Opinión

Un cadáver en la sala (IV)

Juan José Sánchez Ondal | Domingo, 12 de Abril del 2026
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CAPÍTULO IV. De cómo en la notaría se enteran de interesantes datos de la transacción.

La notaría estaba instalada en un amplio piso de la calle Goya, de techos altos, puertas de madera de nogal y tarima de roble que, en la parte de los empleados, contrastaba con las mesas y los archivadores funcionales, casi minimalistas. Ocupaba toda la primera planta del edificio, aunque, como ahora era frecuente, lo compartía, parece ser que para ahorrar gastos comunes, con el compañero notario señor Escribano Rojo.

Les atendió el primer oficial del doctor de la Fe, Aurelio Notas Castro, servicial, afable dentro de la seriedad, detallista y de gran memoria —como habríamos de comprobar a continuación—, de unos cincuenta años, opositor fracasado a notarías, pero con grandes conocimientos y experiencia. Tras la identificación le preguntaron por los datos y detalles que pudiera aportarles respecto a los otorgantes de la escritura del solar de Valderrocas.

—Nos interesa todo cuanto se refiera a los vendedores, a los hermanos Álvarez Barcia.

—Las relaciones las mantuvimos con don Primitivo, que fue el que hace unos días aportó la escritura de partición de los bienes de su difunta madre, doña Balbina Barcia, la adjudicación del solar proindiviso a los dos hermanos, su inscripción en el Registro y los datos catastrales —comenzó informándoles—. Se interesó también por cómo formalizar sus últimas voluntades; le expliqué cuanto me preguntó y al día siguiente otorgó testamento abierto a favor de su hermano don Segundo.

“Plinillo” y Cervera cruzaron sus miradas en un gesto significativo.

—Una vez que tuve preparada la escritura de venta del solar —continuó el oficial—, fijamos para la firma el día 22, a las cuatro de la tarde. Don Primitivo llegó media hora antes y estuvo leyendo detenidamente la escritura, que encontró conforme en todos sus términos, y a las cuatro en punto apareció su hermano. Se saludaron efusivamente como si hiciera mucho tiempo que no se veían. Y así debía ser, pues don Primitivo preguntó a su hermano que si tenía familia y este le respondió que no; que estuvo casado en Venezuela, pero que se divorció; mejor, que su mujer se divorció de él y que no tenía hijos.

—También este —pensó Ramiro— estaba al plato y a las tajás. No se le iba una de la conversación fraterna.

—Primitivo informó a don Segundo que, como era el único pariente que le quedaba —pues tampoco tenía mujer ni hijos—, tras haber temido que se llevara Hacienda su patrimonio, al saber de su “resurrección” —empleó esta palabra—, acababa de hacer testamento a su favor en esta notaría. Don Segundo se lo agradeció y le dijo que, en reciprocidad, él haría lo mismo en cuanto volviera a su lugar de residencia, que ya iban teniendo años.

—¿No te digo? Un poco bacín sí que es el hermano este, pero a nosotros nos está viniendo de buten que se enterara de to esto —seguía pensando Ramiro.

—Hablaron algo más, a lo que no presté atención.

—¡Qué raro! ¡Mia que me extraña! —estuvo a punto de escapársele a González.

—Y don Primitivo le entregó una carpeta marrón que dijo era regalo de empresa de su sociedad, que don Segundo agradeció mucho.

—¿A que nos dice el tamaño de la carpeta?... ¡Fallé!

—El señor notario no había llegado y llamó por teléfono diciendo que se retrasaría una media hora, lo que incomodó al hermano de don Primitivo, porque dijo que tenía que estar en el aeropuerto a las cinco y media o perdía el vuelo.

—¿Qué datos de don Segundo figuran en la escritura? —preguntó Cervera.

—Un momento, que busque la matriz y se los doy —dijo el subnotario, dirigiéndose a otra dependencia.

—A este no se le escapa ni el vuelo de una mosca, jefe. O sea, que el finado no solo le proporcionó al hermano una pastizara, gestionándole la venta del solar, sino que le nombró heredero total —comentó Plinillo.

—Universal, se dice, Ramiro.

—¡Lo que voy a aprender yo con usted, jefe! —exclamó este.

Al poco volvió don Aurelio Notas portando el documento y les informó:

—Compareció don Segundo Álvarez Barcia, de nacionalidad española, con pasaporte n.º AX 076596600, nacido el 15 de septiembre de 1963 en Alicante, expedido en el Consulado de Bogotá, República de Colombia el 05-11-2011, con validez hasta el 05-11-2021, con residencia accidental en Madrid en la Avenida de Barajas 17, hotel Los Vuelos.

—O sea, que eran hermanos gemelos ya que, según el DNI del finado, nacieron en el mismo lugar y en la misma fecha —advirtió “Plinillo”.

—Desde luego, el parecido era enorme —ratificó el oficial de la notaría.

—¿Consta en la escritura la forma de pago?

—Sí, mediante cheque nominativo conformado del Banco BB n.º 099764837, expedido el día 21 de los corrientes.

—Confirmao del to —dijo Ramiro, mirando la fotocopia.

—¿Algún detalle más en cuanto al acto de la firma, salida de la notaría u otro cualquiera?

—El señor notario llegó a las cuatro y veinticinco y le pasé la escritura. Pasaron inmediatamente los otorgantes y de lo que allí hablaran no puedo informarles. Si quieren hablar con el señor notario, en un momento terminará con unos clientes.

—Si tiene la bondad, sí quisiéramos.

—En cuanto a la salida, don Segundo, que, como decía, tenía que hallarse en el aeropuerto a las cinco y media, estaba muy nervioso por ese motivo. Su hermano, que tenía el coche en el aparcamiento subterráneo del edificio, le dio las llaves, una tarjeta con sus teléfonos y dirección, con el encargo de que le llamara diciéndole en qué plaza del aeropuerto lo dejaba aparcado, para al día siguiente ir a recogerlo y retornar a Valderrocas.

—No nos dice lo que ponía en la tarjeta de visita de milagro, seguro que tiene una —pensó “Plinillo”.

—Don Primitivo y el apoderado de la empresa compradora pasaron a un despacho contiguo en el que estuvieron hablando unos minutos y, tras informarles yo de cuándo estaría la escritura y de los honorarios del señor notario, salieron a eso de las cinco. Es cuanto les puedo decir —concluyó Notas.

—Se le ha escapao la marca de la colonia de cada uno —pensó Ramiro.

—¿El aparcamiento en que tenía el coche Primitivo es público? —preguntó Cervera.

—No, es de la comunidad y la notaría tiene reservadas diez plazas para los clientes: de la 7 a la 16.

—¿Por dónde se entra?

—Por Hermosilla, 99, es común a los bloques de ambas calles.

Una vez que el notario despidió a los clientes que estaba atendiendo, el señor Notas pasó a su despacho. Debió informarle de que dos policías se interesaban por datos de los otorgantes de la escritura cuya matriz le entregó. A los pocos minutos, el notario les invitó a pasar, no sin una mezcla de curiosidad y de recelo, y se interesó por el motivo de la visita.

Como Cervera le expusiera que deseaban conocer cuanto pudiera informarles respecto al comportamiento en el acto de la firma de la escritura de los vendedores, extrañado, les preguntó:

—¿Ha sucedido algo?

—Don Primitivo apareció anoche muerto y llevaba un cheque por una cantidad idéntica a la de la venta otorgada ayer tarde ante usted. Ya hemos comprobado que, efectivamente, correspondía a esa transacción —le informó Cervera.

—En la escritura se consignaban los datos del cheque —respondió sorprendido el señor de la Fe.

—En la empresa compradora nos han informado de que se expidió al solo nombre de don Primitivo, a ruego del residente en el extranjero.

—Y así se hace constar en la escritura de forma expresa a solicitud de don Segundo y de conformidad con don Primitivo, para facilitar la gestión de cobro, dada la residencia del primero en el extranjero, sin que, en absoluto, suponga donación de la parte de don Segundo a don Primitivo.

—¿Eso es usual?

—No lo es, pero tampoco es ilegal.

—¿Notó usted en el momento de la firma algo anormal en el estado de ánimo de alguno de los hermanos?

—Uno está acostumbrado a presenciar reacciones de todo tipo en esos momentos: lloros, suspiros, improperios, maldiciones, incluso amenazas, muestras de alegría… pero en este caso, salvo la impaciencia de don Segundo, que estaba sobre ascuas diciendo que iba a perder el vuelo, nada que se saliera de lo normal, al menos a mi parecer.

—Pues muchísimas gracias por su atención.

—Lamento el motivo de su visita. Me gustaría conocer más información al respecto, pero supongo que no están autorizados a dármela.

—En efecto, gracias de nuevo —se despidió Cervera.

A la salida encargó a Ramiro que buscasen los datos del coche del valderroquero y averiguaran dónde estaba estacionado en Barajas.

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