Fue
en Adamuz, ¡sí!, en la Córdoba señorial,
donde
se rompieron en mil pedazos
los
sueños de Andalucía.
¡Ay!
mi Córdoba herida
de
muerte en el atardecer,
crespones
negros se ciernen
sobre
las brasas del anochecer.
Un
conciliábulo de agoreros presagios
se
enreda en las ruedas del destino.
Y
la desgracia elige Adamuz,
antiguo
y noble Camino de la Plata.
La
cita estaba pactada
para
la llegada de la muerte.
El
negro toro en el negro coso,
entre
raíles paralelos hacia el horizonte.
Salió
al encuentro de su destino,
banderilleando
con el viento
la
sierpe negra que se deslizaba
bajo
el silencio de las estrellas.
Me
duelen los muertos en la memoria,
imposibles
ya de llegar a su destino,
mecidos
por la muerte,
entre
los hierros de la ira.
Vagones
de papel y hierro volaron,
enfurecidos
en el crepúsculo,
llevando
envueltos en su locura
cuarenta
y dos muertos.
Se
marcharon en silencio,
mientras
el metal gritaba retorcido
con
su lengua de azufre,
en
medio de las tinieblas.
Enero
puso en la vía un clavel de escarcha
y
amaneció el día sobre el dolor,
y
el silencio despidió a la muerte
que
se los llevó al cielo.
Centenares
de historias imborrables
que
jamás desaparecerán,
prendidas
en la Sierra Morena.
¿Culpables?
¿Existen?... El viento,
¿dónde
están?...
Fue en Adamuz, ¡sí!, en la Córdoba
señorial,
donde se rompieron en mil pedazos
los sueños de Andalucía.
Descansen
sus almas en PAZ.
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