Cualquier
excusa es buena para volver a charlar con Hilario Martínez. Y si es un estreno,
mejor todavía. El joven cineasta manchego —joven en edad, pero con
una madurez poco común en su mirada y en su discurso— presenta “Lo que me falta
por contarte”, un cortometraje rodado desde la esencia, sin artificios y con el
corazón en primer plano —y que tuvimos la suerte de poder admirar—. Lo hará en Beat Wines, todos los jueves de febrero,
entre las ocho y media y las nueve y media de la noche. Hablamos con él de
cine, de emociones, de apagones y de la necesidad —siempre urgente— de hablar.
—“Lo que me falta por contarte” es un título muy
sugerente. ¿Qué se esconde detrás?
—Es el último proyecto que he hecho en Toledo junto a Carmen
Giménez y Lucía Moreno, las dos actrices protagonistas, y con Mario Gómez
ayudándonos a nivel técnico. Pero, sobre todo, es un corto que me ha dado
una lección muy grande. Me ha hecho volver al origen, a esa forma de rodar
más libre, más instintiva, más honesta.
—¿Cuál es esa lección?
—Siempre recuerdo una frase de Manuel Martín Cuenca que
escuché en el Festival de Cine de Toledo: “cada director tiene su forma de
dirigir”. Durante mucho tiempo pensé que mi manera de trabajar —estar
prácticamente solo, con alguien ayudando y las actrices— no era “correcta”
porque no era lo convencional. Este corto me ha enseñado que lo convencional
muchas veces no deja de ser una limitación.
—De hecho, el rodaje fue casi una declaración de
intenciones, ¿no?
—Totalmente. Es un corto de 12 minutos rodado en un solo
día, sin claqueta, sin storyboard, sin tecnicismos. Solo con un guion que
era una herramienta, no una ley inamovible. Yo me he dado cuenta de que lo
que me gusta es crear atmósferas, generar sensaciones en el momento del
rodaje.
—¿Sigue el guion al pie de la letra?
—Para mí no es algo sagrado que no se pueda tocar.
Hay gente que piensa que cualquier cambio va a estropear la historia, y yo creo
justo lo contrario: lo importante es crear una sensación, porque la
historia, al final, se va a contar igual.
—En este caso, tengo entendido que la historia parte de
algo muy cotidiano…
—Exacto. Parece la historia normal de dos hermanas que se
reencuentran, pero poco a poco se ve que hay mucho más detrás. Todo empieza
con el apagón del pasado año. Dos hermanas que viven juntas, pero realmente no
conviven. Cada una va a su bola. El apagón las obliga a parar, a hablar, a
ayudarse. Y muchas veces eso es lo que nos falta: hablar.
—Su cine siempre tiene una carga humana muy fuerte, ¿no
es así?
—Porque yo creo que en lo cotidiano está lo real. Ahí
están las emociones más intensas. Cada uno vive las cosas dentro de su
universo, y aunque las historias sean pequeñas, las emociones son universales.
Da igual que no hayas vivido exactamente lo mismo: si ves una emoción sincera,
conectas.
—¿Diría que su cine se acerca casi al documental?
—Sí, cada vez más. Me gusta narrar la verdad, contar
cosas humanas, situaciones posibles. No soy de grandes historias enrevesadas.
Mi juego está en llevar la ficción a lo más humano, lo más realista y lo más
cotidiano.
—Ese camino también lo está siguiendo el nuevo cine
español…
—Totalmente. Hay películas recientes que son retratos de
situaciones, de momentos, y te dejan tocado. No hablan de grandes epopeyas,
sino de emociones. Yo me nutro mucho de ese cine porque es el que me gusta.
—¿Estamos saturados de grandes historias imposibles?
—Un poco sí. Aunque a todos nos gusta desconectar con
ciertas películas, estas historias pequeñas llegan al alma. Son como esas
canciones atemporales, no mueren porque hablan de cosas que nos atraviesan
siempre.
—El corto se proyectará en Beat Wines durante todo
febrero.
—Sí, todos los jueves de febrero, de ocho y media a nueve y media de la noche. Puede venir quien quiera. Son doce minutos y ojalá sea una experiencia bonita. Me apetece mucho el feedback y creo que también se va a notar mi evolución, no solo mía, sino también el trabajo impresionante de Lucía y Carmen. Además, fue muy bonito descubrir que ya se conocían y que incluso habían interpretado a hermanas en teatro.
—Este tipo de proyectos no salen adelante solos…
—Para nada. Hay mucha gente detrás. Empresas que apoyan y
personas como Mari Carmen Yñebenes, que fue profesora mía y siempre está
ahí. Sin ellos, sin Beat Wines, El Café de la Glorieta, Verum, Mondema, Blume,
La Bella Buhardilla, Keisho, el Estudio de Danza de Lidia Gorrachategui y Kopi los
proyectos no salen adelante. Les debo muchísimo.
—¿En qué momento vital y creativo se encuentra ahora?
—Después de una racha complicada, tanto personal como
artísticamente, estoy escribiendo un nuevo proyecto. Un largometraje. Drama,
claro, eso no lo suelto. Historias cotidianas, vidas, cosas que duelen.
Ojalá salga. Es un proceso largo, hay que vivir, escribir, buscar financiación…
pero estoy ilusionado.
—¿Está contento con el resultado de “Lo que me falta por
contarte”?
—Mucho. Quería salir de mi zona de confort, probar otro
estilo: plantar la cámara y dejar que pasen cosas. Y lo he conseguido
gracias, sobre todo, a la conexión con las actrices. Se creó una atmósfera
preciosa. Estoy muy contento.
—Uno de sus trabajos más reconocidos es El fresco,
con el que ganó el primer premio de Cultura Inquieta. ¿Qué lugar ocupa hoy ese
corto en su trayectoria?
—El fresco fue un antes y un después para mí.
No solo por el premio, que evidentemente te da visibilidad y te anima a seguir,
sino porque fue la primera vez que sentí que había contado algo muy mío
y que eso había conectado con la gente. Era una historia muy sencilla, muy
cotidiana, pero ahí confirmé que no hace falta irse muy lejos para emocionar,
que lo importante es cómo miras lo que tienes cerca. Con el tiempo le tengo
mucho cariño, porque fue el corto que me hizo confiar en mi forma de contar las
cosas y en ese camino más humano y más honesto que sigo explorando ahora.
—Para cerrar, ¿algo que quiera destacar?
—Este año he sido jefe de producción en el Festival de Cine de Toledo y en el
CIBRA, y voy a seguir trabajando en distintos proyectos, en diferentes roles. Y
ojalá pronto pueda contaros más sobre ese largometraje.
Hilario Martínez
Cineasta y escritor nacido en Tomelloso, Hilario Martínez ha construido una obra marcada por la mirada íntima y el apego a lo cotidiano. Su cine, cercano al documental y alejado del artificio, indaga en las emociones contenidas y en los silencios que definen las relaciones humanas. Reconocido por cortometrajes como El fresco —primer premio de Cultura Inquieta— y No hay más, y por el largometraje Ginebra, su filmografía apuesta por un realismo honesto y emocional. Paralelamente, ha desarrollado una faceta literaria con las novelas Adiós (2021) y Un pequeño cineasta entre una lucha de gigantes (2022), donde prolonga las mismas obsesiones temáticas. Ha trabajado también en producción y gestión cultural, vinculado a festivales como el de Cine de Toledo o el CIBRA. Su obra confirma a un autor que filma y escribe desde la verdad, con la convicción de que lo pequeño también puede ser inmenso.
{{comentario.contenido}}
Eliminar Comentario
"{{comentariohijo.contenido}}"
Eliminar Comentario
Miércoles, 4 de Febrero del 2026
Miércoles, 4 de Febrero del 2026
Martes, 3 de Febrero del 2026
Miércoles, 4 de Febrero del 2026
Miércoles, 4 de Febrero del 2026
Miércoles, 4 de Febrero del 2026