Os comento
“soto voce”, no quiero que me oiga Ciri que acaba de empujar la puerta, que los
dos viernes últimos no hemos coincidido
en la cafetería, se había ido de viaje con un grupo de jubilados acogidos al
IMSERSO. En algún mensaje manifestaba su falta de entusiasmo cuando no su
enfado por, textualmente, aquello no coincidía con lo prometido en la propaganda de inscripción.
De todos es
conocido el apego de mi amigo por el vivir confortable rozando a veces el
confort total, posiblemente de ahí su incomodidad con la aventura de esta
semana santa.
—¡Sin
procesiones! ¡Me he quedado sin ver ningún desfile esos días!. Playa,
excursiones a la montaña y visitas a empresas alimenticias en donde, después de
una conferencia inaguantable, nos vendían sus productos “a precios muy
asequibles”, insistían.
Tal es su
comentario, mientras esperamos el santo advenimiento de nuestros cafés
maridados con las magdalenas.
—La verdad es
que no sé el porqué de tus quejas, no eres aficionado a ver los desfiles
procesionales; alguna vez has hecho comentarios que podríamos calificar, de
modo suave, como no favorables al
respecto.
—Te equivocas
—corta Ciri imponiendo la voz—, no me gusta aguantar de pie horas y horas
contemplando, pero a mí me encanta el papel de los que van organizando, con su
traje negro acompañado de camisa blanquísima y corbata azul, paseando arriba y
abajo del recorrido, saludando a amigos y conocidos, báculo en mano, acelerando
el paso de los pasos o retrancando a veces. En ese puesto soy feliz.
Lleva unos
momentos sin despegar la lengua el compañero, pensativo, creo que más bien
imaginativo; con el placer del último bocado se le ha ido el santo al cielo y
él detrás procesionando por las calles al ritmo del olor del incienso que va
circunvolando el turiferario.
—¡Baja, Ciri!
Llevas un rato surcando los cielos visionarios en plan presidencial, —le
susurro mientras golpeo suavemente su antebrazo— y atiende que quiero hacerte
una pregunta y un comentario que te van a resultar algo capciosos.
—¡Uy! Me ha
jugado la imaginación una escena asaz interesante sobre lo que hablábamos.
Inquiere lo que quieras, soy todo oídos, dime.
—Si tuviéramos
que escoger un símbolo de los días de Semana Santa ¿cuál elegirías que mejor
reflejara el pensamiento de la gente?
Creo que he
sorprendido a mi amigo; toma un sorbo de la taza, se pone pensativo, medita, se
le nota indecisión…
—Para mí el
símbolo más importante es el del sepulcro vacío, o sea, la Resurrección. Pero,
si tengo que responder por el sentir de la sociedad, te digo la Cruz.
—Coincidimos
en la apreciación, querido colega; con lo cual se confirma el adagio, seguimos
mirando el dedo que señala las estrellas.
—Tendrás que
aclararme a dónde quieres llegar, no veo lógica alguna —exige Ciri.
—Lo que pienso
es que desde hace siglos el Cristianismo, en un afán catequético, ha enfatizado
exageradamente la parte trágica de esos días, de modo especial en el símbolo de
la cruz. Puedes verlo en las procesiones, liturgias en los templos,
predicaciones, meditaciones, etc.
—Y crees que
eso no es lo más importante, entiendo. Pues ya me dirás porque todo gira en
torno a la cruz durante estas fechas y todo el año. He observado que llevan un
tiempo poniendo otra encima del altar donde se celebra la Eucaristía.
—Donde yo
pongo el foco de atención es en el hecho de que quien se ha dejado matar en un
suplico tan horroroso, Jesús de Nazaret, ha tenido un motivo excepcionalmente
importante. Que también se habla de él, pero en segundo término.
—El motivo es
evidente —responde el compañero con total contundencia— muere en la cruz para salvarnos, por nuestros pecados, para
que Dios pueda perdonarnos.
—Eso podríamos
discutirlo otro día. Lo que se nos pasa por alto es que ese tal Jesús tuvo la
decisión personal más fuerte: Demostró con hechos y palabras durante su vida la
imprescindible necesidad de que las personas nos amarnos, incluso llegando a la
muerte, lo que hizo con total libertad, podría haber abdicado de su decisión al
ver la tormenta que le llegaba. No se arredró y murió ajusticiado colgando de
una cruz.
—Efectivamente
así fue.
—Ciri,
entonces lo importante no es el elemento cruz, sino la persona que muere en
ella y la causa por la que lo hace. Es como si tuviéramos como símbolo una
guillotina, una espada, hoy día una ametralladora, con la que han asesinado a
una persona santa.
Esto no
termina el compañero de digerirlo, se pone serio, niega con la cabeza y no
responde…
—Anímate,
nombre, tú tienes las ideas claras aunque con algunas dudas, como observo. Continuaremos
hablando y despejando incógnitas que surgen cuando ponemos en tela de juicio lo
que venimos tragando desde pequeños.
En eso está de
acuerdo mi amigo, igualmente en compartir la mistela que aproxima el empleado
de la cafetería.
Hay que
pensar, dudar, discurrir y también disfrutar; evidentemente.
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Jueves, 9 de Abril del 2026
Sábado, 11 de Abril del 2026