Opinión

La conciencia moral

Joaquín Patón Pardina | Sábado, 31 de Enero del 2026
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Poco ha cambiado el escenario del viernes pasado, lluvia, frío, viento. Los elementos típicos del invierno, por más que los meteorólogos lo disfracen nombrando los sucesivos “trenes de borrascas” con apelativos de personas. Dicen los campesinos que los temporales son las vacaciones de los trabajadores del campo.

Ciri apocado por las oleadas de gripes y constipados se presenta forrado de arriba abajo, sombrero, bufanda y gafas de sol incluidas.

No se le ve dicharachero como otras veces, lo achaco a lo muy afectado que quedó con el accidente de trenes. 

—¡A sus órdenes! —ha cantado el camarero de blanca chaqueta, impoluta como siempre; era la respuesta a mi demanda de los cafés y magdalenas.

—Te encuentro un poco macilento, amigo  —comento mientras se hace realidad el servicio en la mesa.

—Desde luego. Es que me entra una congoja cada vez que me acuerdo de esa tragedia, que solo me falta llorar. Además no hay informativo que no den noticias al respecto incluidas las declaraciones de los partidos.

—A mí me ocurría lo mismo. Me ha levantado el ánimo ver a los familiares en la misa funeral de ayer, su entereza, su fe  y la fuerza de las  palabras tan sinceras y emotivas que se pronunciaron.

—Ahora que hablas del asunto religioso, casi se me olvida —interviene mi compañero algo más aliviado—. Necesito tu opinión sobre un asunto importante. Mi mujer colabora con la parroquia y le ha propuesto el Equipo de Pastoral que guíe una de las reuniones de cuaresma para nuestro barrio.

—Me parece una idea acertada, tu señora puede hacerlo muy bien.

—De eso estoy seguro. Pero me ha pedido colaboración y el texto que nos han escogido es del evangelio de Juan 8, 1-11 el pasaje de la mujer adúltera. Para que  mis vecinos se enteren mejor, he compuesto una adaptación y quiero leértela.

Extrae Ciri un folio bien doblado, lo despliega y comienza a leer:

«La llevaron arrastrando por las calles mezclando su pies y a veces las lágrimas con la chinas, el polvo y los excrementos de los últimos animales que instantes antes habían ocupado la calzada, raudos hacia los pastos de las afueras.

Tenían prisa por ajusticiar a aquella mujer antes de la hora de tercia. Algunos, proclamados jueces por sí mismos, se agachaban recogiendo los guijarros suaves a la mano y mortíferas en el cuerpo condenado. Ellos sí eran limpios en la conducta aparente mostrada a los parientes y vecinos. Nadie disponía de razones, para afrentarlos en privado ni en público.

La habían cogido cometiendo adulterio. Hacía meses que la vigilaban. 

Descubrieron que era visitada por hombres ajenos a sus parientes. No hacían falta más pruebas y la sentencia recorrió las cabezas de los santones acusándola de prostituirse. 

Ser viuda y tener que alimentar a sus hijos no fueron razones que pudieran contrariar la decisión sagrada a la vez que rubricada por la experiencia de la tribu.

A un viejo decrépito se le ocurrió la idea de presentarla a la “Conciencia del Pueblo” para que certificara y tomara buena nota de la perfección en el cumplimiento de las normas morales —les dijo a los maestros de virtud, mientras que su intento era darle una segunda oportunidad a aquella desgraciada.

Como la actitud era intachable y el ejemplo para el público era notorio, recapacitaron en la iniciativa del viejo y aun habiendo opuesto discrepancias de qué lecciones nos va a dar este trasnochado, con mucha reticencia y dejando palpable su opción fundamentada en contra, accedieron.

La Conciencia Moral de este clan, estaba departiendo algunos temas interesantes, bajo la higuera plagada de frutos a punto de su sazón. Cuando estuvieron cerca, el jefe de la manada, que arrastraba a  la tildada como prostituta, levantó la voz gritando a voz en cuello:

—La he descubierto…, la hemos descubierto —tuvo que rectificar ante el codazo de uno de los acompañantes moralista también y las miradas aviesas del resto de perfectos— haciendo el amor con otros hombres que no son el suyo. Nuestra Ley manda apedrear a las adúlteras hasta que mueran. ¿Tú qué opinas?

La Conciencia Moral oyó el grito y la demanda, casi ladridos rabiosos de aquel hombre y se fijó en el grupo. Los observó uno a uno, cruzó los ojos con todos, en algún caso vergonzoso tuvo que forzar la mirada, para encontrar las pupilas del abochornado castigador.

Se levantó de la piedra en que estaba sentada, se acercó a la masa maloliente, apestaban… el desodorante anti furor no había hecho efecto esa mañana. Descubrió en medio de la pandilla derrumbada en el suelo a una mujer sudorosa con la cara ensangrentada y embadurnada de polvo. Con ella no cruzó la vista, la miró con cariño eterno, del genuino de Dios. Una lágrima se ocultó en su barba.

Se separó como un metro de la comparsa y mandó acallar los gritos insultantes y acusadores y alzando la voz se oyó decir en toda la plazoleta:

—De acuerdo, la ley que rige nuestra sociedad manda apedrear a las adúlteras. Vamos a darle pronto cumplimiento, pero… —en este momento levantó las dos manos y subió la voz dos tonos— debe empezar el que esté libre culpa.

“Malo es conocerse” pensaron a la vez aquellos energúmenos. La conclusión de sus razonamientos estaba clara: todos y cada uno tenía muchas acciones por las que avergonzarse. Imposible engañar a los compañeros de ansia justiciera. Quien más quien menos miró en torno y con más rabia que vergüenza dejó a medias su macabro intento.

Arrastrando los pies mugrientos de sudor y estiércol, fueron desapareciendo con la cabeza gacha y la mente maldiciendo al viejo de la iniciativa. 

Terminaron solos la Conciencia Moral y sus contertulios con la mujer, todavía arrastrando en el suelo. La tomó de la mano, le limpió el sudor y las lágrimas, le dio un abrazo y la invitó a comer en su casa con sus amigos.»

—¿Qué te ha parecido? —interroga Ciri al concluir su lectura— ¿No me amonestará el cura por mi atrevimiento?

—Sinceramente, amigo, —le respondo— el cura puede llamarte la atención por esta licencia, pero tu intención es que los vecinos se enteren bien del tema, no creo que ponga impedimento alguno.

Hoy sí pedimos la mistela para terminar, el compañero se siente más animado y respaldado por mi opinión sobre su escrito. Quiere invitarme.

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