Opinión

Primavera

Emiliano Valero Arribas | Domingo, 22 de Marzo del 2026
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Existe una comparación que sitúa la primavera en la infancia y la adolescencia de la vida. Mirarnos en las estaciones del año es, en cierto modo, una forma de comprender el paso del tiempo y las etapas que atravesamos. Y no parece una analogía desacertada: la primavera transcurre con la misma rapidez con la que se desvanecen los años de la niñez.

Hoy el sol logra abrirse paso entre las pequeñas rendijas que dejan las nubes. Los cantos de los pájaros ocupan casi todo lo que el oído alcanza y los días comienzan a llenarse de una luz cada vez más generosa. Así, casi sin advertirlo, la primavera ha regresado.


La naturaleza no posterga, no olvida, no se abandona a la inercia. Año tras año, incluso con las dificultades que el ser humano le impone, acude a sus citas con una regularidad admirable; y eso que no es precisamente tiempo lo que le falta. Nosotros, en cambio, tendemos a aplazar como si fuéramos eternos. Nos vence la comodidad y solo nos apremia lo placentero o lo que consideramos útil. Tal vez convendría aprender de la naturaleza a distinguir entre lo urgente y lo importante. Pero para ello es necesario detenerse, observar y comprender.

La primavera nos acompañará durante 92 días: desde el momento en que se igualan el día y la noche hasta que la luz alcanza su máxima plenitud en la jornada más larga del año. No es exagerado afirmar, por tanto, que representa la victoria de la luz sobre la oscuridad.

En esta época tenemos la sensación de que todo comienza. Y no estamos del todo equivocados: la palabra primavera procede del latín prima y vera, algo así como un primer verano. Sin embargo, en la naturaleza solo comienza aquello que nace; lo demás se renueva. Nada empieza sin que lo anterior haya concluido antes, aunque a nuestros ojos todo parezca iniciarse de nuevo.

En los paisajes de arboledas caducas se impone ya un verde joven que refresca la mirada. Pero más que un inicio, se trata de una renovación, similar a la que experimentamos al despertar de un sueño reparador.


Eso es precisamente lo que sucede en estos días: los paisajes, tanto los salvajes como los domesticados, abandonan el letargo invernal tras haber preparado, en silencio, este renacer desde el otoño.

La primavera es tiempo de migraciones, de regresos, de cortejos, de nacimientos y de cuidados.

Contemplo la llegada de la nueva estación desde las alturas, donde un inmenso jardín se despliega por las laderas. Por encima, un bosque aún adormecido; por debajo, un mar de cerezos fruto del esfuerzo humano. Un mirlo llena el aire con su canto nupcial, mientras la tarde se va apagando lentamente en los brazos de la noche.


Conviene, en estos días de primavera incipiente, salir y detenerse a observar: la naturaleza, en su plenitud, sigue ofreciendo lecciones a quien está dispuesto a escuchar.

(Fotos del autor)

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