompaña a los miembros de las diferentes
dinámicas citadas a la búsqueda de una estabilidad relacional.
Ese equilibrio, sin embargo, es frágil y dinámico: no se alcanza una vez para
siempre, sino que exige reajustes constantes, adaptándose a las etapas vitales,
a los cambios personales y a las inevitables tensiones del convivir.
Sigmund Freud, profundamente influido por el pensamiento de Schopenhauer,
retomó también la metáfora del erizo para explicar la ambivalencia de los
sentimientos humanos. Según Freud, en el amor siempre hay una parte de odio, y
en el odio puede esconderse una forma distorsionada de amor. Esta coexistencia
de afectos opuestos refuerza la idea de que la cercanía emocional nunca está
exenta de conflicto.
No es infrecuente sentirse solo incluso estando rodeado de personas. La distancia emocional no guarda
necesariamente relación con la distancia física. De hecho, la soledad emocional
suele ser mucho más dañina que la física, ya que implica una desconexión
profunda con los demás y con uno mismo.
Desde la psicología social se utiliza el concepto de proxemia, desarrollado por el
antropólogo Edward Hall, para estudiar cómo las personas organizan el espacio
en sus relaciones. Hall distinguió cuatro tipos de distancia , pública, social,
personal e íntima, que varían en función del grado de confianza. Estas distancias, además, están fuertemente
condicionadas por factores culturales, lo que explica por qué la percepción del
“espacio o distancia adecuada” difiere
tanto entre individuos como sociedades o culturas.
En última instancia, se trata de aprender a disfrutar de la compañía de los
otros sin renunciar a la propia intimidad ni al bienestar emocional. En
términos metafóricos, podríamos decir que el objetivo es aprender a generar nuestro propio “calor
interno”, sin depender exclusivamente del contacto con los demás para
sentirnos completos.
La familia constituye el primer gran contexto de aprendizaje social. Las
dinámicas relacionales que se internalizan en las primeras etapas del
desarrollo influyen de manera decisiva en la forma en que nos vincularemos en
la vida adulta. Cuando la familia cumple una función protectora y afectiva, se
convierte en un recurso esencial para la construcción de relaciones sanas. Sin
embargo, cuando ese entorno se vuelve tóxico , marcado por el rechazo, la falta
de apego o la distancia emocional, pierde su valor adaptativo y puede dejar
heridas que se perpetúan en el tiempo, dando lugar a vínculos disfuncionales.
Como afirmaba Aristóteles, el ser humano es social por naturaleza. Pero eso
no implica que las relaciones sean siempre armónicas o ideales. Al contrario:
están llenas de imperfecciones, tensiones y obstáculos. Reconocer esta realidad
no es motivo de pesimismo, sino el primer paso para construir vínculos más
conscientes, más honestos y, en definitiva, más humanos.
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Sábado, 17 de Enero del 2026
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