Opinión

Teocracia y timo

Joaquín Patón Pardina | Viernes, 6 de Marzo del 2026
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Hay tres situaciones humanas en la vida y en el mundo que me dan pánico: Enfermedad, guerra y teocracia.

Las dos primeras me parecen evidentes para cualquier ser vivo, nuestros instintos naturales se revelan intentado proteger la vida. No es necesario que me detenga en explicaciones.

Sólo las mentalidades asesinas promueven guerras, alegando justicia, liberación u otros inventos del líder político entronizado en un  altar, con su correspondiente capitel:  “Haber sido elegido por el pueblo”.

Protagonista hoy es el “machote del barrio” imponiendo su modo de entender la relación internacional con los colegas subyugados. En estos días “el machote” es, evidentemente, Trump y “el barrio” cualquier punto geográfico que se le origine, por más lejos que esté de su “estercolero”, porque ese cuerpo humano  no razona, solo excreta decisiones en estado de intoxicación etílica.

La tercera es la Teocracia. Comenzando por el significado del nombre tenemos que viene de dos términos griegos θεός, que significa "Zeus o Dios", y κράτος, que (según el  Diccionario “Griego Español” José M. Pabon S. de Urbina 1982 Editorial Biblograf, S. A.  Barcelona) significa fuerza, poder, dominio, trono, soberanía, autoridad, imperio, gobierno.

La Real Academia de la Lengua la define textualmente:

“1.- Gobierno que se consideraba ejercido directamente por Dios, como el de los hebreos antes de que tuviesen reyes.

2.- Forma de gobierno en que la autoridad política se considera emanada de Dios, y es ejercida directa o indirectamente por un poder religioso, como una casta sacerdotal o monarca.

3.- País cuya forma de gobierno es una teocracia.”

Con estos datos y con la experiencia histórica y genética desde que el póngido pasó, evolucionando, de simio a  humano, nunca hemos experimentado, visto ni observado que ningún dios haya ocupado el trono político de una nación. Tampoco contienen datos al respecto los libros de historia universal e incluso propios de las religiones de ámbito, así mismo, mundial.

Lo que sí conocemos y atestiguan los textos históricos es que, a lo largo de la historia humana hasta hoy mismo, hay personas, en su inmensa mayoría hombres, mujeres en muy contadas ocasiones, que se han sentido ungidos o enviados por un dios para gobernar  sus tribus, clanes, pueblos, e incluso naciones.

El ser humano por propia constitución personal necesita una referencia fuera de sí, para poder explicar fenómenos atmosféricos tormentas, mares, ríos, montes, o para dar un sentido a su vida o un origen al universo estrellado,  que observa embobado las noches estrelladas. Ese humano necesita crear una figura referencial de comportamiento, así lo respaldan la antropología y la sociología, a la que se ha dado llamar Zeus en las culturas griegas y romanas y dios como nombre genérico.

Es aquí donde surgen los “intermediarios”: Magos, hechiceros, curanderos, brujos, chamanes, gurús… Cuando se trata de una religión aparecerán:  brahmanes,  lamas, sacerdotes, pastores, obispos, y otras mil entidades similares.

Son los erigidos por sí mismos o por consenso de otros; van a disfrutar o sufrir la intermediación del dios con sus gentes creyentes. Harán llegar a los fieles los deseos, mandatos o consejos que reciban en los momentos de trance, es decir, cuando se den los encuentros mistéricos con la divinidad. Se trata en lenguaje latino, nuestro antecesor en el idioma, quien les pondrá el nombre de “Pontifex” que significa “el que hace de puente”, españolizada diríamos pontífice.

Numerosas ocasiones habrá en las que será el mismo pontífice el que transmita sus poderes a otro hombre que servirá de relevo del anciano, próximo al fin vital.

Si el intermediario entre ese dios y el pueblo es sensato inteligente y con más virtudes que pelos en la cabeza, su gobierno será acertado y sus habitantes progresarán viviendo felices. Dictará leyes para el comportamiento social, higiene (lavar las manos, platos y ollas antes de comer). Es muy conocida la ley acatada y ordenada en el Corán de abstenerse de comer carne de cerdo; la razón primera fue porque puede producir la muerte o enfermedad un guarro con triquinosis.

 Como ejemplo de lo dicho se puede consultar el Pentateuco (grupo que contiene los libros del Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) en cualquier Biblia y en todos los idiomas hablados en la actualidad.

Quien más quien menos hemos oído decir en un inter diálogo entre el intermediario y el fiel creyente frases como: “Tu dios lo ha querido así. Es voluntad de dios. Eso entra en los planes de dios para ti. ¿Por qué habrá permitido dios esto? ¿Qué habrás hecho  para merecer este castigo?”

La gobernanza pues, de una nación ejercida por alguna autoridad sagrada, queriendo imponer sistemas y organizaciones religiosas al pueblo regido es pues lo que se llama teocracia, o sea gobierno de dios, pero no es así en verdad, puesto que el gobierno quien lo maneja, manipula, explota y dicta es la más alta autoridad religiosa como es el caso de Irán y algunos otros países.

¿Es posible que nuestra mente encuentre de improviso semejanzas con el cristianismo o con otra religión?

La respuesta es:  Sí.

En el Islamismo acabamos de recordarlo.

En el Judaísmo. Es patente que el Antiguo Testamento está  plagado de ejemplos de lo dicho. Se pude observar esa teocracia desde el patriarca Abraham hasta que es elegido Saúl como rey de Isael  por petición del pueblo, algo de más de mil años antes de Cristo.

En el cristianismo un ejemplo raro de posible teocracia sería el caso de la Iglesia Anglicana en la que El rey Carlos III, figura política, es la máxima autoridad y así es recibido y situado en lugares de honor durante las celebraciones litúrgicas.

Un caso curioso y a la vez interesante para el estudio sería el gobierno de las Iglesias Ortodoxa y Católica, no así la Protestante. En las que el gobierno es totalmente piramidal y cerrado dentro de los cargos eclesiásticos. Es Androcracia (ejercido exclusivamente por hombres) y Gerontocracia, ya que los hombres de gobierno diocesano o mundial siempre son longevos o prácticamente ancianos. 

NB.: He utilizado la palabra dios siempre en minúscula por tomarlo  como nombre común y no propio.

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