Opinión

Un cadáver en la sala (I)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 22 de Marzo del 2026
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Cuentvela[1] en que se narra un asesinato y la sagaz participación en su resolución del policía nacional tomellosero Ramiro González, alias “Plinillo”.

Juan José Sánchez Ondal


CAPÍTULO I

De cómo la limpiadora Raimunda descubre un cadáver en la sala del cine y se practican las primeras diligencias por el SAMUR y la policía

Raimunda, con su bata verde, su mandil azul, sus guantes de goma y la bolsa de la basura amarilla, se encontraba aquella noche derrengada de tanto trabajo. Para sacar adelante a sus tres hijos, que estudiaban en el instituto José María de Pereda del Poblado Dirigido de Entrevías, se levantaba todos los días a las cinco de la mañana para asistir, por horas, en varios domicilios a lo largo y ancho de la capital. Terminaba la jornada al filo del día siguiente, tras recoger los restos de los asistentes a las sesiones de las cuatro salas del cine El Descanso.

Como tantos otros antiguos cines de estreno madrileños que compitieron en lujo y comodidades, El Descanso tenía un hall de mármol blanco, único vestigio conservado, ya que la gran sala con su pantalla-escenario había sido desmontada y dividida en cuatro, para albergar otros tantos minicines.

—¡Cómo podrán ser tan cerdos! —exclamaba al recoger algunas inmundicias.

Al encender las luces de la sala 3 advirtió que, en el centro de una de las filas centrales, había quedado, seguramente dormido, un espectador, cosa no demasiado rara, aunque infrecuente. Se dirigió hacia él para advertirle que había concluido la película y debía abandonar la sala.

—Señor, despierte, que tengo que limpiar y ha de salir, que cerramos.

Como el hombre no respondiera a sus requerimientos verbales, se aproximó a él y, al tocarle en el hombro, se desplomó y se le vino encima, causándole el primer susto. El segundo se lo llevó al comprobar que a sus pies había un charco de sangre.

Salió corriendo despavorida para avisar al vigilante Custodio López, de la compañía de seguridad LIBRA, única persona que, con ella, permanecía a esas horas en el cine.

Custodio, al contemplar la escena, le dijo a Raimunda que no tocara nada y llamó a la policía y al SAMUR informando de que en el cine El Descanso, sala 3, había un varón herido o muerto.

En recíproca competición se pusieron en camino hacia el cine el coche patrulla más cercano y una ambulancia del SAMUR.

La patrulla de policía que recibió el aviso estaba integrada por el subinspector Mariano Cervera Medellín, próximo a los cuarenta, extremeño, de complexión fuerte, alto y en su peso, de tez blanca, jaro y barbitaheño, que en los años que llevaba en la Policía había concluido la licenciatura en Derecho por la UNED y estaba a punto de ascender a inspector, y el joven y vivaz oficial Ramiro González Sánchez, de Tomelloso (Ciudad Real), que por razón de su primer apellido, lugar de nacencia, afabilidad y físico menudo, aunque atlético, en la comisaría le apodaban cariñosamente «Plinillo».

Primero llegaron los de la patrulla, que fueron recibidos y acompañados a la sala por el joven vigilante Custodio, ya que Raimunda, hecha un mar de lágrimas, sentada en el recibidor, se encontraba tan afectada que no hacía más que llorar.

Cuando llegó la ambulancia del SAMUR, la escasa gente que a esas horas transitaba por la calle, formando corro alrededor de ella y del coche policial, trataba de indagar qué sucedía en el cine, preguntando al conductor de la ambulancia, que solo daba información de que habían sido llamados a una urgencia, pero pronto —las malas noticias vuelan— trascendió que en una de las salas había fallecido un espectador.

La doctora Velasco, del SAMUR, rubia, de unos cuarenta y tantos años, acompañada del joven enfermero Gálvez, se acercó al herido y, tras un breve examen, diagnosticó:

—Aquí no hay nada que hacer. Este hombre está muerto. Ha sido degollado.

Y sin más, con la frialdad que otorga la experiencia profesional, se sentó en una butaca, bajo uno de los focos de la sala, a rellenar el parte correspondiente.

—Avisa a la científica y mira a ver qué lleva encima, Ramiro —le ordenó Cervera a su subordinado.

Este, menos acostumbrado a presenciar situaciones similares, tras realizar el aviso, haciendo de tripas corazón, con los guantes puestos, hurgó en los bolsillos de la camisa y del pantalón del muerto y advirtió que en el asiento de su izquierda estaba su chaqueta, de la que sacó una abultada cartera.

—Se llama, o, mejor, se llamaba, Primitivo Álvarez Barcia. Nacido el 15 de septiembre de 1963 en Alicante, hijo de Emeterio y Balbina, con domicilio en Valderrocas, en la avenida de las Tinajas, 14.

Carné de conducir…, tres tarjetas de crédito…, de la Seguridad Social…, de socio del casino de Valderrocas…, del Valderrocas F. C.…, una tarjeta-llave en carpetilla del hotel El Tránsito, de aquí de Madrid, habitación 327, entrada el 21, salida el 23, que es mañana, bueno, ya hoy… ¡Toma castañas! Y un cheque a su nombre por…, espere que se me nubla la vista…, un millón trescientos veintidós mil doscientos euros… ¡Doscientos y pico millones de pelas! ¡Y los llevaba el tío, así como si nada, al cine, en la cartera! ¡Y la deja en la chaqueta, en la butaca de al lado! ¡Y un fajo de billetes de 50 por… 1.550 euros!

—El cheque nominativo no lo podía cobrar nadie más que él —advirtió Cervera.

—También tenía en el bolsillo de la chaqueta el móvil, lógicamente apagado.

—¿Cuándo cree que le mataron? —preguntó Cervera a la doctora Velasco cuando esta pareció haber terminado de rellenar su formulario.

—Hace bastante. Eso lo determinará más exactamente el forense, pero yo diría que hace…, son las 0.40 horas…, unas siete u ocho horas.

—Menos de siete —dijo «Plinillo».

—¿Es usted forense? —le preguntó con arrogancia la doctora.

—No, pero aquí tiene la entrada sacada a las 17.52, para la sesión de las seis.

Dada la sequedad de la médico, Cervera hubo de reprimir una sonrisa ante lo que ahora llaman el zasca de su subordinado, orgulloso de su sagacidad, advirtiendo por el rabillo del ojo un leve rubor en la doctora.

—Nosotros ya hemos redactado el parte y nos vamos. Le dejo una copia por si necesitan cualquier detalle. Ahí figuran mis datos y teléfono. Buen servicio.

Y la doctora y el enfermero cogieron sus bártulos y desaparecieron.

En esto llegaron los de la científica, que comenzaron, con un potente foco, a tratar de recoger huellas, restos y cualquier cosa que pudiera ilustrar a la hora de realizar la investigación.

—¿Quién descubrió el cadáver? —preguntó Cervera.

—La limpiadora. Iba a limpiar la sala y se llevó un susto de muerte. Ahí estaba llorando —le informó el vigilante.

—¿Qué conocimiento tiene usted de los hechos? —le preguntó Cervera.

—Yo acababa de entrar de servicio a las doce cuando Raimunda, aterrorizada, salió llamándome y me dijo que había un hombre en la sala, en un charco de sangre. Vine, lo vi y les avisé a ustedes y al SAMUR, sin tocar nada ni dejarla a ella que lo hiciera, y nada más.

—Diga a la limpiadora que pase.

(Continuará)

[1] Cuentvela. Lo llamo así por haberme salido largo para cuento y corto para novela.

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