Opinión

Mujeres anónimas: Auténticas heroínas de nuestra existencia

María Remedios Juanes | Martes, 10 de Marzo del 2026
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“Era como si se me abriera un  mundo nuevo, que por fin se me permitía conocer con toda libertad”

Marie Curie

Dedico este artículo a todas las mujeres luchadoras y emprendedoras, especialmente a nuestras madres y abuelas, aquellas quienes supieron soltar la madeja de hilo dorado que todavía ilumina nuestras vidas.

En aquel elemental y alegre bullicio de nuestros pueblos, nuestras queridas abuelas se entretenían en el arte de los bolillos, bordando y construyendo auténticos ajuares sobre la blancura de los tejidos que mostraban orgullosas a la vecindad cuando se casaban, tareas en las que dedicaban su tiempo a veces, en alegres corros al repecho de las esquinas de sol y escuchando la radio.

Era todo un ritual, una entrega ofrecida al mantenimiento de un legado intergeneracional en los pueblos de nuestra geografía española. La vida en los obradores artesanales, en el campo, en las cocinas, en los talleres de bordado y costura, en las sastrerías, en las tiendas de los barrios, en las peluquerías etc., reflejaba los cotidianos episodios que integraban la cotidianidad laboral femenina del siglo XX.

Aquellos trabajos manejando los productos agroalimentarios en los talleres de conservas. En las pequeñas fábricas dedicados de loza y el envasado, muchos de ellos se transportaban y distribuían por Europa durante la I Guerra Mundial. Después, con la revolución industrial aparecieron las famosas máquinas de coser, las alemanas Singer y las españolas Alfa, donde las modistas arremolinadas pedaleaban en sus máquinas en los talleres de confección.

Otros testimonios gráficos fueron los de las telefonistas en el año 1932 cuando se instaló la telefonía en Castilla la Mancha, así emergieron aquellas famosas “chicas del cable”.

La agricultura como espacio femenino también ocupó su lugar con trabajadoras en las plantaciones de viñedo en nuestra tierra y más tarde aparecieron las terreras que ayudaron a crear las cuevas de Tomelloso. Este patrimonio heredado sigue siendo determinante hoy en día.

Muchas son las historias que se tejieron en aquella época al calor de la lumbre, en los gélidos amaneceres y las cálidas y a veces lluviosas  jornadas de vendimia. Bien es cierto, que existía una injusta e inmerecida brecha salarial, negarlo sería una necedad.

En los años cuarenta del siglo pasado, el hambre congregaba a muchas mujeres que trabajaban para llevar el pan a sus mesas junto a sus maridos. Trabajaban sin coberturas ni seguros sociales, algunas parían a sus hijos en las lindes de los sembrados para la siega.

La vendimia era una cita estival en la que los gestos y la complicidad bien podrían haber salido de un cuadro del mismísimo Francisco Carretero o de Antonio López Torres con sus escenas costumbristas; hombres y mujeres descargando capachos de recién cortadas uvas en los carros, bajo el sol o las nubes, con los pies envueltos en puntilleros sobre el barro o la polvorienta tierra.

Aquellos itinerarios visuales de la agricultura, en femenino, pervivían con las tradiciones gastronómicas y ante todo un vínculo atemporal de la mujer con su papel de ama de la heredad, ejerciendo condominio con sus hombres, fuertes, temerosas de Dios, tiernas, hacendosas, vigilantes atentas de cuanto ocurriera en el cielo o en la tierra.

“ A verte vengo de noche porque no puedo de día, porque voy a mis trabajos y los amores se quedan en la ventana de abajo”. (Seguidilla popular manchega)

La sabiduría y la edad de las mujeres viudas, ya mayores, daba seguridad a la crianza y el buen hacer de aquellas familias que vivían apegadas a valores que hoy están en declive o incluso se han devaluado completamente.

Ellas eran el hilo invisible que entretejía los vínculos comunitarios, como así quedaba inmortalizado en las fotos de nuestras abuelas y bisabuelas. Aquellas fotografías en las cómodas de las alcobas, en las mesas del comedor, en las paredes de las habitaciones, descoloridas por el paso del tiempo, atrapando historias anónimas pero heroicas.

Estos testimonios vitales de sabiduría popular y abnegación se producían en aquella época. Nuestras abuelas eran una auténticas magas del dinero y la economía para poder subsistir. El derroche era impensable.

Aquellas mujeres sabias y robustas fueron capaces de enfrentarse al patriarcado durante las sociedades del pasado. Inventaban formas femeninas de sociabilidad.

El papel de la mujer durante la segunda república y la Guerra Civil española tuvo su inclusión en la esfera pública y la Guerra Civil. La omnipresencia femenina en todos los ámbitos. ¿Quién no recuerda las enfermeras de la Cruz Roja? Todo un emblema iconográfico con vocación y compromiso.

¿Quién no tiene una fotografía de las antiguas matanzas con toda la familia alrededor?. Era un auténtico festín gastronómico que permitía subsistir a muchas familias. Y las mujeres que se reunían en torno a una mesa en las sesiones llamadas “de monda de la flor del azafrán”, al igual que las guisanderas, en los años 60.

Existían otras mujeres que se dedicaban a faenar con sus barcas, como intrépidas capitanas que pescaban en las riberas, ese era el caso de muchas mujeres que vivían en las Tablas de Daimiel.

La transmisión intergeneracional que hoy en día está tan de moda, ya era todo un acontecimiento que se llevaba a la praxis. Era un patrimonio heredado de nuestras abuelas que edificaba un presente prometedor vinculado a un legado en femenino.

El itinerario mental y emocional vinculado al recuerdo de imágenes de nuestras madres que evocan en nuestra memoria fogonazos de luz.

 

    Tú vives siempre en tus actos

    Con la punta de tus dedos

    Pulsas el mundo, le arrancas

    Auroras, triunfos, colores,

    Alegrías; es tu música.

    La vida es lo que tú tocas.

    Pedro Salinas, La voz a ti debida (1933)

Diosas madre de sus familias, hacían arrope, cebollas en vinagre, morcillas, vendían joyas, lencería, botones. Se dedicaban a cuidar de los abuelos, les daban el mejor lugar de la casa.

Mujeres que peinaban, amortajaban a los muertos, escribían y leían cartas a aquellas familias que no sabían leer ni escribir. Mujeres que recreaban sus mundos para subsistir y ayudar a toda una comunidad. Sin cada una de ellas jamás se hubieran logrado muchos de los derechos que, otras mujeres, más adelantadas a su tiempo consiguieron para ellas.

Esta generación de mujeres dinámicas, sufragistas que se la jugaban, ofrecieron sus vidas por los derechos del resto de las mujeres. Tanto sin unas como sin las otras, la historia de la que hoy disfrutamos, habría sido impensable ya que ambas se necesitaban y también se complementaban para formar ese tapiz escénico donde se han ido tejiendo todas estas historias.

A todas estas mujeres anónimas con nombres tales como Antonia, Marcelina, Cándida, Pura, Sandalia, Dominga, Arcadia, Cesárea, etc, etc……millones  de mujeres que nos dejaron su estela y su luz en el camino. A todas ellas sirva este artículo para rendirles un homenaje por su imprescindible y maravillosa labor. 

Fuente de información sacada de la exposición a las mujeres rurales en Castilla la Mancha.

 

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