Ataviada con su inseparable sombrero, y vecina de Leganés, Eloísa Pardo
es una poeta y escritora manchega que pertenece al grupo Oretania. Perseverante
y tenaz, esta mujer brillante recibe el reconocimiento por su buen hacer con
las letras, y sin embargo, admito que no he leído ningún libro suyo completo,
sí algunos poemas sueltos y, sobre todo, las pequeñas reseñas, notas o
comentarios que comparte en las redes sociales. De alguna manera la sigo y
estoy atento a todo lo que comunica como muestra de respeto y admiración.
El otro día, y sobre una novela que debe estar escribiendo, mostraba en
su perfil la dificultad para continuar, concretamente empezaba su pensamiento
así: "Estoy atorada en una novela, en una historia que se me ha
rebelado, que me desobedece sin ningún rubor. Me amenaza y se ríe en mi cara de
mi falta de recursos. Se ha sublevado... etc".
Ante la evidencia de su contrariedad traté de animarla respondiendo a su
comentario comparando su estado anímico con lo que le sucedía al escritor
Rafael Chirbes. Ella, modesta, me respondió que la similitud era exagerada y me
aclaró que también siente devoción por el gran novelista valenciano.
Cuento todo esto porque ando enredado leyendo el segundo tomo de
memorias "Diarios, a ratos perdidos 3 y 4". Además, ya cuando leí la
primera entrega supe que necesitaba seguir leyendo sus escritos. Reflexiones y
relatos que me provocan volver a retomar el tema porque me interesan y, porque
tras su lectura, nunca me dejan indiferente.
Es cierto que leo a golpes, a trozos, a ratos y al trantrán, puesto que
en algunos momentos sus razonamientos me sobrepasan. Sobre todo cuando analiza
las obras que lee. A veces, y cuando se refiere a algunos de los grandes
clásicos o escritores de renombre, me atasco, porque mi nivel no es capaz de
asimilar su análisis de experto pues durante mucho tiempo ejerció de crítico
literario en algunas revistas.
Me pasa sobre todo cuando se refiere a Balzac, a Baudelaire, a Voltaire,
a Goethe, Dickens, Flaubert, Tolstói e incluso a Galdós y tantos otros grandes
escritores. Me abruma su análisis de experto y gran lector, pero aún así
siempre es instructivo. Más cercanos me resultan sus comentarios sobre Cernuda,
Camus o Marguerite Yourcenar.
A pesar de leer con parsimonia cada página, capítulo o día de este
diario, compruebo una constante sobre
el sentimiento de inseguridad, incertidumbre o inconstancia que invade al
escritor. Chirbes duda de su trabajo a cada momento, y de su creatividad,
sumiéndose en el desánimo y la pereza. Todo ello sin dejar de lado los
compromisos adquiridos y reconociendo algunos momentos de placidez.
En esta segunda entrega de los diarios, y por las fechas, se supone que
debe estar escribiendo su novela más conocida, "Crematorio". Sin
embargo, y como buen empleado, su labor como articulista en la revista
"Sobremesa" es esencial para seguir manteniendo su estabilidad
económica. Aún así, llega un momento que valora dejar esa tarea para implicarse
totalmente en la literatura y de nuevo surge la indecisión.
Lee compulsivamente y también visiona antiguos largometrajes con esa obsesión de analizarlo todo, de seguir adquiriendo enseñanzas más allá de ocupar el tiempo. Es notorio que de vez en cuando introduce pequeños detalles de su vida íntima, de su pulsión sexual, rasgos sobre su condición de homosexual. Y aunque lo hace en todo el libro de forma discreta y citando a los personajes con las iniciales del nombre, mi pudor timorato y puritano consiguen que no preste demasiada atención a esas circunstancias de su vida, y más porque ya es casi sesentón.
No sé por qué tengo esta actitud tan mojigata puesto que hace tiempo leí
una novela suya titulada "Paris-Austerlitz" sobre una relación mucho
más explícita y que supongo basada en una experiencia personal.
A pesar de una actividad creativa evidente, Chirbes en sus diarios
manifiesta cierto vértigo más allá del inconformismo. De vez en cuando muestra
su preocupación por la enfermedad y la muerte. De alguna manera el escritor
apuraba su tiempo en el momento más creativo y en el género en el que más
empeño puso, algo que le creaba una gran desazón, como se deduce de este
fragmento: "En cuanto me quedo solo descubro que estoy hueco. Dentro no
hay nada", "Toda una vida dedicada a pelearme con las palabras para,
al final, tener la impresión de que esto no es lo mío","Irse sin
dejar nada sólido" o cuando simplemente se resigna "Al final,
uno escribe tejiendo su tapetito con cuatro hilos cogidos de acá y de
allá".
Pero aunque el lector quizás no comprende su auto exigencia, sí reconoce
que sus novelas, más allá de la literatura,
muestran una conciencia y denuncia social sobre momentos históricos de
una sociedad que se cree rica y desarrollada, que arrasa con la naturaleza e
inconsciente de la pérdida de algunos valores esenciales para perseverar.
Chirbes busca la perfección en las frases de sus novelas y se reprocha a
sí mismo; solo reconoce que es libre escribiendo con su plumas estilográficas
estos cuadernos donde muestra sus sentimientos con fluidez.
Por eso soy capaz de imaginar a Eloísa ante la taza humeante de su café, mirando por la terraza y oteando al vecindario tratando de buscar soluciones a su novela, intentando desatascar el embrollo y ponerle voz a Manuela para que cuente su historia. Por supuesto que entiendo a la escritora y su desazón, por eso la comparé con nuestro común admirado Chirbes. Sobre este dilema él dice dos frases rotundas y contundentes para subrayar: "La vida es una novela mal resuelta" pero también y en esta segunda entrega asegura que:"La novela es el arte de callar".
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Viernes, 6 de Marzo del 2026
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