El debate sobre el gasto en
defensa ha dejado de ser una cuestión marginal para convertirse en uno de los
ejes centrales de la política europea y transatlántica. En el caso español,
esta discusión no puede entenderse únicamente en términos económicos o presupuestarios,
sino que debe situarse en un contexto más amplio: el de una cultura estratégica
marcada por la historia, la percepción social de la seguridad y la evolución
del entorno internacional.
Durante décadas, España ha
mantenido una relación particular con la política de defensa. A diferencia de
otras potencias europeas, su no participación directa en las grandes guerras
del siglo XX, su relativo aislamiento durante la Guerra Fría y los intensos
debates internos en torno a su integración en la OTAN han configurado una
cultura política en la que la defensa ha ocupado un lugar secundario. Este
legado histórico ha contribuido a que el gasto militar sea percibido con mayor
escepticismo social que otras políticas públicas, como la sanidad o la
educación.
Este contexto explica en gran
medida el patrón de comportamiento presupuestario que ha caracterizado a España
en materia de defensa. Tradicionalmente, cuando la economía se desacelera, el
gasto militar tiende a reducirse de forma más intensa que otras partidas. Por
el contrario, en fases de crecimiento, su incremento es más moderado. A ello se
suma el uso recurrente de mecanismos como los créditos extraordinarios o la
reubicación de partidas, lo que ha contribuido a una cierta opacidad en la
contabilización real del esfuerzo en defensa.
Sin embargo, el entorno
internacional ha cambiado de forma significativa en la última década. Un punto
de inflexión clave fue la Anexión de Crimea, que llevó a la OTAN a instar a sus
miembros a aumentar su gasto hasta el 2% del PIB. España aceptó este compromiso,
aunque partía de una posición rezagada y avanzó hacia él de forma lenta e
irregular. Esto afectó a su credibilidad como aliado, especialmente en un
contexto en el que Estados Unidos ha venido reclamando de manera constante un
mayor esfuerzo europeo en materia de seguridad.
A pesar de ello, los datos
muestran que España ha realizado un esfuerzo significativo en términos
absolutos. Entre 2014 y 2024, el gasto en defensa se duplicó, superando el 100%
de incremento. No obstante, este crecimiento ha sido menos visible en términos
relativos, debido al dinamismo de la economía española, lo que ha limitado el
aumento en porcentaje del PIB. Este desfase entre cifras absolutas y relativas
ha alimentado la percepción de insuficiencia del compromiso español.
El verdadero cambio de paradigma
llegó con la Invasión rusa de Ucrania. Este conflicto no solo ha alterado el
equilibrio geopolítico europeo, sino que ha transformado la percepción social
de la seguridad. En España, ha contribuido a reducir los sesgos históricos en
torno al gasto militar, abriendo un espacio político más favorable a su
incremento. El Gobierno ha reconocido explícitamente la insuficiencia del nivel
de inversión y ha vinculado el esfuerzo en defensa con la protección de la
democracia, la estabilidad internacional y el desarrollo económico, destacando
su impacto en sectores como la industria, el empleo o la innovación.
No obstante, el debate actual va
más allá del simple aumento del gasto. Una de las principales críticas que
plantea el análisis es la utilización del porcentaje del PIB como indicador
principal del esfuerzo en defensa. Si bien esta métrica resulta útil desde el
punto de vista político —al ofrecer una referencia sencilla y comparable—,
presenta importantes limitaciones desde una perspectiva técnica. No tiene en
cuenta, por ejemplo, la eficiencia del gasto, las capacidades militares reales
o la contribución efectiva a las operaciones internacionales.
En este sentido, España ofrece un
caso interesante. A pesar de no alcanzar el 2% del PIB, destaca por su nivel de
inversión en equipamiento y por su capacidad de proyección internacional. Según
distintos indicadores, su contribución operativa a la OTAN es superior a la de
otros países que sí cumplen con el objetivo del 2%. Esto pone de manifiesto la
necesidad de complementar los indicadores financieros con métricas de
resultados, que permitan evaluar de forma más precisa la aportación real de
cada aliado.
La cuestión se complica aún más
en el contexto actual, marcado por nuevas exigencias dentro de la Alianza
Atlántica. En la reciente cumbre de 2025, se ha planteado elevar el objetivo de
gasto hasta el 3,5% o incluso el 5% del PIB, en gran medida por la presión de
Estados Unidos. Estas cifras reflejan no solo la creciente percepción de
amenaza —especialmente en relación con Rusia y manifestadas también en la
Guerra de Irán—, sino también la voluntad de reequilibrar el reparto de la
carga entre Europa y Washington.
Sin embargo, alcanzar estos
niveles de gasto plantea importantes desafíos políticos, económicos y sociales.
Para países como España, implicaría un esfuerzo presupuestario considerable,
con potenciales efectos sobre otras áreas del Estado del bienestar. De ahí que
el debate no se limite a cuánto gastar, sino que incluya también cómo financiar
ese gasto y en qué capacidades concretas invertir.
En paralelo, la Unión Europea ha
comenzado a desempeñar un papel más activo en este ámbito, impulsando
iniciativas destinadas a fortalecer la industria de defensa y a coordinar las
inversiones entre Estados miembros. No obstante, persisten desafíos importantes
en la complementariedad entre la UE y la OTAN, especialmente en lo relativo a
la planificación de capacidades y la coordinación estratégica.
En última instancia, el debate
sobre el gasto en defensa refleja una cuestión más profunda: cómo equilibrar la
seguridad y el bienestar en un contexto internacional cada vez más incierto.
Los porcentajes del PIB seguirán siendo una referencia útil, pero insuficiente.
Será necesario avanzar hacia un enfoque más complejo, que combine criterios
políticos y técnicos, y que tenga en cuenta tanto los recursos invertidos como
los resultados obtenidos.
España se encuentra, por tanto, en un momento de transición. Ha mejorado su posición y credibilidad en los últimos años, pero todavía enfrenta el reto de consolidar una política de defensa coherente, sostenible y alineada con sus compromisos internacionales. La evolución de este debate en los próximos años será clave no solo para su papel en la OTAN, sino también para su capacidad de influir en la construcción de una verdadera defensa europea.
Juan José Rubio Guerrero
Catedrático de Hacienda Pública. UCLM
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Jueves, 9 de Abril del 2026
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