El primer rayo de la aurora
desgarró el Viernes Santo como una herida luminosa, mientras los presagios
anunciaban vientos furiosos y lluvias interminables. En las cofradías crecía la
zozobra, y miles de devotos dejaban caer sus lágrimas, temerosos de que, otro
año más, el cielo les negara el consuelo de acompañar a sus imágenes.
La tarde avanzó fría, empapada,
casi hostil. Sin embargo, por un misterioso capricho del destino, alrededor de
las cinco el horizonte comenzó a abrirse. El sol se filtró tímidamente y de
repente surgieron dos arcoíris victoriosos, suspendidos sobre la ciudad. Tal
vez eran un gesto divino, un susurro cromático que evocaba a Jesús y a María,
unidos en un mismo puente de luz.
—¡Mamá, quiero ver la procesión
de Semana Santa! —exclamó el pequeño Marco Aurelio, con esa mezcla de
impaciencia y esperanza que solo los niños saben sostener.
—Con el tiempo como está, hijo
mío, es muy probable que esta tarde no salga ninguna procesión —susurró su
madre, Angy, mientras miraba por la ventana un cielo que parecía debatirse
entre la tormenta y el milagro.
No podía creerlo, habían pasado
ya casi cinco años de aquella fatídica experiencia que tuvo tras haber perdido
a su marido en un accidente laboral y, dos años después, a su hijo más pequeño
a causa de una enfermedad. Su vida en España no había sido un camino de rosas,
precisamente.
Angy terminó por apartarse de la Iglesia; había perdido su fe y, lo que es peor, la esperanza. Todavía le quedaban un par de hijos más: una hija mayor, de 20 años, bellísima, que trabajaba en la perfumería Primor, y un hijo más pequeño, de doce años, que iba al instituto.
Marco Aurelio era un niño muy
despierto y chispeante. Se le iluminaban los ojos al escuchar los tambores de
Semana Santa; soñaba con ser músico algún día. Disfrutaba con el lamento dulce
de las cornetas; incluso había llegado a crear, cuando era más pequeño,
desfiles de capuchinos con los pasos de Semana Santa alrededor de la mesa,
desfilando con solemnidad en el comedor de la casa. ¡Qué mundo tan mágico
habitaba en su cabeza!
Con pequeños recortes, bien
perfilados, de cartulinas negras, moradas, blancas y rojas, recreaba el
ambiente de la Semana Santa en su casa. Incluso había grabado la música típica,
en la que no faltaban las saetas. Pero ¿dónde había aprendido a soñar y diseñar
todo este ambiente?
Por lo que llegué a saber, se
pasaba el tiempo fantaseando y observando minuciosamente cada una de las
procesiones que había visto en el pueblo desde que era muy pequeño. Disfrutaba
viendo pasar a los penitentes con sus vestimentas de distintos colores, cada
cofradía con los suyos, siguiendo el típico y lento caminar con sus acompasados
pasos al ritmo del repiqueo del tambor que retumbaba en el expectante silencio
de la tarde-noche.
Los penitentes iban acompañados
por tenues farolillos, dentro de los cuales la llama de una vela se movía
mágicamente, movida por el viento. Le llamaba especialmente la atención ver sus
ojos a través de las túnicas que enmascaraban el anonimato de tantos fieles.
Los pasos desfilaban lentos,
ligeramente balanceados: el Cristo de los Olivos, el Cristo Atado a la Columna,
Jesús Nazareno, Nuestra Señora de la Soledad, el Cristo Yacente, y tantas
imágenes procesionales que venían a representar la Pasión y muerte del Salvador,
ante los ojos asombrados de un niño que, todos los años de su azarosa infancia,
veía repetirse —siempre de la mano de su madre—
Con aquellas majestuosas carrozas
pobladas de olorosas flores y aquellas imágenes venidas de las más antiguas
tradiciones del arte religioso de nuestro país. Un silencio casi sepulcral
invadía las calles y se difuminaba como un incienso invisible que llegaba a los
fieles con un profundo respeto, sintiendo la misma pena que las imágenes iban
destilando en cada uno de sus pasos.
Aquel Viernes Santo, Angy no
sentía la necesidad de acompañar a su hijo, pero tanto le insistió de ir con
ella y ver la procesión que Angy no se pudo resistir. Así que cogió un antiguo
escapulario de la Virgen Dolorosa que su vecina Marta le regaló el primer año,
recién llegada a España, y se lo metió en el bolsillo del abrigo. Acompañó a su
hijo Marco Aurelio sin saber que ese día quedaría señalado en su diario como un
día inolvidable que posiblemente marcaría el inicio de un nuevo despertar.
Hacia las ocho de la tarde, las
calles se llenaron de murmullos, pasos rápidos de gentío; las campanas sonaban
tímidamente anunciando cada paso de las hermandades que se disponían a realizar
su entrada magistral en el desfiladero de gente que inundaba las calles.
Angy caminaba con su hijo Marco
Aurelio de la mano. Se pusieron al abrigo de una esquina para ver pasar la
procesión de Viernes Santo. La pobre mujer, cuando vio aproximarse el paso de
la Virgen Dolorosa, sintió un temblor en su corazón. Primero pasó su Hijo en el
Santo Sepulcro, muerto, vencido y ultrajado, con sus llagas y sus manos
traspasadas por los clavos. Desvalido y con destino a su santo entierro en el
sepulcro.
Detrás del Cristo, su Madre, la
Virgen de la Soledad, toda vestida de negro y con una espada atravesando su
pecho. Portaba su sagrado manto y su cara, como una azucena llena de dolor,
mostraba sus lágrimas acariciando su dulce rostro. Al verla, Angy percibió una
caricia que le traspasó el alma; de sus ojos comenzaron a salir lágrimas, no
podía parar de llorar y se cuestionaba: ¿de qué me quejo? ¿Cuánto sufrió María,
nuestra Madre? Ella también perdió a su Hijo.
Al instante, sin saber ni cómo ni por qué, Angy sacó su escapulario, que previamente había metido con tanto esmero en el bolsillo de su abrigo. Lo besó y se lo puso en el pecho. La Virgen le escribió un verso en su pecho y la consoló por el dolor que ella misma había recibido.
De pronto, sin darse cuenta,
sintió el peso suave de una mantilla negra sobre sus hombros. Un vestido negro
de terciopelo rozaba su piel y, sobre sus manos cubiertas con unos guantes
negros, pendía un rosario. Su escapulario brillaba tímidamente en su pecho y,
casi por arte de magia, se puso a caminar con la Virgen Dolorosa. Era una más,
portaba su vela y agradecía por todo cuanto había acontecido en su vida.
Aquello fue una especie de milagro o sortilegio que la dejó muda.
Echó a andar tras el paso de la
Virgen Dolorosa, sin apenas saber lo que estaba pasando.
Lo más asombroso es que no solo
ella seguía los pasos con las mujeres enlutadas que seguían a Jesús y María. Su
hijo Marco Aurelio seguía detrás en la procesión, tocando en la música como un
músico más, disfrutando al tocar el tambor con el resto de músicos. Se había
mimetizado.
Cuando se aproximaban a la Posada
de los Portales, se escucharon las tristes notas de un piano interpretando una
marcha fúnebre. Los transeúntes y la gente que estaba dentro de la procesión
permanecieron inmóviles, sintiendo el auténtico calvario que vivió la Virgen
Dolorosa por el sufrimiento de su hijo Jesús el Nazareno.
A partir de este milagroso
instante —sueño o realidad, lo que quiera que fuese—, la devoción de Angy por
la Semana Santa había calado tan fuerte en su vida que jamás dejaría de creer
en Cristo ni de acompañar a la Virgen Dolorosa durante el resto de sus días.
Unos pasos más adelante, la voz
de una espontánea cantaora rasgó la noche al entonar una saeta de Semana Santa…
y, entre el frío de la noche oscura bañada por una hermosa luna de plata y los
versos cantados, se fundieron las almas con la fe.
Más tarde, al llegar a la plaza sonó la música
y, como por arte de magia, Angy volvió a tocarse el abrigo, pero su escapulario
no estaba allí: permanecía en su pecho, esperando ser reconocido y poder
guardar ese aroma de una leyenda que vivió por un instante en la procesión de
Semana Santa el Viernes Santo.
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