Tomelloso

Pilar Rodríguez: “La poesía es el resorte espiritual que nos salva de casi todas las adversidades”

La autora de Sombras oblicuas reflexiona sobre la escritura, la lectura y el mundo actual en una conversación íntima, sin imposturas

Francisco Navarro | Lunes, 6 de Abril del 2026
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Pilar Rodríguez Jiménez asegura que no escribe para gustar ni para vender, lo hace —dice— porque no puede evitarlo. Esta tomellosera, profesora de Lengua Castellana y Literatura durante años, que se confiesa lectora voraz y amante de los clásicos, acaba de publicar “Sombras oblicuas” en la colección Ojo de Pez de la Biblioteca de Autores Manchegos, la BAM.

La excusa de la edición del poemario —un gozoso pretexto, siempre es una gran noticia una publicación poética— nos sirve para mantener una charla larga con la autora, reposada, casi confidencial. Hablamos de la poesía como refugio, de la lectura como exigencia y de un mundo que, confiesa, siente cada vez más ajeno.

No disimula cierta incomodidad por el foco que supone publicar. La poeta se siente agradecida, cómo no, pero mantiene una distancia casi pudorosa respecto al reconocimiento que supone que la BAM haya seleccionado su poemario. Está contenta, pero con matices, “que alguien te lea, valore y aprecie un trabajo… claro que gusta, pero tampoco vivo yo del aplauso del público”. Se define, incluso, como una “intrusa” en la poesía, alguien que llega a partir la admiración profunda a los grandes nombres de la tradición más clásica: Virgilio, Horacio, Safo, Garcilaso, Quevedo o los místicos como San Juan de la Cruz.

Y es que, para ella la poesía no es un género más, es una forma de estar en el mundo. “La poesía me equilibra, me ayuda a conocerme mejor; es el resorte espiritual que nos salva de casi todas las adversidades”.

La poesía como refugio

Hay una idea que persiste durante nuestra charla, la honestidad radical del poema. Frente a otros géneros, la poesía —dice— no permite esconderse. “Es como un bisturí que va exponiendo los sentimientos”. Incluso va más allá, “es como vomitar sentimientos; es tu secreto vital”. Una concepción que explica su escritura, que a veces es considerada hermética por algunos lectores. Pero Pilar Rodríguez asume esa circunstancia sin complejos “mis códigos son míos. A la hora de escribir no puedo pensar cómo le va a gustar a Antonio o a Pedro”.

Un libro que ya no le pertenece

Explica al periodista que acabó “Sombras oblicuas” hace ya algún tiempo, una distancia entre la poeta que compuso el libro y la que lee hoy sus propios versos. “Cuando escribí este libro era una persona y ahora que lo leo soy otra. Me pregunto cómo he podido escribir esto”, confiesa. Y es que, esa transformación la lleva a entender la poesía también como un proceso de cambio personal.

Apunta que en los versos de “Sombras oblicuas” aparecen ecos de sus lecturas —Garcilaso, Gutierre de Cetina, Lorca, Rubén Darío, Miguel Hernández, Leonard Cohen— que se filtran de manera natural. No es un gesto impostado, precisa, sino una forma de diálogo con quienes han construido su mirada, “me han venido espontáneamente y los he ido introduciendo”.

No se trata de imitar, sino de habitar ese legado con voz propia, construida con los materiales de toda una vida de lecturas. La poeta no concibe la escritura sin ese diálogo constante con los autores que la han formado. De los latinos como Horacio u Ovidio a los medievales, de Garcilaso y Quevedo a Rubén Darío, de Machado a Vallejo, pasando por Pessoa o Benedetti, su universo lector es amplio pero muy definido.


Lectores y dificultad

Profesora durante años, Rodríguez ha vivido de cerca la relación —a menudo complicada— entre los jóvenes y la poesía. No es optimista, “para llegar a la poesía tienes que tener una sensibilidad que no todo el mundo puede poseer”, señala. Y añade con crudeza que las nuevas generaciones “llegan mal” al género.

Aun así, defiende la lectura como puerta de entrada imprescindible. Sin ella, la poesía se vuelve inaccesible.

Publicar no es leer

Pilar aborda sin tapujos el panorama literario actual. Distingue con claridad entre publicar y leer, “publicar, publica todo el mundo, pero no tengo claro cuánto se lee”.

Frente a eso, reivindica el viejo principio de “docere et delectare”, enseñar y deleitar como esencia de la literatura verdadera, una idea que conecta con su formación clásica y su manera de entender el arte.

Una mirada crítica al presente

La escritora no oculta su distancia con el tiempo actual y, en ese sentido, se reconoce desubicada, “sé que este momento no es mi momento”. Habla de superficialidad, de modas y de una pérdida de profundidad en la cultura. Incluso en los clubes de lectura detecta cierta deriva, “nos quedamos en lo somero, en las modas. No se profundiza”.

Su mirada no es complaciente, pero tampoco impostada, responde a una exigencia que se aplica primero a sí misma.

El proceso creativo

La escritura de Pilar Rodríguez nace de lo cotidiano, “de cualquier cosa soy capaz de enhebrar unas palabras”. Una imagen, un gesto o una emoción mínima pueden activar el poema. En ese proceso, incluso la bicicleta —una de sus grandes pasiones— se convierte en aliada, un espacio de pensamiento en movimiento donde las ideas se ordenan antes de fijarse en el papel.

Intimidad y verdad

Para nuestra interlocutora publicar no es una meta, sino una consecuencia. No busca notoriedad, “no estoy pensando en ganar dinero ni en ser famosa; tengo los pies en el suelo”.  Esa misma e inapelable lógica la extiende a la lectura de su obra, a la subjetividad del lector. Una vez que se edita “ya no eres dueña de esos poemas, cada persona los interpreta de una manera”. Lejos de inquietarle, esa circunstancia la asume la autora como parte esencial del hecho literario.

Cuando le preguntamos —la previsibilidad periodística— por lo que encontrará el lector en Sombras oblicuas, Rodríguez evita definiciones cerradas, “es un abanico, hay amor, reflexión, paso del tiempo, luz, texturas…”. Pero sí nos deja una certeza, “creo que el lector puede encontrar belleza en las palabras. Y deleitarse”.

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