Tomelloso

El Marcelo Grande aplaude la fuerza dramática de “Los lunes al sol”

El montaje dirigido por Javier Hernández-Simón ofrece una función vibrante, sin artificios y con una humanidad desarmante

Francisco Navarro | Domingo, 22 de Febrero del 2026
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El Teatro Municipal Marcelo Grande vivió este sábado una gran noche de teatro con “Los lunes al sol”. La adaptación escénica de la película de Fernando León de Aranoa, fue mucho más que la traslación del celebrado film de 2002, fue una revisión descarnada y profundamente actual de una herida que nunca termina de cerrar.

La versión de Ignacio del Moral —guionista del film junto a León de Aranoa— y de Javier Hernández-Simón, que además dirige el montaje, dejó a la platea —prácticamente llena— sin palabras. Coherencia, humanidad y un pulso dramático sostenido durante ciento cuarenta minutos de teatro en estado puro. El público respondió con una ovación larga y sentida a una función intensa y vibrante.

Un espejo incómodo de nuestro tiempo

Poco tiene que ver la película de 2002 con lo que vimos este sábado, y no solo porque hayan pasado veinticuatro años. La sociedad ha cambiado, sí, pero no parece que a mejor. La precarización se ha instalado como norma. La flexibilidad —ese eufemismo feroz que el mercado laboral nos vendió como virtud— ha naturalizado que alguien encadene quince empleos para llegar a fin de mes sin que nadie levante una ceja. El desánimo ha echado raíces más profundas.

Desde el primer minuto, la escenografía habla. Planchas de acero frío, industrial. El mismo metal que ninguno de los protagonistas volverá a soldar jamás. Ricardo Sánchez Cuerda firma un espacio escénico con una contundencia visual devastadora, a medio camino entre fábrica cerrada, bar de barrio y campo de batalla emocional. Un lugar donde nueve actores de primera fila encarnan a catorce personajes que son, en realidad, millones de personas reales.

Lino —José Luis Torrijo— confiesa con desgarro que no es calor lo que siente, que se está muriendo desde que el astillero echó el cierre. Santa —Fernando Cayo— alza su vaso con rabia y brinda por Australia, donde la gente hace lo que le da la gana y va diez horas por delante. Amador —César Sánchez— se pregunta en voz alta si no importa tanto si creemos en Dios como si Dios cree en nosotros.

Nata —Mónica Asensio— reparte en bicicleta en un empleo de pura precariedad mientras su padre, Rico —Fernando Huesca—, que ha montado un bar con la indemnización, repite que la universidad no se paga sola. Y uno no puede evitar recordar aquel poema de Fran Navarro, “Muere un repartidor de Glovo tras ser atropellado por un camión de la basura”. Reina —Fermi Herrero— presume de un miserable empleo de guardia de seguridad, rebautizado como “técnico de seguridad”. Jose —Marcial Álvarez— se enfrenta a una burocracia casi kafkiana para conseguir unos certificados del banco. Y la esposa de éste, Ana —Lidia Navarro— sostiene el hogar desde una conservera.

Teatro que duele porque es verdad

En “Los lunes al sol” no hay artificio. Cada escena engrana con la siguiente con precisión milimétrica. El espectador no pierde el hilo ni la emoción. Hay risas, sí, pero de esas que encogen el corazón. La carcajada cómplice convive con el nudo en la garganta, señal inequívoca de gran teatro.

Quedaron frases que no se olvidan, “Lo que nos contaron del comunismo era una mentira, pero lo malo es que lo contado del capitalismo era verdad”. La reflexión de Santa sobre la pena —lo peor que se puede tener—, sobre cómo juzgamos viendo solo una parte de la historia. La soledad del que descubre que ya no es necesario, que aquella otra familia —los compañeros de trabajo— se ha disuelto sin avisar. Los cincuenta euros de multa por romper una farola frente a los cien mil millones que esa farola vale moralmente.

Hernández-Simón logra que cada miembro del elenco encuentre su momento sin que nadie eclipse a nadie, en un ejercicio de generosidad colectiva que, en sí mismo, es una respuesta a los valores que la obra defiende. Como dice Santa: “Una historia importante hay que contarla entre todos”.

El resultado fue una ovación larga, merecida, emocionada. Y un público que salió del Marcelo Grande más pensativo de lo que entró. Exactamente lo que el gran teatro debe provocar.

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